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Un ojo en Washington y el otro en Ankara

Uno de cada tres griegos tiene familiares en Estados Unidos. La esposa de Papandreu, Margarita, es norteamericana, y el mismo primer ministro tuvo esta nacionalidad e incluso sirvió en la Navy durante la II Guerra Mundial. Michael Dukakis, un griego por origen y apellido, está a las puertas de la Casa Blanca. El candidato demócrata es poco menos que un héroe nacional y la mayor gloria de Pelopi, el pueblo de la isla de Lesbos del que emigró su padre. El grupo de presión griego es uno de los que con más fuerza cabildea por los pasillos del Congreso y el Pentágono. Los turistas norteamericanos se sienten como en casa cuando patean las piedras de la Acrópolis, y a muchos griegos les gusta mirarse en el espejo de Estados Unidos y ver reflejado un cierto parentesco.Sin embargo, ¡cuántos malentendidos entre estos parientes lejanos! Por ejemplo, los demócratas griegos vieron la mano de Washington y de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) en el golpe de los coroneles de 1967 -que sumió a Grecia en siete años sombríos- y en la invasión turca de Chipre, en 1974, que partió en dos la isla de Afrodita -considerada por Atenas parte indiscutible de la gran patria helénica-, aunque de rebote diera la puntilla a la dictadura.

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La Casa Blanca llegó a aconsejar en 1985 que los norteamericanos no viajaran a Grecia, como protesta por la supuesta lenidad en las medidas antiterroristas tras el secuestro de un avión de la TWA. Aunque la sanción fue levantada, es fácil sentir la crispación de EE UU cuando se produce un nuevo atentado, especialmente si el objetivo del mismo viste uniforme o tiene cerca la bandera norteamericana, lo que suele ocurrir cuando los autores son miembros del principal grupo terrorista griego, Diecisiete de Noviembre.

Cada vez que Caspar Weinberger abría la boca, cuando era jefe del Pentágono, para hablar del Mediterráneo oriental, se podía mascar la furia en los ministerios de Atenas. Y la protesta griega por unas recientes declaraciones de su sustituto, Frank Carlucci, muestra que el relevo no ha resuelto el conflicto. Papandreu también ha sacado muchas veces de sus casillas a Ronald Reagan: negándose a condenar la ley marcial en Polonia o a apoyar el despliegue de los euromisiles, incluso reuniéndose con la bestia negra del presidente norteamericano, Muarnmar el Gaddafi.

Aliados enemigos

Atenas mira con un ojo a Washington y con otro a Ankara. Y lo que ve no le gusta. Grecia arrancó su independencia al imperio otomano y, siglo y medio después, todavía considera un enemigo a la república laica que creó Ataturk de las cenizas de aquel avejentado cefalópodo. Pese a que los dos países son miembros de la OTAN y, por tanto, aliados, el Gobierno de Papandreu mantiene que la amenaza para su seguridad "no viene del Norte [la Unión Soviética], sino del Este [Turquía]". De los múltiples contenciosos greco-turcos, dos están clavados en el corazón del pueblo griego: el de la soberanía sobre el mar Egeo y el de Chipre. El espíritu de Davos, una vía al diálogo abierta por Papandreu y su homólogo turco, el conservador Turgut Ozal, aún no ha conducido a ningún resultado espectacular.

Atenas se siente herida por la actitud de Washington. Cree que su pariente ha apostado, por razones geoestratégicas, por el caballo turco. Sus armas para evitar que gane son la presión diplomática (favorecida por la candidatura de su aliado-enemigo a la plena integración en la Comunidad Europea) y las bases. Un arma esta última de doble filo, porque si las instalaciones son vitales para Estados Unidos, no lo son menos para una Grecia cuya inferioridad militar y sobre todo demográfica respecto a Turquía es notable. Su mejor garantía no es que EE UU respete en sus suministros bélicos la norma oficiosa de 10 partes a Ankara por cada siete a Atenas, sino que Washington no puede permitir que dos de sus aliados entren en guerra.

* Este artículo apareció en la edición impresa del miércoles, 03 de agosto de 1988.

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