Reportaje:

El amor imposible de una 'abertzale' y un guardia civil

El militar está en prisión, procesado por presunta deserción

El guardia civil Juan Carlos Calleja Elías, destinado en el cuartel de La Salve, de Bilbao, se encuentra en la prisión militar de Alcalá de Henares, procesado por un supuesto delito de deserción, que, a juicio de su abogado, Leopoldo Corcóstegui, no pudo cometer, por encontrarse de baja, y que, de prosperar, podría llevarle ante un consejo de guerra, donde la petición sería de dos a seis años de prisión. El letrado ha solicitado la revocación del auto de procesamiento y opina que las acusaciones no tienen más base que connotaciones políticas, porque el guardia está casado con una vasca de ideas afines a Herri Batasuna.

Cuando Juan Carlos Calleja se infiltró en ETA y logró varias detenciones de miembros de la organización, según dice su abogado que consta en el sumario, era ya guardia civil y pertenecía al Servicio de Información del cuerpo, pero no se le había pasado por la cabeza que acabaría casándose con una mujer que siquiera disculpara a la gente que él había ayudado a detener. Cuando, en sus primeros 30 años de vida, nació su primer hijo y le llamó Jon Ander; tuvo que ir a votar, y lo hizo por Herri Batasuna, y empezó a aprender euskera, Anunciación Azpeitia, Marian, tampoco pensó que se casaría con alguien que iba a pedirle que abandonara la ikastola, que se negara a poner un nombre vasco al hijo común, que representaba todo lo que ella y las gentes de su entorno habían odiado. Que podría, en definitiva, llegar a convivir con un pico.Les presentó una amiga común. Era mayo de 1983, y Marian explica el proceso de enamoramiento de una abertzale hacia un guardia civil diciendo que "parecerá poético, pero es que conocer a Carlos es quererle. La mía era una contradicción tremenda, una gran lucha, y él me hizo comprender que yo era Marian, él era Carlos y nada más".

Cuando Marian Azpeitia empezó a vivir con Juan Carlos Calleja no tenía todavía el divorcio de su anterior marido, un empleado de banca con el que se casó a los 23 años, tras ocho de noviazgo. El matrimonio duró hasta 1982, y de él nació un niño, Jon Ander, que ahora tiene nueve años. La vizcaína abertzale y el guardia civil del Servicio de Información lograron casarse el 8 de noviembre de 1984 después de que en el cuerpo hubieran considerado su convivencia "acto contrario a la dignidad militar". Tienen un hijo, David, de nueve meses.

Juan Carlos Calleja tuvo problemas en la Guardia Civil desde que conoció a Marian. Natural de Santander, donde nació hace 27 años, ingresó a los 20 en el cuerpo. Sin duda, sus superiores apreciaron en él desde el principio especiales cualidades, porque empezó directamente en Euskadi y seguidamente en el Servicio de Información. Realmente, un guardia segundo con una nómina de 122.000 pesetas, que es lo que cobraba hasta que hace dos meses le retuvieron el sueldo, no debía de ser un guardia corriente. Pero cuando comenzó a tratar a Anunciación Azpeitia, las cosas cambiaron. Contra su voluntad, salió del Servicio de Información, tuvo que cortarse el pelo y empezó a hacer guardias vestido de romano -"como llaman ellos" dice Marian- en la puerta del cuartel de La Salve; "muy humillante", a juicio de su mujer, "para una persona que había trabajado sin horario, en los máximos puestos de confianza y con felicitaciones por sus trabajos".

Guardias y arrestos

A Juan Carlos Calleja le tocaban hasta nueve noches de guardia seguidas, mientras sus compañeros hacían dos; le trasladaron un mes entero a la empresa Petronor, en Somorrostro, alejado de su domicilio familiar, en el barrio bilbaíno de Santutxu; le enviaron a reprimir manifestaciones. En una de éstas, en Lemóniz, recibió una pedrada en un pie. El 7 de julio le dieron la baja. Su mujer dice que inmediatamente después le impusieron dos meses de arresto por haber cogido el traje de otro compañero para hacer un servicio, al no tener el suyo en la taquilla. "Ya se veía que iban por él". Cuando fueron al médico de cabecera para renovar la baja, éste dijo que Juan Carlos Calleja tenía que acudir al psiquiatra. Tenía una depresión aguda.Los meses de agosto y septiembre, Juan Carlos Calleja estuvo en su casa, en Santutxu. Por eso, ni Marian Azpeitia ni Leopoldo Corcóstegui, abogado del Sindicato Unificado de Policía, en Bilbao, que lleva el caso, se explican cómo ahora pueden acusarle de deserción, "si no se fue de su domicilio, y a mí, en el cuartel, me dijeron que no llevara ya más partes de baja hasta que tuviera el alta", dice su mujer. El caso es que no fueron a buscarle.. Pero el pasado 3 de octubre, cuando había acudido con su mujer a un juzgado de distrito, donde tenían unj uicio de faltas por un accidente de coche, fue detenido y conducido a La Salve.

Cuatro días después, Juan Carlos Calleja fue trasladado al Hospital Militar de Burgos para hacerle una serie de pruebas. El miércoles de la semana pasada, día 16, tenía que haber pasado por un tribunal médico. Pero a las ocho de la mañana, cinco guardias civiles se presentaron a buscarle. Sin dejarle llamar a su mujer, le condujeron a Alcalá de Henares.

Toda la preocupación de Marian Azpeitia es decir algo que pueda perjudicar a su marido. "Me derrumbaría si así fuera". Ella parece no ser muy consciente de que en los dos últimos años de su vida ha cedido más terreno que el que ha conquistado, pero es un auténtico antídoto contra los escépticos en cuestiones relacionadas con la capacidad transformadora del amor.

Desde que conoció a Juan Carlos Calleja supo que varios guardias civiles andaban preguntando a sus amigas por sus ideas políticas. Unas ideas políticas "pues como persona normal, de aquí de toda la vida, aunque nunca milité en un partido. Se acercan a Herri Batasuna, pero son ideales siempre infantiles, porque yo no he profundizado en política y pienso que es como la religión, que crees por cuestión de fe. Claro, tengo un hijo que se llama, Jon Ander y que va a una ikastola, y yo estaba estudiando euskera". Ella abandonó las clases "porque Carlos me lo pidió. Me decía que ya seguiría más adelante, pero que ahora le estaban haciendo la vida imposible. Y yo no quería complicarle la vida, porque de lo contrario no hubiera formado un hogar con él".

De sus conversaciones de pareja desaparecieron pronto todas las alusiones a la situación del País Vasco, a la política, a la sociedad que les rodea. Cuando hay denuncias por torturas contra la policía o la Guardia Civil, Juan Carlos tiene una explicación para su mujer: "Eso es mentira, chiquilla; eso no existe hoy día". ¿Y ella le cree? "Yo pienso que hoy día la tortura no existe" responde.

Dice Marian que "la Guardia Civil está demostrando ser tan radical como ETA Militar, porque si se pretende que sus miembros se integren con el pueblo vasco, en el caso de Carlos han tenido la ocasión, pero no nos han dejado vivir. Cuando venían sus amigos del cuerpo a casa, me preguntaban si ya había cambiado yo de forma de pensar. Yo les decía que no. Ahora me he transformado, pero por lo que estamos pasando. Y es que es gente muy pobre de ideas".

Violencia y negocio

Luego añade: "Esto de la violencia debe de ser un negocio muy grande, porque nadie quiere que acabe. Ni la Guardia Civil. A las pruebas me remito. Cuando no nos dejan vivir tranquilamente en familia, me demuestran que no quieren contribuir a la paz. Si yo, por mis ideales, a ese cuerpo no lo podía ni ver, que entiendan lo que pensaré ahora, cuando a mi marido le están haciendo esto por culpa mía". ¿Por culpa suya? "Bueno, ya no tengo nada claro".Cuando esta mujer menuda, de pelo rizado, baja a la calle puede ver una pintada que dice "ETA, mátalos". ¿Qué siente entonces? "No me he parado a pensar que vaya por mi marido, porque es tan buena persona... Claro que también es verdad que están matando por el uniforme. Pero Carlos no ha tenido nunca miedo. Si a todo el mundo le dice lo que es, como si fuera igual que ser bombero".

Marian Azpeitia dice que sólo pide que se haga justicia. No entiende cómo les tienen ya más de dos meses sin cobrar, cuando carecen de otra fuente de ingresos. Afirma que se da cuenta de que persiguen expulsar a su marido de la Guardia Civil, y que tendría difícil encontrar otro trabajo habiendo pasado por el cuerpo. "Pero no nos vamos a morir de hambre, siempre que podamos estar juntos".

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 19 de octubre de 1985.

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