De cacería
Renfe se ha propuesto, dentro del cambio de imagen que persigue, que las estaciones grandes dejen de ser coto de marginalidad: presupongámoslo admisible. Esa desagradable y triste colaboración implica errores, molestias para unos ciudadanos inicialmente inocentes y también, claro, peligros y éxitos en forma de un orden aparente.Estación de Barcelona-Sants, el 6 de mayo: una pareja de agentes de seguridad tiene retenido a un joven, un súbdito francés, con las manos esposadas a la espalda; está tendido de cara al suelo y excepto para hablar mantiene la mejilla pegada al pavimento. Hasta aquí nadie integrado en nuestra sociedad debe argumentar críticas desde la ignorancia del delito. Ahora bien:
Durante su actuación le gritaron, lo insultaron y promovieron escándalo en el vestíbulo príncipal; uno de los agentes puso repetidamente su pie sobre la espalda y las manos del presunto, e incluso con la puntera le obligó a fijar el rostro en el suelo sin que mediara por parte de aquél violencia ni resistencia. A mí personalmente me invitaron -excuso sus modales- a caminar más rápido, a lo que les contesté que de no interceptar su faena obviasen sus recomendaciones. Además, como ciudadano, como contribuyente, como trabajador y usufructuario de Renfe, me sentí en la obligación de pedirles que reconsideraran sus modales, a lo que obtuve por toda respuesta que el desgraciado estaba loco. ¿O acaso no era yo capaz de ver que estaba loco? Dejemos ahora las conclusiones puntuales y morbosas y consigamos, aunque la señora Corefla deje de ser la mujer del desaparecido Nani y se convierta en la viuda de Corella, que no se institucionalice la tortura. Hoy por hoy está en la calle.-


























































