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Editorial:

La crisis yugoslava

YUGOSLAVIA, FLAMANTE nuevo presidente del Movimiento de los No Alineados, pasa por una de las etapas más delicadas de su corta historia como país federal. A una profunda crisis económica que corre el riesgo de convertirse en endémica se añade ahora el agravamiento de unas tensiones nacionalistas que han estado presentes desde la creación misma del Estado, pero que ahora amenazan la supervivencia del país como ente político unitario. Primero fueron los conflictos entre Eslovenía y los militares; ahora, las persecuciones padecidas por las minorías serbia y montenegrina en la región de Kosovo -de mayoría albanesa- y la resurrección, como respuesta, de un nacionalismo panserbio visto con extremo recelo por las otras nacionalidades del complejo Estado yugoslavo.Ya en 1981 hubo graves conflictos en las regiones de Kosovo y Voivodina, situadas en la frontera con Albania y formalmente integradas en la República de Serbia con un estatuto de autonomía. La situación, que ha llegado a un momento de extrema tensión con la amenaza de las autoridades de Serbía de hacer desaparecer a las dos entidades autonómicas -lo que ha provocado, a su vez, una disputa entre el Gobierno federal y la república serbia-, tiene como primer fundamento la situación de atraso de esas dos regiones respecto del resto del país. La mayoría albanesa, especialmente de Kosovo, ha visto siempre en esa situación el resultado de una discriminación deliberada y ha ejercido represalias directas contra la minoría serbia de la región, en una escalada de crímenes y asesinatos cuya sola descripción pondría los pelos de punta. La reacción en el resto de la República no se hizo esperar, y los albaneses de Serbia fueron igualmente víctimas de represalias. Así han estado las cosas durante algunos años hasta que ahora el fogoso jefe de la Liga de los Comunistas serbios, Svobodan Milosevic, ha levantado la bandera de un nacionalismo populista y quiere garantizar, aunque sea por la fuerza, el regreso de la mayoría de los 30.000 serbios y montenegrinos que tuvieron que abandonar Kosovo durante los últimos años. Entretanto, el Gobierno federal de Belgrado ha instado a Mílosevic a que ponga fin a las manifestaciones nacionalistas serbias (que deben culminar próximamente con una gran concentración en la capital, a la que se espera que asista un millón de personas) y ha desplegado unidades del Ejército en la región a la espera del desarrol.lo de los acontecimientos. En el pulso entre la dirección federal yugoslava y Milosevic sobre la mejor forma de afrontar los disturbios de Kosovo, este último parece llevar todas las de ganar, lo que colocaría al sistema, basado en un complicado equilibrio de poderes e intereses, ante una dificil prueba.

Paradójican:tente, el año 1988 había comenzado de forma positiva para Yugoslavia. A finales de febrero se reunieron en Be1grado por primera vez los ministros de Asuntos Exteriores de los seis países balcánicos. Era una cumbre sin precedentes, y el pronóstico de relajanÚento, de tensiones en la zona no podía ser más positivo. Los ministros yugoslavo y albanés se entrevistaron para tratar amistosa y específicamente del problema de Kosovo. La distensión estaba en marcha. En marzo, el líder soviético Gorbachov visitaba Belgrado, y hablando de las dificultades soviéticas en el Cáucaso, sugirió a Yugoslavia que la solución a los problemas nacionales tal vez esté en los .cambios en la vida económica, en las relaciones sociales y en la forma de pensar de las gentes". Pocas semanas después, las esperanzas de un nuevo clima de confianza se frustraron cuando la conferencia nacional de los comunistas yugoslavos, lejos de imponer reformas radicales en el terreno político y económico, se conformó con sugerir tímidas reformas, que se han revelado claramente insuficientes.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 12 de septiembre de 1988