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Los camboyanos sueñan en inglés

La nueva generación 'jemer' espera que el futuro de su país no esté sólo en manos de la URSS y del Este

Millares de jóvenes camboyanos han convertido el inglés en su segunda lengua, algo que supone un sueño sobre el futuro de su país. Futuro que esperan no quede exclusivamente en manos de la Unión Soviética, según relata Sydney Schanberg en este segundo reportaje sobre su regreso a Camboya. Schanberg ganó el Premio Pulitzer en 1976 con sus artículos sobre la toma del poder por los jemeres rojos en este país del sureste asiático. Su libro La muerte y vida de Dith Pran fue llevado al cine con el título Los gritos del silencio.

No hay en Phnom Penh presencia norteamericana alguna, sólo un aborrecible embargo diplomático y económico. El inglés no se enseña en los colegios estatales. Sin embargo, los jóvenes camboyanos, por miles -no sólo en Phnom Penh, sino que en cierta medida también en las provincias-, van como rebaños a academias privadas, con aspecto de almacén, a aprender su segundo idioma.No hace mucho tiempo, antes que la oscuridad que trajeron los jemeres rojos en 1975 lo cubriera todo y la etapa vietnamita-soviética la sustituyera en 1979, el segundo idioma después del jemer era el francés. Era una tradición iniciada en 1864 con la coloniza ción francesa y que se prolongó durante un siglo aproximadamente. Casi sin excepción, la muy educada clase media camboyana hablaba francés y enviaba a sus hijos a colegios con nombres franceses.

Cuando en 1970 los norteamericanos llegaron con su guerra, los propietarios francesesde restaurantes, de plantaciones de caucho y otros negocios, desdeñaron el uso del inglés.

Sin embargo, en la capital, los empleados civiles, estudiantes graduados universitarios e incluso conductores de cyclo-pousse (cochecito con bicicleta para transportar personas), toman parte en el súbito auge del inglés. Deben ir a clase durante las horas del amanecer, antes que comíence la labor diaria, en el intervalo del mediodía o después del trabajo, mientras la ciudad se oscurece.

El precio de las clases es de cinco riels la hora, unos tres centavos de dólar (menos de cuatro pesetas) para los cursos más avanzados. No parece mucho pero los céntimos no son fáciles de obtener en este país con una economía en dificultades. El ingreso per cápita aquí es de sólo 100 dólares por año.

"Realizan este esfuerzo por que lo ven como el idioma del futuro", comentó Khieu Kanarith, editor del periódico semioficial Kampuchea, el nombre tradicional de Camboya.

Empleo deseado

Parte de los jóvenes están tomando lecciones porque esperan conseguir uno de los muy deseados empleos en el Cambodiana un hotel con techo de pagoda que comenzó a construirse en 1960 pero que se detuvo en 1970 a causa de la guerra. Ahora un consorcio de hombres de negocios de Singapur y Hong Kong lo está terminando y proyecta abrirlo a comienzos del año próximo como un hotel autosuficiente de cuatro estrellas. Tendrá cines propios y su propio sistema de comunicaciones vía satélite para llamadas internacionales, así como servicios de télex y de secretarias.

Sólo un puñado de estas legiones de estudiantes de inglés será absorbido por el Cambodiana y ellos lo saben. Miran hacia una Camboya que tenga horizontes más allá de un solo hotel. Esperan que el aislamiento impuesto a su país por la comunidad occidental desde la ocupación vietnamita en 1979 -que expulsó a los asesinos jemeres rojos- pronto comience a levantarse: para finales de septiembre está prevista la partida de las últimas tropas ocupantes. La nueva generación camboyana sueña con que el desarrollo de su nación, a partir de entonces, ya no esté únicamente en manos de la Unión Soviética y el bloque del Este.

Hablar inglés es su mejor inversión en ese sueño. Por esta razón, todos los días, menos domingos, una calle residencial a la que se ha apodado London Street está desbordada en horas de clase por las bicicletas y mo tos de los soñadores.

Aunque difícilmente sea el único sitio donde se enseña inglés, esta calle se ha convertido en un centro muy dinámico de esta actividad. Comenzó a pequeña escala, pero ahora, hasta los sótanos de las casas de la larga calle se alquilan para aulas. Los anuncios cuelgan fuera y rezan: "Inglés, primer libro" (el nivel más alto es el cuarto libro), "Inglés básico" o "Inglés moderno". Había uno que decía: "El camino seguro para ganar mucho dinero", pero la academia ya no está, aparentemente porque su autor no obtuvo los inmediatos beneficios que esperaba.

Más allá de las fachadas, el aspecto interior de los colegios es espartano. Una pizarra, largas filas de mesas y bancos toscamente hechos y un suelo sucio. Los muros laterales sólo son vallas de madera, por lo cual los profesores compiten constantemente con el bullicio del mundo exterior. Los niños se asoman entre las tablas y ríen.

La primera clase a la que asistí la daba un joven de 25 años que estudia de minería y geología en el Instituto Técnico de la Amistad Kampucheano-Soviética. La última vez que tuvo contacto con el inglés fue en la escuela primaria lo que dice mucho sobre sobre la calidad de la enseñanza.

No había mucha gente que hablara fluidamente el inglés en la Camboya dominada por los franceses, y quedó mucha menos aún después del dominio de los jemeres rojos, para quienes conocer un idioma extranjero era motivo para llevar a cualquiera al patíbulo.

Antes de clase, este profesor me explica disculpándose que utilizaba la hoja informativa diaria de la agencia gubernamental como su material de enseñanza: "No tengo ningún libro". Por lo general, hace que sus alumnos lean las informaciones y de cuando en cuando les pregunta el significado de una palabra o qué parte de la oración es. No cometen muchos errores y él escribe bien la mayoría de sus definiciones en la pizarra, hasta quellega a la expresión "poner en libertad", que dice que es lo mismo que "pagar completamente".

Llegó la hora de la clase siguiente a cargo de un proflesor con un profundo conocimiento del sistema de libre empresa. Su verdadero nombre es Pen Chy, pero lo ha cambiado por John Son (como Lyndon, el que fuera presidente de Estados Unidos). Quería que pareciera más norteamericano para atraer alumnos. Y ha tenido éxito. Su pequeña habitación está abarrotada con 30 de ellos.

Se ha convertido en el profesor más popular de London Street por un motivo: emplea cintas de cursos realizadas en Inglaterra hace 10 años, que hace oír en su equipo estereofónico. Y por otro motivo más: tiene un aspecto muy pintoresco y occidental. Viste unos vaqueros descoloridos y unos zapatos deportivos Nike de caña alta.

La lección de hoy es la "Unidad de enseñanza número 32, sobre los problemas familiares". La cinta explica que se trata de la carta de una hija a su padre, agradeciéndole el regalo que le hizo para su cumpleaños, pero manifestando a su vez cierto disgusto porque su progenitor no siente simpatía por su novio, Tom, que "es batería en un grupo pop". La carta decía: "Quedé muy contenta con el Ferrari, pero no me gustó el color, por eso voy a cambiarlo".

Hambre de palabras

A los alumnos parecía no importarles la torpeza evidente del plan de estudios. Tienen hambre de palabras y también de aliguien con quien practicar. Vaya donde vaya un occidental, ya sea caminando o en cycIo-pousse, un joven camboyano le seguirá a pie o en bicicleta, con una simpatía, educación que le desarmarán y le abrumará con un río de preguntas cuyas respuestas no parecen importarle mucho: sólo le preocupa el hecho de que sus palabras fueran comprendidas.

Durante varios años, este Gobierno prohibió la enseñanza de idiomas capitalistas. Desde un principio, el ruso y el vietnamita se impartían en la segunda enseñanza, pero han tenido muy pocos alumnos. Sólo lo aprendían aquellos que iban a Vietnam o a la URSS para realizar estudios superiores. Ahora se permite la enseñanza privada del inglés, cuya prohibición se levantó en 1985 y posiblemente el próximo año se imparta en los colegios. Sin embargo, aún no está autorizada la venta de periódicos, revistas o libros en inglés.

Traducción: C. Scavino.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 4 de septiembre de 1989

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