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La guerra fría, en el espacio

De acuerdo con recientes sondeos, Ronald Reagan dispone de una considerable ventaja sobre su rival en las futuras elecciones, el demócrata Walter Mondale. Cualquier otro candidato, en su lugar y a su edad, se dormiría sobre los laureles. Pero el Vaticano no es el único lugar del mundo en el que se puede entrar en el cónclave como papa y salir como cardenal. En la historia de Estados Unidos existe gran número de ejemplos de elecciones que parecían ganadas de antemano y que luego no lo fueron: un importante periódico parisiense aprendió esta lección a su propia costa, cuando, basándose en unos pronósticos unánimes, tuvo la osadía de anunciar a grandes titulares, en noviembre de. 1948, la victoria de Thomas Dewey sobre Harry Truman. Al día siguiente tuvo que rectificar su error. Reagan y sus consejeros son plenamente conscientes de que no pueden abandonar la lucha ni desperdiciar ninguna baza.Éste es, sin lugar a dudas, el motivo del cambio de tono del presidente saliente con respecto a los soviéticos. No se puede negar que Reagan debió en gran parte su triunfo en las elecciones de 1980 a la voluntad de sus conciudadanos de ser gobernados por una mano más firme que la de Jimmy Carter, pero ello no significa que se le hubiese encomendado la tarea de involucrar a su país en el ciclo infernal de la guerra fría y de las pruebas de fuerza. Tanto es así que el Congreso, portavoz de la gran mayoría de la opinión pública, ha ido restringiendo cada vez más los gastos militares y, sobre todo, las posibilidades de intervención armada, incluso en América Central, región que Estados Unidos han considerado desde siempre como su patio trasero.

Es indudable que si la reactivación de la carrera armamentista y el tono enérgido que se utilizaba para referirse al imperio del mal hubiesen obligado al Kremlin a mostrarse más conciliador, como se esperaba en la Casa Blanca, todo el país hubiese aplaudido. Pero se ha producido exactamente lo contrario: las relaciones entre las dos superpotencias pasan, en la actualidad, por un período de graves tensiones.

A medida que se acercan las elecciones, por consiguiente, Reagan intenta convencer a sus compatriotas de que aún es posible la distensión y de que él mismo trabaja eficazmente por conseguirla. En tales condiciones lo que más anhela el presidente norteamericano es celebrar cualquier tipo de negociaciones con los soviéticos o incluso un encuentro en la cumbre con Chernenko. Pero este último está dispuesto a no hacer nada capaz de favorecer la reelección del hombre responsable de la instalación de los euromisiles y cuya retórica ha sido deliberadamente antisoviética. Ello explica el malentendido que acaba de producirse a propósito de la guerra de las galaxias. Al proponer la celebración de una conferencia destinada a impedir esta guerra, el Kremlin contaba con un rechazo de Estados Unidos, lo que le hubiese permitido denunciar una vez más su belicismo irresponsable. En un primer momento, la Casa Blanca le proporcionó, en efecto, los argumentos que esperaba, al condicionar, aparentemente, la aceptación de dichas conversaciones a la reanudación de las dos negociaciones sobre la limitación de los misiles de largo alcance y euroestratégicos, interrumpidas el pasado invierno. Dado que los soviéticos se habían negado hace tiempo a reanudarlas mientras no se pusiese un término al despliegue de los euromisiles, podían alegar que tal condición ocultaba una pretensión inaceptable.

Pero he aquí que Reagan, presionado por París, Londres y Bonn, volvió a la carga y declaró a los cuatro vientos, llegando incluso a transmitir un mensaje personal a Chernenko por medio del embajador soviético en Washington, que está dispuesto a hablar de las armas espaciales sin ninguna condición previa. Tras haber caído en su propia trampa, a los dirigentes soviéticos no les queda más remedio que hacer caso omiso de la nueva respuesta de Estados Unidos y desencadenar contra ellos una avalancha de invectivas. Sir Geoffrey Howe, el excelente ministro británico de Asuntos Exteriores, resumió la situación tras su visita a Moscú hace algunas semanas, sosteniendo que, para los soviéticos, "un sí no es una respuesta".

¿Destuir o proteger?

Se correría un grave riesgo si no se intentara ir más lejos: el problema de la guerra de las galaxias reviste, - sin ánimo de exagerar, una gran importancia para el futuro de la humanidad. ¿Cuál es exactamente su objetivo?, En el discurso que dedicó el 23 de marzo de 1983 a su "iniciativa de defensa estratégica" (SDI), Reagan pidió, nada más y nada menos, "a la comunidad científica que nos ha dado las armas nucleares, que utilice todo su talento para convertirlas en ineficaces y anacrónicas". ¿Cómo conseguirlo?: única y exclusivamente, interceptándolas.

La idea no es nueva, pero sus consecuencias sí lo son. Ya en 1962, Jruschov afirmaba haber resuelto el problema con una eficacia comparable a la de un "disparo de fusil que abate a una mosca en pleno vuelo". Se habían instalado, alrededor de Moscú, 64 plataformas de lanzamiento de antimisiles, la llamada red Galosh. Las armas a que se refería Jruschov, ABM (anti ballistic missiles), estaban equipadas con cabezas nucleares y se las suponía capaces de destruir a los misiles enemigos en cuanto éstos alcanzaran la atmósfera. Más tarde, el número de plataformas de lanzamiento se redujo a la mitad.

Estados Unidos replicó aumentando, por un lado, el número de misiles intercontinentales y lanzando, por otro, un programa de ABM con cabezas nucleares conocido con el nombre de Proyecto Centinela. A diferencia del sistema Galosh, que era denso y, por tanto, bastante impermeable, pero protegía solamente una superficie limitada, la red Centinela era poco densa y, por consiguiente, su eficacia era menor, pero se extendía a todo el territorio de la Unión. A comienzos de los años setenta se puso en marcha un nuevo proyecto denominado Salvaguardia para sustituir la red Centinela. Su objetivo era proteger uno o dos emplazamientos de plataformas de lanzamiento de misiles intercontinentales. Mientras que los soviéticos sostenían, con aparente sentido común, que los ABM eran armas defensivas por naturaleza, los norteamericanos argumentaban que, en la medida en la que su objetivo final era proteger a la población de las ciudades contra las amenazas de represalias, reforzaban el poderío del agresor eventual y debían ser consideradas como armas ofensivas. En aquella época, los dos bandos basaban su seguridad en la doctrina MAD (mutual assured destruction), según la cual, su destrucción mutua debía estar asegurada en caso de guerra nuclear. "Era una de esas teorías", escribía Henry Kissinger en sus memorias, "que impresionan cuando se las expone en una universidad, pero que no le sirven de nada a un responsable político a la hora de enfrentarse a la realidad".

Parece ser que los dirigentes norteamericanos han abandonado dicha doctrina, puesto que, como recordaba recientemente Michel Tatu, el secretario de Estado para la Defensa, Kaspar Weinberger, declara preferir en la actualidad la "protección asegurada" a la clásica "destrucción asegurada". Son ahora los soviéticos los que sostienen, a su vez, que los antimisiles norteamericanos tienen en realidad carácter ofensivo, en la medida en la que con ellos se pretende "privar a la otra parte de su capacidad de resistencia", tal y como declaraba el año pasado Andropov en respuesta al discurso de Reagan.

Para zanjar esta disputa bizantina, nada más tentador que darle la razón al general John Storrie, uno de los principales especialistas norteamericanos en la materia, según el cual la frontera entre Ia estrategia defensiva y la ofensiva" es muy "estrecha".

En la época dorada de la distensión, Breznev y Nixon firmaron en Moscú, el 26 de mayo de 1972, al mismo tiempo que un convenio provisional sobre "determinadas medidas relacionadas con la limitación de las armas estratégicas ofensivas" -en otras palabras, el primer acuerdo SALT-, un tratado sobre la Iimitación, de los sistemas de misiles balísticos". Ambos se comprometían a concentrar sus ABM -100 como máximo por cada una de las dos superpotencias- en dos únicos emplazamientos. Esta cifra se rebajó a uno en el protocolo -anexo del 3 de julio de 1974. Al año siguiente, el Gobierno de Washington decidió renunciar unilateralmente a la instalación de la red que tenía programada gracias a las presiones de un Congreso al que la guerra de Vietnam había tornado antimilitarista.

Técnicas de láser

No obstante, el tratado ABM se limitaba a prohibir las armas provistas de, cabezas nucleares. Por consiguiente, ambos bandos prosiguieron sus investigaciones en lo referente a los antimisiles no nucleares. Dichas investigaciones desembocaron, el pasado 10 de junio, en un importante éxito para los norteamericanos: un misil balístico fue interceptado por un ABM desprovisto de todo explosivo. Bastó que se encontrara con el misil para que éste se desintegrara. Fue tal la precisión del impacto, que el ABM dio en el blanco con su parte central, sin que tuvieran que intervenir las enormes varillas con que iba equipado con el fin de abatir, por así decirlo, a su presa.

En el Caso de que se apruebe el programa SDI anunciado por Reagan el año pasado, el ABM al que nos acabamos de referir sólo tendría que intervenir en última instancia, es decir, en caso de no haber podido destruir antes el misil que se pretende interceptar. Con el fin de conseguir la máxima seguridad, se prevé, en efecto, que el proyecto conste de múltiples capas (multilaver). Una primera capa (o pantalla) debe intervenir en el momento mismo en el que se lanza el misil, al que se puede detectar antes incluso de que emprenda el vuelo gracias a la considerable cantidad de calor que emite al ser disparado: a partir de ese momento se dispone de 450 segundos para interceptarlo antes de que libere, al abandonar la atmósfera, las ojivas nucleares múltiples de que está provisto. En caso de que esta primera fase no dé resultado, habrá que encargarse de las ojivas mismas, entre las cuales, sin duda, el atacante habrá mezclado un gran número de señuelos. A tal efecto, se prevé la instalación en el espacio de dos pantallas de interceptación, la cuarta y última de las cuales consistiría en el ABM que se ensayó el 10 de junio y al que ya nos hemos referido.

Dada la extremada rapidez que debe tener la respuesta, los medios de destrucción previstos deberán basarse en la técnica del láser, cuya velocidad es, por definición, la de la luz. Se han establecido dos fórmulas generales: 1) un rayo emitido desde el suelo, que deberá reflejar y dirigir hacia el blanco un espejo estacionado en órbita; 2) unas estaciones espaciales, de las que partirían unas emisiones de rayos láser, bien químicas, producidas por la combustión espontánea del hidrógeno y del flúor, o bien de rayos X, procedentes de pequeñas explosiones nucleares.

Aparte de la fórmula del láser, los norteamericanos se plantean asimismo utilizar haces, de partículas capaces de desorganizar los sistemas electrónicos de los misiles enemigos e incluso de destruir su carga nuclear o sus reservas de carburante. Por último, se han seleccionado cuatro tipos de misiles -incluidos reclamos de misiles lanzados desde un satélite puercoespín- y tres tipos de estaciones de localización, dado que la diversificación parece ser la clave de la máxima fiabilidad.

Ninguna de estas armas está lista para ser utilizada. Todavía hace falta un importante progreso técnico: "Se nos pide", declara Jack Ruina, profesor del MIT entrevistado por Time, "que pasemos de la era de la cometa a la del Boeing-747". Por consiguiente, la puesta en funcionamiento de dicho sistema se tardará, en el mejor de los casos, largo tiempo -por lo menos unos 15 años- y costará una fortuna: algunos hablan ya de un billón de dólares, cifra que supera la deuda total del Tercer Mundo, a la que Occidente no ha, sabido hacer frente hasta ahora.

¿Cabe esperar, por el hecho de que los nuevos antimisiles de la guerra de las galaxias costarán una fortuna, que van a resultar eficaces? Para Walter Mondale las cosas están muy claras: se trata de un pésimo cuento de hadas.

Según E. P. Velikhov, la guerra de las galaxias es "un sueño que no puede hacerse realidad". Para que el rayo láser llegue a convertirse en un arma antimisil eficaz haría falta, según Velikhov, multiplicar su potencia actual por 10 millones. Por su parte, la emisión de un haz de partículas no se puede lograr sin un acelerador: existe cierto número de ellos, pero están diseminados en varios kilómetros y habrá de pasar algún tiempo antes de que se consiga convertirlos en proyectiles espaciales. Por último, en lo que se refiere a las estaciones bélicas orbitales, deberán ser capaces de localizar y destruir objetivos móviles de un metro cuadrado de diámetro en todo el planeta, puesto que los submarinos nucleares son capaces de operar sumergidos desde cualquier mar u océano.

Los dirigentes norteamericanos no comparten este escepticismo. Confían en la opinión del fisico Edward Teller inventor de la bomba de hidrógeno, para quien la decisión de desplegar un, programa de antimisiles tiene un alcance comparable a la que tomó

André Fontaine es redactor jefe de Le Monde.

La guerra fría, en el espacio

antaño Roosevelt al emprender, a petición de Einstein, la construcción de la bomba atómica. El científico manifestó el año pasado a la revista Newsweek su convicción de que dicha decisión "puede transformar la guerra fría en una paz verdadera". Al parecer, el propio Reagan ha desconfiado siempre de la estrategia de la "destrucción mutua asegurada". El general Graham, antiguo jefe de los servicios de información, le convenció, gracias al informe sobre la frontera alta que preparó en 1982 para la Fundación de la Herencia, de la eficacia de un programa de interceptación de los misiles enemigos: quizá el antiguo actor de Hollywood se haya dejado influenciar por La guerra de las galaxias y otras películas de fantasía científica militar. El caso es que ha llegado a considerar que es el único medio capaz de sacar a las negociaciones Este-Oeste del callejón sin salida en el que se encuentran.Los asesinos de satélites

En todo caso, los norteamericanos argumentan que los soviéticos están ya comprometidos en la guerra del espacio. Según el Departamento de Defensa de Washington, su programa de investigación en materia de rayos láser de alta energía es de tres a cinco veces más importante que el de Estados Unidos. Los soviéticos han instalado seis radares capaces de orientar el disparo de los antimisiles. Además, desde hace casi 15 años, han estado ensayando, con un 50% de éxito, unos 20 asesinos de satélites a los que los especialistas han dado el nombre de ASAT (anti satellite system). El secretario de Estado norteamericano para la Defensa opina que la retórica soviética sobre prohibición de actividades militares en el espacio "forma parte de una campaña propagandística de lo más virulento, puesto que ellos mismos llevan muchos años utilizando el espacio con fines militares". La utilidad del ASAT en caso de guerra es evidente: aunque las estaciones bélicas a que nos hemos . referido antes no llegaron a ponerse nunca en órbita, los milita res de las dos superpotencias han utilizado activamente el espacio y los cientos de satélites de que dísponen para los servicios de información, las comunicaciones y la localización de disparos balísticos. Puesto que Estados Unidos dispone, como es lógico, de me dios más perfeccionados que la URSS, debieran por eso mismo ser más vulnerables en el espacio. No obstante, el ASAT que han desarrollado los soviéticos, pro visto de cabeza explosiva y lanza do desde un mísil intercontinental SS-9, sólo puede alcanzar su objetivo en una órbita elíptica baja, a tan sólo un centenar de kilómetros del suelo, mientras que los objetivos norteamericanos más importantes se encuentran en una órbita geoestacionaria a 36.000 kilómetros de nuestro planeta. Estados Unidos acaba de probar, el pasado 21 de enero, su primer ASAT, el MHV (miniature homing vehicle, vehículo miniatura provisto de una cabeza exploradora). No se lanza desde el suelo, como el asesino de satélites soviético, sino desde un caza F-15. Si hemos de dar crédito al informe de la revista Autrement sobre "La bomba", el tercer piso del MHV se desplaza a una velocidad cercana a los 50.000 kilómetros por hora, suficiente para pulverizar cualquier objeto que encuentre en su camino, lo que le permite no desperdiciar ninguna carga explosiva.

El fracaso de la diplomacia

A finales de la década pasada, las dos superpotencias intentaron negociar un tratado de desmilitarización del espacio que debía ampliar y precisar las disposiciones del suscrito, junto con otros 105 países, en 1967, bajo los auspicios de las Naciones Unidas, con el fin de prohibir el estacionamiento en órbita de cualquier arma de destrucción masiva. Pero la invasión de Afganistán acarreó la suspensión de las negociaciones por parte de la Casa Blanca. Desde entonces, la URSS ha hecho todo lo posible para reanudarlas. En 1981 presentó un proyecto en este sentido ante la Asamblea General de las Naciones Unidas. Andropov manifestó, a su vez, el 18 de agosto de 1983, a un grupo de senadores norteamericanos, que su país no sería el primero en poner en órbita un arma antisatélite y propuso, una vez más, la firma de un tratado entre soviéticos y nortamericanos sobre desmilitarización del espacio. El pasado mes de junio le llegó a Chernenko el turno de lanzar una propuesta de encuentro bilateral, cuya aceptación por parte de Washington le pilló desprevenido, como hemos señalado con anterioridad.

Para el Wall Street Journal, que apoya el programa de Reagan, esta aceptación forma parte de la comedia electoral, opinión que coincide, en apariencia, con la de Chernenko y sus camaradas. En efecto, según este periódico, firmar un acuerdo con Moscú al respecto no servirá de nada, tal y como lo reconocía el propio presidente en el informe que acaba de presentar ante el Congreso. Tanto es, así, que los soviéticos infringen abiertamente el tratado espacial de 1967 y el tratado ABM de 1972, a los que nos hemos referido con anterioridad. El mismo periódico señala que no existe ningún medio que permita distinguir un satélite militar de otro civil, y la ventaja de que dispone la URSS en el terreno de asesinos de satélites convierte toda congelación de las pruebas en un mal negocio para Estados Unidos.

Por consiguiente, todo parece indicar que, por el momento, Reagan no renunciará a su proyecto, más aún teniendo en cuenta que, le acuerdo con los sondeos, éste parece gozar de cierta popularidad entre la opinión pública norteamericana. A pesar de todo, no era fácil que lo acepte el Congreso: el pasado 23 de mayo, la Cámara de Representantes se declaró contraria a la prosecución de las pruebas relacionadas con el asesino de satélites por 238 votos contra 181. Por su parte, la comisión de las fuerzas armadas en el Senado criticó enérgicamente, el pasado mes,de abril, el programa de la guerra de las galaxias.

Por otra parte, menudean las advertencias, procedentes sobre todo de la comunidad científica, contra una empresa que, según las duras palabras empleadas por Gerald Smith, antiguo jefe de la delegación norteamericana en las negociaciones sobre control de armamentos, amenaza con añadir "una nueva carrera armamentista a la ya existente". Los aliados atlánticos temen, por su parte, que la puesta en funcionamiento del proyecto agrave los riesgos de desenganche entre la fortaleza norteamericana, cada vez más segura de su impunidad, y una Europa cada vez más vulnerable frente al chantaje soviético.

Los dirigentes de Washington no dejan de repetir que el sistema previsto en el proyecto permite interceptar tanto a los SS-20 como a las armas intercontinentales. En París no se comparte esta creencia y se argumenta que, dada la corta duración de la trayectoria del SS-20 y la aún más corta del SS-21, es prácticamente imposible que se puedan hacer entrar en juego las cuatro capas de interceptación que prevé el proyecto.

En una entrevista que concedió a La Croix, Claude Cheysson recordó el lamentable efecto que tuvo sobre los aliados de Francia en Europa central la construcción de la línea Maginot en los años treinta: el ministro francés de Asuntos Exteriores teme que la "línea Maginot del espacio" haga desconfiar de su protección a los aliados de Estados Unidos.

Una iniciativa francesa

Éste fue el punto de partida de la propuesta de François de la Gorce, representante de Francia en la conferencia sobre desarme de las Naciones Unidas celebra das en Ginebra el 12 de junio Consta de los siguientes puntos: 1) Prohibir las armas capaces de alcanzar a los "satélites en órbita alta cuya preservación reviste gran importancia desde el punto de vista del equilibrio estratégico", es decir, a los satélites de ob servación o de comunicación; 2 prohibir, durante un período re novable de cinco años, el despliegue y las pruebas "en el suelo, la atmósfera o el espacio", de acuer do con las palabras que utilizó Claude Cheysson en la entrevista, que concedió a La Croix, "de sis temas de armas con energía dirigida capaces de destruir misiles balísticos o satélites".

Pero ¿se puede acaso detener lo que se ha convenido en llamar el progreso, sobre todo tratándose de armamentos? Mientras existan dos bandos enfrentados, seguirá habiendo, en uno y otro, personas convencidas de que el adversario se esfuerza por conseguir la superioridad y de que el único medio de impedírselo es esforzándose por tomarle la delantera.

Los norteamericanos no tienen nada que objetar a la primera parte de la propuesta francesa, dado que los soviéticos no disponen en la actualidad de medios para alcanzar a los satélites estacionados en órbita alta. No obstante, si se aprobara la segunda, quedaría completamente bloqueado su programa de rayos láser, que, como hemos visto, desempeña un importante papel en el establecimiento de un sistema de capas múltiples de antimisiles.

No existe una seguridad al ciento por ciento

Como profano, se requiere una buena dosis de inconsciencia para pretender zanjar una controversia que enfrenta a los expertos más acreditados. No obstante, cabe exponer algunas observaciones:

1. En este momento, los especialistas norteamericanos más calificados admiten que el sistema de interceptación no puede proporcionar una seguridad al ciento por ciento. El general Scrowcroft, que dirige el grupo bipartito sobre el misil MX, estima que, como máximo, se puede esperar un 90%.

2. A Reagan le está costando mucho trabajo convencer al Congreso para que vote los presupuestos, relativamente modestos, que exige la prosecución de su fabuloso proyecto.

3. El coste de la empresa, en un mundo que se enfrenta ya con problemas de endeudamiento insolubles y que gasta un millón de dólares por minuto en armarse, amenaza con llevar a la humanidad a la ruina.

4. La rapidez con la que debe producirse la interceptación excluye toda intervención humana. Los rayos láser o los haces de partículas deberán ser accionados automáticamente por las estaciones de localización, alertadas por un calentamiento anormal. En tales condiciones, el riesgo de error parece considerable. Además, si un meteorito desintegra un satélite, ¿cómo podremos estar seguros de que el responsable no fue un misil enemigo?

En tales condiciones, se siente uno tentado de dar la razón a Charles Percy, presidente (republicano) de la Comisión de Asuntos Exteriores del Senado, cuando declara: "Ésta es una buena oportunidad para detener, antes de iniciarla, una carrera armamentista peor que la primera". Bien es cierto que en este campo hace mucho que la razón ha dejado de mandar.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 11 de agosto de 1984.

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