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GENTE

Clemente,

el papa invidente de El Palmar de Troya, y cuatro mitrados de su séquito vienen demostrando últimamente una cierta afición al vino, y no precisamente al de la misa. El pasado fin de semana llegaron al parador nacional de Gil Blas, en Santillana del Mar (Cantabria), con la intención de pernoctar. El conserje les advirtió que podían quedarse a cenar, pero no a dormir porque no quedaban habitaciones libres. La comititiva episcopal no se cortó: cenaron en el parador, prolongaron la sobremesa hasta las tres de la madrugada y decidieron después pasar la noche paseando por los jardines que rodean el edificio, tras haber aligerado considerablemente la bodega del bar. En cualquier caso, y para que quedase constancia de su religiosidad, no acompañaron la curda con el tradicional Asturias, patria querida, sino con cantos gregorianos que dejaron traspuestos a los huéspedes del hotel. Los conserjes les amonestaron varias veces, a lo que respondieron: "Comamos y bebamos, que el fin del mundo está próximo". A primera hora de la mañana se obsequiaron con chocolate y abundantes churros. La noche transcurrida en vela pero sin recogimiento, los ardores del aparato digestivo y el aire de la mañana no debieron sentar bien al papa Clemente, quien se puso a vomitar antes de introducirse en el lujoso Audi aparcado ante el parador. Al confundirles con juerguistas ataviados de hábitos religiosos, una vecina les llamó cerdos a grito pelado desde la ventana de su casa. Como los viajeros parecían no encontrarse en condiciones de manejar un vehículo, optaron por retornar al parador y pedir dos habitaciones contiguas con vistas al mar, gusto por el paisaje que no pudo satisfacerse porque el Cantábrico queda lejos de Santillana. Tras dar instrucciones de ser despertados a las siete de la tarde del sábado, el papa Clemente se introdujo con sus acólitos entre las sábanas. Al llegar la hora convenida, avisaron que no se les sirviese cena porque continuarían su recuperación hasta las siete de la mañana del domingo. Al fin, los cinco extraños turistas desayunaron, pagaron la cuenta y se marcharon. En Sevilla, ciudad que les queda más próxima a su Vaticano particular, los vecinos tienen constancia asimismo de las visitas a bares y a alguna discoteca de una localidad próxima, siempre en actitud de entonación.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 1 de febrero de 1987