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Tribuna:

El túnel del divorcio

La tasa de divorcio no deja de crecer en Estados Unidos, como muestran los 14 millones y medio de divorciados que hay en el país, un 40% más que hace 10 años. Si esta tendencia continúa, se calcula que uno de cada dos matrimonios contraídos desde 1970 terminará en divorcio. Esto tendrá grandes implicaciones sociales, ya que la incidencia de enfermedades mentales es especialmente alta entre los divorciados. Expertos en sanidad pública utilizan el índice de divorcio para planificar los servicios de salud mental que requiere la sociedad, pues, comparadas con la población general, las personas divorciadas sufren tres veces más de depresión y el doble de alcoholismo, de fobias y de esquizofrenia. Un estudio reciente sobre el consumo de tranquilizantes ha demostrado que las personas en trance de divorciarse consumen más antidepresivos, píldoras para dormir y fármacos para aliviar la ansiedad que cualquier otro grupo de población.El aumento del número de divorcios está estrechamente relacionado con cambios socieconómicos cruciales, como la revolución industrial, la liberalización del control religioso, la mayor autonomía de la mujer y el auge de la familia nuclear, compuesta sólo por la pareja y los hijos, que al convertirse en el centro de la organización social, crea grandes expectativas y exigencias sobre la pareja. Los sociólogos añaden también que el énfasis dado por ciertos sistemas culturales a la búsqueda de la felicidad contribuye, en cierta medida, al elevado índice de divorcio de muchas sociedades actuales.

Pese a la profunda influencia del divorcio sobre el individuo, se ha escrito relativamente poco sobre esta amarga experiencia. Pienso que el silencio quizá arranque del deseo de olvidarla de quienes la han vivido, o del miedo a verse a sus puertas de los que aún no han atravesado el túnel del divorcio. El impacto es tan fuerte porque, como ha escrito Erich Fromm, el aislamiento y la separación de los demás es la fuente principal de angustia en las personas. Varios estudios científicos recientes demuestran que de las numerosas situaciones de crisis o sucesos tramáticos de la vida, el divorcio ocupa el segundo lugar entre las causas de mayor sufrimiento. Sólo la muerte del cónyuge, en un matrimonio feliz, le supera en dolor y en estrés.

En nuestra civilización, la mayoría de las personas se casan y la mayor parte considera al matrimonio como algo esencial para lograr el bienestar. Sin embargo, no es frecuente que las parejas decidan terminar su matrimonio sólo porque quieran ser más felices. Aunque se estima que el amor es la razón primordial para casarse, por lo general no se acepta que la falta de amor sea motivo suficiente para divorciarse. De hecho, hasta hace unos anos, para lograr el divorcio era necesario que un cónyuge demandara al otro ante el juez por incumplimiento grave de las obligaciones maritales, adulterio, malos tratos o abandono del hogar. Hoy ya se aceptan razones más sutiles y civilizadas, como la incompatibilidad de caracteres. No obstante, aunque cambien las leyes del divorcio, las causas reales por las que las parejas se divorcian siguen siendo las mismas; lo que ocurre es que, generalmente, se alegan motivos que se ajustan a las leyes vigentes.

No creo que exista el divorcio amistoso, aunque hay parejas que, incluso en trance de separación, abrigan la ilusión de mantener viva la amistad. Los amigos y familiares suelen alentar esta tendencia, pues, con la mejor intención, aconsejan que la ruptura sea pacífica y amigable. Tampoco existen divorcios sorpresa. Por el contrario, se dan menos divorcios inesperados que muertes repentinas. Ya que el divorcio suele ser el resultado de una batalla larga y penosa en la que el miedo, la culpabilidad y el odio se convierten en parte integrante de la vida diaria de la pareja, ambos cónyuges salen heridos de esta lucha, con la moral consumida y la autoestima dañada, y finalmente se sienten decepcionados y estafados, no sólo por el cónyuge, sino por el mundo entero y por la vida.

Quizá los que más suerte tienen, que son los menos, son esos matrimonios sin hijos ni propiedades que, aburridos, faltos de aire y anémicos, se desvanecen poco a poco como fotos olvidadas al sol. Más desafortunados son quienes, abrumados y confundidos, se hunden en el revanchismo y cometen actos de cruel violencia el uno contra el otro, para espantarse después de lo que han hecho. Estas parejas nunca llegaron a imaginarse que serían capaces de tales extremos.

La mayoría de los matrimonios que se divorcian tienen hijos. En Estados Unidos hay actualmente unos ocho millones de niños que viven con uno de los padres divorciados, generalmente con la madre. Aunque los verdaderos protagonistas del divorcio sean los padres, los hijos, al ser los testigos más cercanos, también sienten el impacto del divorcio. Los estudios al respecto indican que, si bien los hijos sufren el trauma del divorcio. la causa del daño no es tanto el divorcio en sí como las circuristancías que lo precedieron, las vicisitudes que lo acompanaron y los problemas que se sucedieron tras la ruptura.

Ciertamente, los hijos de padres divorciados tienen que enfrentarse con más problemas que los hijos de padres felices y de hogares intactos. Pero esta comparación no viene al caso. La cuestión es si un matrirnonio mal avenido hace más o menos daño a los hijos permaneciendo juntos o separándose. En este sentido, la creencia de que los matrimonios infelices debían de continuar casados por el bien de los hijos ha dado paso a la noción rnás actual de que la separación, que permite hacer más felices a los padres, también beneficia a los hijos.

Así pues, no pasa un día sin que se cierren cientos de puertas tras hombres y mujeres divorciados, nuevos emigrantes con maletas repletas de añoranzas y despojos, que atraviesan el túnel del divorcio para encontrarse en un país extraño. Unos llegan llenos de esperanza; otros, como exiliados forzosos; todos pasan de un mundo que, aunque malo, conocen a otro desconocido. La mayoría, sin embargo, verá la luz al final de este túnel. Los estudios más recientes señalan que, en su mayor parte, los divorciados se recuperan y, con el tiempo, afirman que la decisión de separarse fue acertada. Muchos incluso suefian con volver a la tierra del matrimonio, de la que escaparon o fueron expulsados. De hecho, la gran mayoría de las personas que se divorcian después de su primer matrimonio vuelven a casarse.

Parece ser que el divorcio, lejos de representar un veneno para la institución del matrimonio, es más bien el remedio del matrimonio enfermo incurable, la única vía para que quienes son desgraciados con sus parejas puedan algún día encontrar una nueva relación feliz. Es cierto que la ruptura matrimonial tiene muchos elementos de tragedia, pero el sufrimiento que acarrea es a menudo un signo de supervivencia, de autorrealización, de crecimiento vital y, en definitiva, de desafío a la desesperanza y a la apatía humanas.

Luis Rojas Marcos es psiquiatra. Dirige el Sistema Hospitalario Municipal de Salud Mental de la ciudad de Nueva York.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 1 de diciembre de 1990