Cultura

Hace muy poco fuí a la horizontal y hermosa Mancha para participar en una semana para jóvenes que las bibliotecarias de la zona habían organizado del modo habitual, esto es, dejándose los alientos y las pestañas en el esfuerzo. Porque ya se sabe que es así como suelen sacarse adelante las cosas en nuestro país: con la ímproba y anónima brega de unos cuantos. Y en susodicho viaje tuve ocasión de enterarme de varios pormenores imponentes, como el hecho de que el presupuesto manchego para bibliotecas, que siempre fue tirando a nucroscópico, había sido reducido este año a casi la mitad. Ayayay, se lamentaban las bibliotecarias estoicamente: con el dinero empleado en una sola actuación de los festivales oficiales, argumentaban ellas como ejemplo, se podría doblar nuestro presupuesto anual. Pero, claro, traer a los coros rusos o a Von Karajan es asunto de fuste y de tronío, mientras que comprar libros para un pueblo chiquito es una menudencia que no suele aparecer en los periódicos. Y ya se sabe que a los políticos les encanta salir en los papeles inaugurando presas o conciertos.Cuentan los que se dedican a esto que sería muy conveniente el adquirir unos cuantos bibliobuses, para surtir de modo urgente y económico todas esas pequeñas localidades tan desasistidas hoy. Pero, al parecer, las autoridades socialistas consideran que eso del bibliobús es cosa de países subdesarrollados, una horterada que se despega horrores de los Karajan, y prefieren por tanto que los pueblecitos sean más elegantes y no lean.
Por último, me contaron que se había llegado a inaugurar una biblioteca sin libros, porque terminado el edificio ya no hubo dinero para más. Y eso que las bibliotecas en La Mancha, dicen, fi1ncionan mejor que en otros lados: imagínense el resto del Estado. Mucho hablar de cultura para luego sólo trabajarse el relumbrón y dejar el corazón de la ignorancia intacto. Habrá que explicar a los administradores que la cultura es otra cosa y que pasa por un humilde libro leído con mano callosa en una aldea.
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