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El tambor

La gloria consiste en tener un mono amaestrado que va tocando el tambor delante de ti para abrirte paso. Sus redobles anuncian tu llegada a donde quiera que vayas. Si tu gloria es grande, el mono añade más adornos a su vistoso uniforme, hasta cubrirlo por completo de medallas, fajines, escarapelas y brocados de oro, y si además tu gloria es duradera, este mono heraldo se convierte al final en un hermano del cual es imposible prescindir. Alguna gente importante incluso lo llama a altas horas de la noche para que toque el tambor mientras va perentoriamente al cuarto de baño y luego se mete otra vez con él en la cama, aunque a las ocho de la mañana es el propio mono quien despierta al amo con un largo redoble. Ambos se reconocen abrazados entre las sábanas y ya no se separan en todo el día. Cuando la gloria se inicia, el mono se encarga tan sólo de franquear las puertas haciendo sonar el tambor, pero con el tiempo el personaje que le sigue acaba imitando cada uno de sus gestos: así, en ocasiones se ve a un político reír con enormes encías, a un intelectual profundo rascarse las axilas con una gracia especial, a un artista condecorado pintar con el rabo, a un cómico de fama recitar el monólogo de Hamlet con una mano en los genitales, a un invicto militar comer cacahuetes con la gorra de plato echada hacia el cogote. También el mono aprende muy pronto a reproducir con maestría los actos que su dueño realiza: se ducha, hace unas gárgaras, lee la prensa, juega a la Bolsa, copula los sábados, acepta condecoraciones, contesta las cartas. La gloria les une de tal forma que los hace intercambiables, y llega un momento en que el político manda en su lugar al propio mono al Parlamento, el profesor a la cátedra, el obispo a la catedral, el militar a la guerra, el juez al tribunal. Y ellos se quedan en casa. Todo el mundo tiene un mono a su medida agazapado en el interior esperando la gloria. Cuando oigas dentro de ti que un tambor comienza a sonar, tiembla. La hora de tu consagración ha llegado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 27 de octubre de 1990.

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