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Editorial:

Verde que te quiero

LAS FEDERACIONES y grupos integrados en Los Verdes, el nuevo partido que trata de aclimatar en España experiencias similares europeas (en especial la ensayada con notable éxito en la República Federal Alemana), celebraron durante el pasado fin de semana su primer congreso en Cardedeu (Barcelona). Las tensiones afloradas en esa reunión son inevitables en cualquier movimiento que busca señas originales de identidad y que se ve sometido a conflictos entre las diferentes tendencias que tratan de hacer prevalecer sus criterios. Ya la primera conferencia de los verdes, celebrada en Málaga hace ocho meses, puso de manifiesto las divergencias entre la corriente favorable a la creación de un partido político, tesis que terminó imponiéndose, y los defensores de una mera coordinación de los movimientos alternativos.En el congreso de Cardedeu, algunos sectores críticos -catalanes y madrileños- expresaron sus discrepancias con los gestores provisionales del nuevo partido, acusados de excederse en sus atribuciones y de realizar una política de hechos consumados. Pero el debate se hizo también extensivo a los objetivos. La eventual participación de Los Verdes en las elecciones generales de 1986 dio lugar a acaloradas discusiones. La mayoría de los delegados consideró que esa convocatoria les brindará una excelente ocasión para acceder a los medios de comunicación públicos y difundir sus opiniones, mientras la federación andaluza estimó que no ha llegado todavía el momento de realizar esa experiencia. Queda por comprobar si el nuevo partido, acusado de oportunismo por algunos sectores, es suficientemente representativo de la sensibilidad y de las ideas de los movimientos alternativos españoles. Este es, sin duda, el interrogante crucial.

El movimiento verde europeo tiene lazos de filiación ideológicos con las corrientes libertarias que disputaron a la. socialdemocracia la hegemonía de las contestaciones populares durante las primeras décadas de nuestra centuria. Mayo del 68 contribuyó de forma decisiva a la recuperación de ese legado, tanto por las ideas que alumbró como por el posterior compromiso con los movimientos sociales alternativos -desde el pacifismo al feminismo- de algunos de sus protagonistas. El tránsito desde el ecologismo meramente conservacionista, preocupado por los equilibrios del medio ambiente, al ecologismo político, cuyos objetivos han sido la denuncia de las centrales nucleares y del industrialismo, caminó en la misma dirección. En buena medida, la causa de los verdes ha sido abrazada en el resto de Europa por esa juventud de izquierda sin cobijo que quedó defraudada por los partidos marxistas-feministas, la violencia de los extremistas y el agotamiento del reformismo. La heterogeneidad de ese movimiento, en el que coexisten proyectos muy diferentes entre sí, explica, a la vez, la. fuerza de arrastre que ha conseguido en países como Alemania Occidental y la precariedad de sus equilibrios internos. La importancia dada a la participación de las bases y al rechazo de la burocracia, que se traduce en la creación de Organizaciones federales, escasamente centralizadas y con gran democracia interna, aleja a los verdes del modelo convencional de los partidos.

Ni todos los ecologistas pertenecen a los verdes, ni la ideología de los verdes se reduce al componente conservacionista. Esa corriente aspira en Europa a coordinar un amplio segmento de actitudes y sensibilidades: los defensores del medio ambiente, el pacifismo, el feminismo, el movimiento gay, los grupos antinucleares, los objetores de conciencia, los marginales, los libertarios, etc. Sus denuncias de la carrera armamentista, sus advertencias contra los riesgos de una devastadora conflagración mundial, sus llamamientos a la igualdad y a la solidaridad y su rechazo de un modo de producción creador de profundas desigualdades dentro de cada país y a escala planetaria emparentan a los verdes con otros sectores de la izquierda. Pero las dimensiones antipolíticas y antiautoritarias, la revisión de la idea decimonónica de progreso, la desconfianza hacia el Estado, la crítica de un modelo industrial basado en el despilfarro de la energía no renovable y la inhumanidad de las grandes aglomeraciones urbanas, un cierto ascetismo anticonsumista, la protección a ultranza de los equilibrios del medio ambiente y la lucha contra las centrales nucleares apuntan hacia un diseño de sociedad alejado de las potencialidades reales hoy, adivinables en el mundo desarrollado y desprovisto de agentes históricos identificables.

El partido cuyo congreso acaba de celebrarse en Cardedeu tendrá que demostrar, para conquistar un lugar al sol en la política española, un mínimo de representatividad y una cierta capacidad para llevar adelante sus proyectos. Aunque sus pronunciamientos contra la permanencia de España en la Alianza Atlántica apunten hacia una clara de actuación, no es seguro que los movimientos pacifistas, organizados al margen de Los Verdes, o las movilizaciones contra la OTAN, dirigidas por la izquierda comunista y extraparlamentaria, les regalen todo o el principal protagonismo en ese ámbito. Sus deseos de coordinar los movimientos alternativos ya existentes tendrán que vencer la desconfianza tradicional de esos grupos, reticentes frente a quienes pretendan rentabilizar políticamente sus esfuerzos. El tiempo dirá si el nuevo partido es un simple reflejo mimético de las experiencias alemanas o el germen de un auténtico movimiento verde con capacidad de futuro.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 28 de febrero de 1985