Pedrada

Se acerca agosto, tiempo de sudor grueso, relajo y vacaciones. De esta época es la historia que acaban de contarme, sucedida a un grupo de turistas españoles en Haití, el país más pobre del planeta. Ello es que estaban nuestros españolitos embelesándose con las playas de oro fino, los limones salvajes tropicales y las palmeras cimbreantes, cuando apareció una mendiga con su niño. Pidió la mujer algún dinero, pero como en esas tierras la mendicidad es profesión difícil y hay una barbaridad de competencia, nadie le dio una gorda. Entonces la señora agarró una piedra de dimensiones regulares y golpeó con ella la cabeza llena de chirlos de su hijo. La sangre saltó, el crío chilló como gorrino en la matanza, y la mujer, sosteniendo el piedrón sobre el cráneo del niño gimoteante, explicó con tranquila dulzura: "0 me dan dinero o vuelvo a pegarle". Los turistas, claro está, se vaciaron los bolsillos, vencidos por la drástica estrategia de la mendiga. Por esa profunda sabiduría, nacida de la desesperación y la miseria, que le hizo intuir la contradicción esencial de los occidentales, nuestra ambigua sustancia: que somos gentes de escrúpulo melindroso y pasivo que sólo nos dejamos conmover por el horror cuando nos toca. Así es que, por el módico precio de una limosna, la mendiga ofreció un cursillo acelerado en situación mundial. Seguramente la vida cotidiana de esa mujer y de ese niño era más atroz, más dolorosa y más bestial que ese cantazo en pleno cráneo; pero, claro, de eso no se sentían responsables nuestros turistas. El desequilibrio internacional, el abuso del Norte sobre el Sur, la tiranía del capitalismo al Tercer Mundo, todo eso son cosas de "los otros"; los turistas son simplemente eso: inocentes turistas que se entretienen en chupar limones salvajes. Hasta que se cruza una pedrada en sus destinos. Cuando se vayan este agosto por ahí de vacaciones, acuérdense de la cabeza rajada de ese niño.
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