Adiós al Este

El campo de refugiados de Giessen, en la RFA, acoge a centenares de ciudadanos de la otra Alemania

Martina está agotada, tiene una herida en la pantorrilla izquierda, se siente sucia después de tres largos días con la misma ropa y sin pegar ojo. Sin embargo, está feliz. Acaba de hablar con su novio, que la espera en Berlín Oeste. Atrás quedan unas vacaciones en el lago Balatón, en Hungría, y horas de tensión mientras cruzaba campos de maíz, se arrastraba entre arbustos, saltaba la alambrada que le rajó la pierna. Tras la valla, Martina pisó Occidente, vio un cartel en alemán, una familia campesina austriaca la llevó hasta la autopista, desde allí siguió hacia la Embajada de la RFA en Viena. Ayer sonreía comentando el miedo que había pasado.

Martina, una joven rubia berlinesa de 25 años, es una de los centenares de fugitivos de la República Democrática Alemana (RDA) que llegan estos días al campo de refugiados de Giessen, en la República Federal de Alemania (RFA). Más de 3.000 alemanes orientales, con cientos de niños, aguardan en los barracones del campamento a que les concedan una vivienda y un trabajo; los más afortunados esperan a familiares que les hagan un poco mas fácil el salto a una nueva vida llena de dificultades y peligros, según reconocen, pero también con más esperanzas que la que dejan atrás. Muchas esperanzas son falsas, alimentadas por una visión de Occidente llena de ilusiones consumistas. Pocos pueden despojarse de inmediato de su concepto del Estado paternalista. "Nos van a dar una casa, tenemos derecho a las ayudas económicas. Vosotros pedid la subvención ya", se recomiendan unos a otros en el comedor del campo de Giessen, repleto de niños llorando, maletas, platos de plástico y ceniceros llenos de colillas y restos de comida.

"Pronto se darán cuenta de que con esa actitud aquí se tienen que dar el batacazo; quieren la libertad y el bienestar de aquí y la protección de allí. Esto es incompatible", dice Martina. Ella no huyó por lo que califica "el esplendor de los coches y la ropa" occidentales. Ha dado la espalda a la RDA porque "te aniquilan la creatividad, te disuaden de las ideas propias. Si vas a la librería de la Embajada norteamericana, te fotografían; las cartas de mi novio no me llegan, la gente espera 10 años a que le coloquen un teléfono, y te lo otorgan ya prácticamente intervenido. En la RDA ya sólo puedes resignarte a vivir en tu nicho, sin decir lo que piensas o con la vista puesta en emigrar, dice Martina. "Los de arriba están echando a lo mejor del país".

Unos vienen hastiados de las dificultades cotidianas y de la obstinación del régimen de Erich Honecker de tratar a sus ciudadanos como niños o vasallos. Otros huyen por pánico a que se cumplan los deseos de la ortodoxia de Berlín Este, fracase la perestroika en la URSS y vuelvan los tiempos más duros. "Mire lo que ha pasado en China", dice un joven de Halle.

Martina llevaba muchos meses preparando la huida, desde que le concedieron un visado para Hungría que había solicitado sin muchas esperanzas.

Huida en solitario

Nadie lo sabía. Ni su familia, ni sus amigos; ni su novio, que vive en Berlín Oeste, al que no ve desde que le prohibieron a él entrar en la RDA. Esto sucedió hace año y medio, cuando ella presentó la solicitud oficial de emigración para casarse con él. Desde entonces, ella no ha podido ejercer su profesión de entrenadora de gimnasia, vio denegadas todas las solicitudes, cuatro, de viajes al extranjero. Sola preparó la huida y sola se alejó del camping junto al lago Balatón, en el que aún se encuentra su tienda de campaña y todo su equipaje. Haciendo autoestop llegó a Keszeg, una aldea en la misma frontera con Austria. Allí no ha sido desmantelado aún el telón de acero, que hasta hace poco recorría toda la frontera entre países socialistas y las democracias occidentales. El agujero que han abierto en el telón las reformas húngaras ha hecho dispararse las tentaciones de los turistas alemanes orientales en Hungría de "aprovechar las vacaciones de verano para tomar vacaciones indefinidas del régimen de Honecker y los demás", dice Heiner, con fuerte acento sajón. Procedente de un pueblecito del sur de la RDA, estaba "harto de la hipocresíade los que insisten en mentiras evidentes, como que todo va bien, cuando todos vemos que todo va cada vez peor allí. Según avanzan las reformas en la URSS, en Polonia y Hungría, los nuestros vuelven a los años cincuenta. Defienden los asesinatos de Pekín y son cada vez más agresivos hacia los que exponen críticas a una situación que todos saben criticable".

Otros muchos que llegan con su coche y algunas pertenencias han emigrado legalmente, tras años de espera. Reiner, jefe de un almacén en Berlín, lleva una semana en el campo con dos de sus hijos y su mujer. Su tercer hijo se quedó en la RDA. "Espero que venga en los próximos años. Decidimos irnos hace dos años, después de que me denegasen infinidad de veces un permiso para visitar en la RFA a mi suegro. Me harté. Como no cambien, va a la catástrofe".

* Este artículo apareció en la edición impresa del jueves, 10 de agosto de 1989.

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