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Tribuna:

'Peep show'

Llegó a Madrid en busca de trabajo, no sin una confusa aspiración artística. Ella era una hermosa señorita de carne y hueso, según exigía el anuncio. En el pueblo había dejado a un novio virgen, aunque totalmente encelado, y también a la propia familia, encastada en el olivar, que a veces le enviaba chorizos, con lo cual iba tirando en el asfalto mientras leía cada día las ofertas de los periódicos. Vivía en una pensión con olor a gato. Durante algún tiempo visitó sin resultado agencias de publicidad, oficinas desconchadas donde se reclutan modelos y toda suerte de carne de cañón. Se matriculó en una escuela de danza. Allí aprendió a bailar La muerte del cisne, pero el dinero se le había esfumado y los embutidos que le mandaban de casa no lo eran todo en la vida. Parecía una chica limpia y obstinada. Había logrado salir en televisión anunciando un perfume y en el pueblo la creían ya una artista consagrada. Ella mantuvo esa ficción. Por fin encontró trabajo fijo en un establecimiento pornográfico. En Madrid se acababa de inaugurar un peep show. Hermosas señoritas de carne y hueso, según el reclamo, se exhibían en un recinto caliente rodeado de cabinas secretas con ventanillas accionadas mediante monedas al minuto. Chicas desnudas ejercían contorsiones obscenas mascando chicle ante varios ojos de viejos anónimos. Sin duda ella era la más provocativa. Hubo un día en que el novio y otra gente del lugar quisieron asistir al triunfo de una hija del pueblo en Madrid. La muchacha se puso de acuerdo con el dueño del local. Familiares y deudos acudieron en masa. Ocuparon todas las cabinas.En el recinto pornográfico primero salió un grupo de rameras peladas agitando el vientre, y en seguida apareció la artista con mallas de rosa, la faldilla de tul, con la cabellera coronada de azahar, y ante su público ejecutó La muerte del cisne con exquisita armonía en medio de un coro patibulario. El novio y la familia quedaron admirados. Cuando finalizó el espectáculo, la chica, por señas, pidió a los suyos desesperadamente: "Por favor, mandadme más chorizos".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 2 de junio de 1987