Media de "victorinos" con canela

Victorino / Ruiz Miguel Gonazález. CampuzanoTres toros de Victorino Martín, desiguales de presencia, flojos, muy nobles; tres primeros de Palha, con trapío, inválidos. Ruiz Miguel: estocada ladeada (silencio); pinchazo y media ladeada; la presidencia le peronó un aviso (aplausos y saludos). Dámaso González: seis pinchazos, estocada trasera tendida y dos descabellos (silencio); pinchazo y estocada trasera baja (petición y vuelta). Tomás Campuzano: pinchazo y bajonazo (división cuando saluda); bajonazo recibiendo (oreja).

Plaza de Bilbao, 24 de agosto.

Octava y última corrida de feria.

La corrida última de la feria se anunciaba con toros de Victorino Martín y era por este motivo la de mayor expectación. La expectación decreció porque los veterinarios ya habían rechazado tres el viernes, en el reconocimiento previo. El ganadero explicaba muy deprisa y entre dientes las razones: "Uno que tiene una cosa en un ojo -que no tiene ná-, otro dicen que pirela las patinas, y del otro que traquina el pinteco en los mengues, de manera que no entiendo a estos veterinarios". Está claro. Cómo sería la corrida entera es un misterio. La mitad, en cambio, fue de una eríternecedora dulzura. Victorino Martín abrió la confitería y sirvió media de crema y chantilly con canela.

Los toreros pudieron paladear los dulces a su sabor. Quien tenía apetito, lo cual no ocurrió .en todos los casos. Por ejemplo, Ruiz Miguel, el más consumado victorinista que conoce la historia, no hacía honor- a las golosP nas. Ruiz Miguel estaba ayer inapetente. Al aperitivo también le había hecho ascos.

La verdad es que el aperitivo valía poco. Los Palha, que salieron en primer lugar, bien presentados, carecían de fuerza. Todos se caían continuamente y el de Ruiz Miguel, ni siquiera embestía. Otras veces el bravo torero de San Fernando se habría batido con el inválido hasta obligarle a tomar la muleta, y en cambio ayer lo pasaportá en seguida.

Al victorino, un cárdeno de 608 kilos y buena planta, le dio muchos pases, ninguno con horíodura, muy pocos con temple. El vitorino humillaba con sumisión cortejana, pero el diestro le ahogaba la embestida. Y así no hay manera.

Se comprende, en cierto modo. Ruiz Miguel está acostumbrado a otro tipo de victorinos, más duros de roer, de los que se pegan al riñón; platos fuertes con su salsa espesa y picante. Por el contrario, a Dámaso González, que tiene un paladar menos selectivo, lo mismo le dio el aperitivo Palha que el duce manjar victorino espolvoreado de canelita. A uno y otro los embrujó mediante su conocido toreo inverosímil, hecho de templados tirabuzones.

En ambos casos no faltaron rodillazos y péndulos, movidos en la cercanía de las comamentas. Con estas salvedades: al Palha lo mató a la última; al victorino le instrumentá unos redondos de ole, corriendo la mano y cargando la suerte con una pureza artística y una ortodoxia técnica como pocas veces habremos visto a este torero (ni a muchos otros). Hizo felicísimos a los bilbaínos.

Los bilabínos, que se pasan la tarde pidiendo música y cuando el presidente la otorga sacando un pañuelo (qué inventos) ya están conformes con todo, no que daron satisfechos con la faena de Tomás Campuzano al Palha.

No les importó demasiado que en los derechazos Campuzano descargara la suerte al abrir desmesuradamente el compás y metiera el pico; sí que estuviera deslucido en los naturales.

El toro probaba y cortaba el viaje por el pitón izquierdo, lo que inducía al diestro a rectificar, y ésta fue causa de frustración y disgustos en el graderío.

Sin embargo, con la faena al sexto, la gente lo pasó en grande. Este victorino, cardenito, chiquitín y flojito, que no daba la talla y por lo tnto, no le habrían dejado ir a la mili otros veterinarios más escrupulosos que los de Bilbao, resultó ser de tan almibarada suavidad la canelita dándole, además, su puntoque con catarlo se saltaban las lágrimas.

Campuzano se lo merendó entre sollozos poquito a poco, saboreándolo con un placer que lo levitaba hasta el éxtasis. Nunca habrá toreado Tomás Campuzano tan a gusto, tan despacio, disfrutando de la caricia del temple tanto como sin duda hacía disfrutar al torito azucarado y bueno.

Los molinetes en cadena y las manoletinas con que completó el toreo fundamental provocaron el delirio. Echando la casa por la ventana, Campuzano citó a recibir y lo cierto es que le salió un bajonazo.

Bueno, no importó al entusiasmado público, que pidió y obtuvo para el torero la oreja. El. triunfo fue de clamor y el gentíe, abandonaba la plaza contentísimo. El saldo de victorinos golosos y palhas inválidos, los derechazos a miles, el triunfalismo desbocado, eso debe de ser la fiesta. Al menos en Bilbao.

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