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Con la música a otra parte

Las protestas vecinales por el ruido obligan a suspender las actuaciones en directo en locales cerrados

Las actuaciones de música pop se han quedado reducidas a salas con escenarios diminutos. Los malditos del rock and roll tienen que buscar refugio en sótanos y garajes. La historia se repite, y tarde o temprano antiguos cines semiacondicionados para el rock y discotecas de capacidad media -entre 500 y 1.000 espectadores- tienen que cerrar ante las protestas de los vecinos. Los empresarios tachan al Ayuntamiento de conservador y de querer limpiar la ciudad con vistas a las municipales, y los músicos piensan que "esto no es Hawai", y cada vez menos.

"Cuando estuvimos en Suecia yo era el apoderado del Reverendo, y era tal su arte que despertaba el furor uterino de las mujeres. Se agolpaban a miles en la puerta de los camerinos. Hubo un día en que se concentraron más de 3.000 chicas. Todas ellas, buenísimas. Querían hacer el amor con el Reverendo, y yo tuve que salir a calmarlas y sufrí en carne propia lo que querían hacer con él. De esa historia dejé embarazadas a setecientas. Como en Suecia la natalidad está protegida por el Estado, cuando viajamos allí, la Seguridad Social de ese país nos trata a cuerpo de rey". Esta parrafada o algo parecido según el estado de ánimo que Wyoming y su pianista favorito, el Reverendo, tengan ese día, se puede escuchar en el espectáculo que ofrecen durante tres noches a la semana en una pequeña sala de Madrid. Wyoming, un médico de 31 años, que dejó la Seguridad Social por el mundo del espectáculo, conoce bien los escenarios cutres, porque donde más le gusta trabajar es en los bares. Sobrevive a base de actuaciones en tugurios, y a veces se ve obligado a hacer doblete y hasta triplete.Ilegales y clandestinos

Él cuenta que en una misma noche actuó con el Reverendo en un bar, con el grupo Vitaminas en otro sitio y después con Moncho Alpuente. Con cada uno interpreta un repertorio diferente, que va desde el piano-bar al rock and roll. Y seguirá así "mientras el cuerpo aguante". No domina ningún estilo, pero practica todos. En sus shows la palabra es fundamental, y lo mismo parodia a Perales que a Lou Reed.Wyorning empezó, como un juego, para ganar el primer premio del concurso de San Isidro Rock. Profesionalmente se dio a conocer en la Aurora hace más de tres años. "En seguida surgieron los problemas con los vecinos y llegó la orden de clausura municipal", asegura. A juicio de este profesional de la noche, que vive de dar la cara en público, las actuaciones en directo son ilegales y clandestinas. "Están consentidas, pero no permitidas", dice. "La legislación sirve para los bares, pero ignora los pubs. No comprenden que en un bar puede haber lo mismo un señor que hace magia que otro que toca la guitarra". Wyoming se siente agraviado como músico. "Es una putada que no haya suficientes locales. En esta ciudad se gestan grupos continuamente y es necesario tocar en directo para coger tablas y desarrollar una profesión. Los que ya están consagrados, cuando no están de gira, no tienen dónde actuar". Confiesa que sobrevive gracias a que está fijo, "como artista exclusivo", en una sala. Sus actuaciones en Bóvedas -situada curiosamente al lado de una comisaría- le permiten, además de trabajar, mostrarse en un escaparate para que los empresarios le vean y le contraten. Wyoming apunta que una de las posibles soluciones a este problema sería untar a los vecinos, y cuenta que, en Barcelona, los dueños de una de estas salas pintaron la escalera y arreglaron el ascensor y se acabaron las protestas. La suspensión de actuaciones en La Universal, debido a las quejas de los vecinos, obligará a locales como el Templo del Gato, San Mateo, Ágapo, Bwana y otras salas de capacidad reducida a asumir el vacío como en otro tiempo ocurrió tras el cierre de Rockola. Sólo la sala Astoria, el pabellón del Real Madrid y el Palacio de los Deportes de la comunidad autónoma podrán ofrecer conciertos multitudinarios. Ricardo Solfa llegó a Madrid desde Barcelona hace año y medio con la intención de revolucionar el panorama de la canción melódica. En el escenario de Elígeme, la sala de los cantautores y del público que ronda los 30, presentó sus melodías modernas. "Tenernos salas de fiestas tradicionales y los pubs marginales, en los que se realizan espectáculos, que carecen de infraestructura, pero falta un cabaré moderno, amplio y con comodidades",dice.

Locura y esquizofrenia

Solfa prefiere los locales en los que se pueda hablar y la música no haga daño. Entiende la postura de los vecinos que tratan de hacer valer sus derechos. "No me gustan los géneros extremos del rock. No hay que hacer tanto ruido", asegura. "Esto hace 20 años no ocurría, porque no estábamos sometidos como ahora a la dictadura del sonido y del videoclip". Solfa cree que estamos abocados a la locura y que el ruido favorece la esquizofrenia, de la que difícilmente escaparemos. Por el contrario, Jesús Ordovás, sociólogo y conductor del espacio Esto no es Hawai, del Diariopop de Radio 3, espera que se cambien las leyes y que las posturas se hagan más flexibles. Ordovás añora las salas que a lo largo de 1980 y 1981 programaban actuaciones habitualmente. "El Ayuntamiento debería dar facilidades a la iniciativa privada para que los cines puedan ser utilizados para conciertos, dando los permisos y las facilidades necesarias para acondicionar los locales, que en la mayoría de los casos adolecen de una acústica nefasta", opina Ordovás. "La construcción de rockódromos no soluciona el problema". Celes Aizpiru, batería de Malevaje, de los Coyotes, de Mercedes Ferrer, de Ángel y las Guais y de todos los grupos en esta onda que necesiten un golpeador contundente, se muestra tajante: "Estoy en contra de que el Ayuntamiento o la comunidad se gasten 200 kilos en organizar fiestas multitudinarias para que la gente se divierta durante uno o dos días y lo tenga todo controlado, y el resto del año a los músicos nos deje en el paro".

Celes piensa, como Jesús Ordovás, que las instituciones deberían apoyar a los empresarios y que en una ciudad de más de tres millones de habitantes deberían existir al menos cuatro discotecas como la Universal, 10 más pequeñas y dos más grandes para que existiera una infraestructura coherente y que los músicos pudieran trabajar. Antonio y Julián, empresarios de Komitté y tres pubs más en los que habitualmente se programan actuaciones de principiantes, viven con la sensación de ilegalidad al no poder anunciar las actuaciones de grupos que no convocan a más de 50 personas. Cualquier noche, sin previo aviso y sin motivo aparente, los municipales se presentan en el pub a bajar el sonido y a pedir la documentación a los clientes. Creen que las últimas acciones del Ayuntamiento van encaminadas a ganar el voto del vecino conservador, y "resulta que al final el veto que reciben es el nuestro". Para ellos la campaña electoral ha empezado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 8 de febrero de 1987