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Reportaje:

El 'escuadrón de la muerte' del hospital Lainz

Conmoción internacional por el asesinato de 49 ancianos austriacos por cuatro enfermeras que les atendían

Franz Xavier Pesendorfer es médico experto en gastroenterología. Hasta hace poco desempeñaba el cargo de director del pabellón 5, en el que se enfrentaba a diario con la muerte. En su sección eran más de 400 al año, el índice más alto de mortalidad en todo el hospital de Lainz, en la periferia sur de Viena. Fallecía uno de cada cuatro pacientes ingresados. Pero en 1985, el médico tuvo que vivir la más dolorosa de las muertes. La de su hermano, de 54 años, que llegó hasta el pabellón 5, ingresado privado, enfermo del síndrome de inmunodeficiencia adquirida (SIDA) y en estado terminal.

Durante meses, el médico intentó prolongar la vida de su hermano. Los dolores eran atroces, día y noche, y los ahogos permanentes. A este hombre postrado le quedaba una última voluntad y un resto de energía para morir.Y Franz Pesendorfer posibilitó a su hermano una muerte digna. Una noche, en silencio, le inyectó Heptadon, que apacigua el sufrimiento, reduce el miedo y hace más lenta la respiración. En la mañana del 19 de agosto de 1985 terminaba el martirio. Por lo menos dos enfermeras, Stefanie Mayer e Irene Laidorf, habían presenciado o sabían de la muerte por compasión del hermano de su jefe. Ellas se encuentran desde la semana pasada en la cárcel de mujeres de Viena acusadas de haber asesinado al menos a 49 pacientes -junto a otras dos compañeras-, la mayoría ancianos y en la última fase de sus dolencias. Estas muertes fueron perpetradas con sobredosis de insulina, con el somnífero Rohypnol o ahogándolos con agua. Las acusaciones contra el doctor Pesendorfer provienen de las declaraciones citadas en el protocolo policial de la acusada Stefanie Mayer, quien asegura que Pesendorfer dio "una dosis mortífera de Penatol a su hermano". Ahora ha dicho que quiso reducir las torturas de su hermano y tomó el riesgo de acortarle la vida al inyectarle la medicación. Estas revelaciones serán publicadas en la revista austriaca Profil en su edición de mañana, y dan la vuelta a este caso criminal por las nuevas acusaciones que enfrenta el médico jefe del pabellón 5.

Se confirma la sospecha inicial de que las cuatro auxiliares de enfermería, los ángeles de la muerte, no actuaban independientemente: o bien trataron de seguir el ejemplo de su jefe, o se sentían inmunes y seguras en sus puestos por tener un elemento de chantaje contra Pesendorfer, al haber presenciado este supuesto golpe de gracia a su hermano agónico. Las enfermeras, al parecer, no quisieron distinguir entre la muerte por compasión y los crímenes brutales y a sangre fría perpetrados por ellas.

El escuadrón de la muerte compuesto por las cuatro auxiliares sanitarias, que en tiempos eran catalogadas como las más "eficientes" del servicio, fueron denunciadas a la policía por el doctor Pesendorfer. Habían actuado desde hacía siete años sin que nadie en el hospital pudiese al menos comprobar los asesinatos. Según el jefe de la seguridad de Viena, Max Edelvacher, "todos en el hospital habían escuchado los rumores".

Señal de alarma

La señal de alarma que confirmó antiguas sospechas fue la muerte inexplicable y repentina, hace dos semanas, de una paciente que se recuperaba en el pabellón 5. El resultado de la autopsia fue, según el informe del forense, "sobredosis de somníferos". Los agentes de seguridad arrestaron de inmediato a Irene Laidorf, María Gruber y a la jefa del grupo, Waltraud Wagner, todas menores de 30 años. Dos días más tarde se encuentra a la cuarta cómplice, Stefanie Fanny Mayer de 50 años.

Las confesiones sacadas de los interrogatorios que se prolongaban día y noche afirmaron que las primeras muertes ocurrieron en 1983. Fue Waltraud Wagner quien dijo a sus compañeras, después de inyectar la dosis fatal: "Así es mejor". Como respuesta, hubo un silencio. Meses más tarde ya actuaban coordinadas. Al comienzo era "una muerte cada tres meses" y en el último tiempo "tres veces al mes". Confirmaron primero 49 víctimas con nombres, y las confesiones contradictorias indican que habrían otros 20 muertos de los que no recuerdan la identidad.

La líder del grupo, Wagner, en un acto de rabia o venganza, involucró a la chilena refugiada en Austria Dora Ferrada Avendaño, de 38 años, que era compañera de trabajo del resto de las acusadas. Ferrada había denunciado sus sospechas hace ya un año a un médico de otro pabellón. Entonces Pesendorfer avisó a la policía, pero al ver que el resultado de la autopsia de la paciente Ana Urban no presentaba pruebas dejó de cooperar con la policía y en todo el pabellón 5 hubo una muralla de silencio por el que la policía no logró enterarse de la persona que comenzó con los primeros rumores.

Ferrada Avendaño estuvo dos noches en la cárcel de mujeres y fue dejada en libertad el jueves por la tarde. El diario sensacionalista Kronen Zeitung, que ha aumentado su tirada por este caso criminal, acusó a Ferrada antes de esperar el fallo del juez en el que se la absuelve de culpabilidad. Ahora la magistrada Birgit Kail será la encargada del caso.

"Miserables condiciones"

La campaña -sin piedad- en la que la vida privada de las asesinas han sido detalladas y puestas en debate público comenzó responsabilizando odiosamente a todo el gremio de las enfermeras y auxiliares. A los dioses blancos no se les tocaba. Dora Ferrada fue notificada de su despido al ingresar en la cárcel. A los dos días se revocaba la decisión del hospital, luego de conocerse su inocencia.El jefe del Partido Conservador de Viena, Erhard Busek, decía que "el ambiente permitió que sucediera un crimen de esta naturaleza". Comenzaron las críticas a las "miserables condiciones" de trabajo de las auxiliares -que si bien no determinaron los crímenes, los hicieron factibles-, que reciben un sueldo de 110.000 pesetas al mes, el más bajo en el escalafón hospitalario, y su trabajo no se diferencia en muchos casos del de una enfermera titulada. Por ley, una auxiliar no puede poner inyecciones, lo que en la práctica se ha descubierto que no sucede.

En el hospital de Lainz las enfermeras eran gritadas por los pacientes y el ambiente era de incertidumbre y de miedo. Las agresiones contra los empleados llegaron a casos extremos. Fueron reventados los neumáticos de los médicos que cumplían turnos de noche, se recibieron llamadas de amenaza de bombas y el personal paramédico declaró que no se atrevía a salir a la calle con sus uniformes porque eran "escupidos". Todo el hospital está bajo investigación y control policial, mientras los enfermos no se dejan tratar y mucho menos inyectar, y un número considerable de ellos ha pedido traslado. El pabellón 5 fue clausurado por "falta de personal".

Estos asesinatos en serie, los más numerosos de la historia europea en tiempos de paz, han conmocionado al mundo entero. Las cuatro enfermeras, que a veces actuaban conjuntamente, tenían distintos métodos para "hacer a un lado a los molestos", como declararon a la policía. Las formas de matar eran variadas para confundir pistas y no levantar sospechas: inyectar sobredosis de insulina, obligar a ingerir dosis mortíferas de Rohypnol o ahogar a los ancianos, entre 75 y 85 años, con líquido que les introducían por la boca, abierta a la fuerza por una de las cómplices, mientras la otra apretaba la nariz de la víctima. Práctica que ellas bautizaron como lavado de boca.

Franz Pesendorfer se defendió manifestando que se sentía "orgulloso" de haber "descubierto" los crímenes. Cualquier insinuación que esta ola de terror tuviera que ver con la organización del hospital y su administración la rechazó enérgicamente. Días después, el alcalde de Viena, Helmut Zilk, le suspendió de sus funciones y su comportamiento está bajo investigación disciplinaria y policial.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 16 de abril de 1989