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Crítica:CINE

Prince para incondicionales

El cine musical es en nuestros días un recuerdo histórico que todos afloramos y una meta imposible para nostálgicos y admiradores incondicionales, porque las condiciones artísticas, económicas y profesionales que lo hicieron posible en el pasado han desaparecido para siempre, por desgracia, y será muy difícil que vuelvan a repetirse de nuevo.Incluso en los mejores ejemplos del cine musical de nuestros días -como The last waltz, de Martin Scorsese, y Stop making sense, de Jonathan Demme- se aprecian las limitaciones inevitables de tina fórmula estética que consigue integrar las composiciones musicales aisladas en una unidad superior, porque en bastantes casos la única acción dramática posible es la mera sucesión de canciones.

Prince, sign o'the times (Signo de los tiempos)

Un filme Cineplex-Odeón.Producción: Carvallo, Ruffalo y Fargnoli. Imágenes: Peter Sinclair. Dirección y canciones: Prince, Intérpretes: Prince, Cat, Bonnie Boyer. Estreno en Madrid, en versión original: Cine Dúplex.

No es raro que se pretenda convencer al público además de que está viendo el registro inmaculado del concierto vivo, sin repeticiones ni ensayos previos. Por desgracia, este tipo de filmaciones es bastante raro, y la mayoría de las películas ofrece en realidad una repentización falsa del espectáculo complejo porque todo ha sido ajustado milimétricamente a las exigencias comerciales más estrictas, en busca de una calidad industrial máxima, con la yuxtapiosición de trozos aislados, vagamente relacionados entre sí, que podrán ser separados posteriormente, uno a uno, para alimentar los espacios intermedios de las cadenas de televisión de todo el mundo o para vender mejor las grabaciones con la técnica superficialmente brillante que exige la publicidad.

Peculiar estilo

El concierto de Prince, que se titula apropiadamente Sign o'the times (Signo de los tiempos), obedece a estos supuestos con absoluta fidelidad. Los aficionados al peculiar estilo de este artista -que da pruebas además de cantar muy bien, de ser un bailarín, acróbata y gimnasta de primer orden y sobre todo un aman te del vestuario más excéntrico que quepa imaginar- disfrutarán con esta recopilación de interpretaciones musicales. Pero los demás observadores, entre los que me incluyo, es inevitable que se aburran mortalmente una vez que han transcurrido los primeros minutos, y resulta evidente que nada va a cambiar en la sucesión inexorable de un programa muy monótono. La película se reduce entonces a la suma de cada una de las actuaciones -siempre con Prince y sus colaboradores en pantalla, por supuesto-, y nada altera este esquema elemental.Como obra cinematográfica, desde luego, El signo de los tiempos es absolutamente rígida y convencional, y corno creación musical, que convierte al cine en un simple vehículo para arripliar el número de espectadores posibles, exige una complicidad especial para ser apreciada como se merece, sín la cual resulta imposible moderar la indiferencia o el bostezo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 10 de noviembre de 1989