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El arte de copiar

Sólo 16 personas se dedican a reproducir las obras de arte de los museos madrileños

"Hacemos una labor muy importante de promoción de la cultura española por el mundo", afirma Andrés Navarro, copista de pinturas en el Museo del Prado. Antonio González, que copia un cuadro de Murillo, afirma: "Mejor que hablar de cuántos cuadros he copiado y del precio a que los vendo, sería hablar de las aberraciones que se hacen en el museo con las restauraciones-. Alfredo Rodríguez, también copista, no duda en afirmar: "Comprar una copia es una estupidez. Los copistas suelen ser bastante brutos". Dieciséis copistas trabajan en Madrid, todos en el Prado. Unos lo hacen para vivir y otros para aprender.

El Museo del Prado es el que reúne a todos los copistas. El resto de los museos madrileños, o no admiten copistas o son muy escasas las solicitudes que reciben, tanto que ahora no acogen a ninguno. En cualquier caso, la filosofía es simple: que molesten lo menos posible a las personas que acuden a los museos.Una solicitud por instancia escrita, venir avalado por la facultad de Bellas Artes o por un profesor de una escuela oficial (aval de la embajada, en el caso de extranjeros) y esperar turno, son los primeros pasos que ha de dar todo pintor, que quiera estudiar a los clásicos a través de la imitación. Cuando el turno llegue, el Museo del Prado facilita el caballete. El permiso tiene un precio simbólico, vigente desde hace 20 años: 250 pesetas anuales y 100 pesetas por cada copia realizada. "Lo normal es que haya 16 personas copiando, y otras cuatro o cinco esperando su turno", señala Fernando Díaz, jefe de la oficina de copias del museo.

En 1984 se hicieron 124 reproducciones. Las que tenían como originales pinturas de Murillo (23 copias), Velázquez (15), Goya (14) y El Greco (9) -los pintores más copiados del museo- representaron un 50% del total. Los borrachos de Velázquez y Los niños de la concha de Murillo son, en concreto, los cuadros más solicitados. En 1985 las copias fueron 204. Este año ya van hechas 176. "En los años sesenta", comenta Fernando Díaz, "fue un boom. Había a la vez hasta 50 copistas, y en un año se llegaban a hacer hasta 1.000 reproducciones. Además, lo curioso es que prácticamente la mitad eran japoneses. Ahora sólo hay tres extranjeros".

Entonces se decidió que el máximo fuera de 16 copistas a la vez, "para que no se molestara tanto a los visitantes del museo". Por la misma razón aparente de no molestar, se les prohibió que trabajaran sábados y domingos, los días de mayor afluencia de público. Antonio González, que ya era copista, ve en estas restricciones una especie de castigo por criticar ciertas actuaciones del museo.

En 1966, Javier Salas, director entonces del museo, clausuró la actividad de los copistas durante julio y agosto, dado el número excesivo de visitantes. Fue el único paréntesis impuesto a estos expertos en imitar la pincelada ajena.

Para que no se causen molestias, Las meninas no pueden ser copiadas -las características de la sala y el sistema de iluminación no lo permiten-, y las majas de Goya tienen unas horas muy determinadas para que fijen en ellas su atención. "No hay cuadros tabú", comenta Fernando Díaz, "pues las mismas restricciones sirven para cualquier cuadro que esté en una esquina o junto a una puerta".

En la oficina de copias no quieren saber lo que se hace con las imitaciones de los clásicos; Fernando Díaz afirma que ni quiere plantearse si se comercia con ellos, porque el permiso se da, en realidad, para estudiar.

Rubens, Velázquez y Goya son ahora mismo los pintores más copiados. Más modestos, les siguen Luis de Morales, Murillo, Tiziano, Veronés e incluso una escultura de la época romana de los Antoninos.

El copista-funcionario

Ángel García de Diego, burgalés, funcionario del Ministerio de Obras Públicas, imita sobre un lienzo -que siempre ha de ser nuevo, y nunca del mismo tamaño que el original- los trazos y colores con que Rubens y Snyders pintaron a Ceres y Pan. Es su primera copia en el Prado. "He venido de Irán sólo para poder copiar cuadros aquí", dice Shahla-Zolfegh Ari, de 22 años. Carmen Aguado tiene puesta toda su atención en los desnudos de La fragua de Vulcano, de Velázquez. "Sólo por los elogios de la gente", dice, "ya merece la pena venir. Ésta es la mejor escuela para aprender".Andrés Navarro, manchego, de 65 años, asegura que lleva ya más de 500 copias en el museo. Comenzó en 1957 por razones económicas con un cuadro de Andrea del Sarto. "Esto me permite sacar el dinero suficiente para después dedicarme a lo que realmente me gusta, pintar retratos originales míos". Con quien más trato ha tenido ha sido con Murillo. "A los hispanoamericanos, que son mis principales compradores, les encanta", afirma.

El tiempo que dedica a una copia es de tres semanas o un mes. Los precios oscilan en la actualidad entre las 50.000 y las 500.000 pesetas. Las compras se hacen sobre la marcha, "mientras pinto, llegan las ofertas. A veces, también se hace por encargo".

Alfredo Rodríguez copia la Dánae de Tiziano de una forma muy personal. De las dos figuras que componen el cuadro, se ha deshecho de una en su copia. Insiste en señalar que él sólo copia para estudiar la técnica de los maestros y aplicarlo después a su temática propia: la expresión figurativa. "Los que dicen que venden mucho, a veces es por vanidad de pintor. A mí me han dicho que habían vendido una copia en medio millón, y después la he visto arrinconada en un estudio".

Su Dánae no se parece a la de Tiziano -ni en la anatomía, ni en el tamaño de los ojos, ni en el color-. "Tampoco pretendo que se parezca. No lo voy a vender. El copista se siente falseado en su personalidad de pintor".

Uno de los vigilantes del Prado, que lleva 22 años trabajando en el museo, aprovecha los días en que no hay muchos visitantes para acercarse a la pintura con un lápiz y una cuartilla de papel. Sobre ésta dibuja la figura desnuda de una mujer de Rubens.

El resto de los museos madrileños no tiene tanto atractivo como el Prado para los copistas. El Museo de Sorolla no les admite. Los otros reciben solicitudes muy de cuando en cuando. En el Romántico, "quizá un par de ellas al año", dice su directora, María Elena Gómez-Moreno. "Y siempre es por razones muy especiales. El último copista que tuvimos pintó un retrato porque se trataba de un antepasado suyo. Aquí no sucede como en el Prado, que se copia para vender".

Al Museo del Marqués de Cerralbo y al Municipal no han acudido últimamente. La Academia de Bellas Artes de San Fernando, en fase de ampliación, tampoco admite copistas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 10 de noviembre de 1986