Editorial:
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Es responsabilidad del director, y expresa la opinión del diario sobre asuntos de actualidad nacional o internacional

El rescate de la ciencia

EL DEBATE de la ciencia y el humanismo se remonta a finales del siglo XVIII (por no remontarnos a precedentes como el de Galileo) y tiene hoy algún recrudecimiento importante. El juego de aceptación y rechazo de la ciencia como parte de la evolución externa de la especie humana ha tenido altos y bajos. Un primer movimiento de rechazo se produjo en el momento de los grandes inventos y descubrimientos, basado en la superstición clásica del robo del fuego divino, convertida en el miedo insensato a una supuesta usurpación de las funciones del Creador. Vino después una especie, de traslación religiosa de fe hacia la ciencia, en vista de las innegables ventajas de lo que se llamó el progreso; y un nuevo punto bajo, por el que atravesamos ahora, como se ha puesto de manifiesto en las cuestiones de ingeniería genética que se han debatido en un amplio simposio celebrado en Francfort (EL PAIS, 5 de junio, página 31). El declive del afecto a la ciencia comenzó con la aparición de la bomba atómica y el desarrollo de la carrera de armamentos, que nos ha llevado a la convicción de que estas aportaciones científicas han dado por primera vez posibilidades de acabar definitivamente con el mundo.No es sólo la ciencia nuclear la que ha producido el desplome de esa adoración. Está el fraude de la felicidad, que no hemos conquistado con el progreso; y esa sutilísima venganza de la naturaleza transformada, que hace que cada hallazgo vaya acompañado de contradicciones; cada ventaja, de unos valores negativos. La rama menos razonable del ecologismo insiste sobre el aspecto adverso de la cuestión, obviando sus aportáciones a la calidad de vida. Está, en fin, el miedo a la sustitución del hombre por la técnica, que en algunos casos se está demostrando -el paro tecnológico- y que probablemente se acentuará hasta que no se encuentre una mejor administración del trabajo y los beneficios.

La ingeniería genética que se debate en estos días toca lo más profundo de las supersticiones: la naturaleza del hombre y las variaciones artificiales de la especie. Hay que advertir que esta tecnología científica se encuentra todavía en sus comienzos (aunque haya conseguido al gunos resultados importantes en botánica y en zoología), que lo desconocido es infinitamente mayor todavía que lo conocido y que son más espectaculares los anticipos y el futurismo novelesco que sus realidades. Hay incluso quien cree que jamás se logrará en laboratorio la modificación de la especie humana. Los aspectos positivos que podrían tener un desarrollo de la biotécnica se centran, sobre todo, en lo que se considera una mejora de la especie: una lucha contra ciertas enfermedades llamadas de nacimiento, contra ciertas debilidades innatas o ciertas inadecuaciones al medio; en general, una relativa disminución de la parte de azar. No otra cosa se propone, en realidad, la medicina, aunque con un retraso en la acción, incluso la misma medicina preventiva. En realidad, la modificación de la especie se está produciendo todos los días, y no por razones naturales, si es que ese concepto tiene todavía algo de válido: modos de alimentación, modificaciones climáticas, presencia de las radiaciones, prolongación de la vida, hábitos sociales, intervención universal de la medicina, multiplicación de las facultades humanas por la mecánica y la electrónica... Incluso medios casi de artesanía, como la selección de las parejas o la inseminación ar tificial de semen de genios de la humanidad en mujeres físicamente perfectas, según se está haciendo en Estados Unidos...

El aspecto probablemente más inquietante del futuro de la ingeniería genética sería el de la clonación, con consecuencias hasta áliora sólo explotadas por la literatura popular, especialmente los comics. El riesgo que hace prever esa literatura es la elaboración de unas sociedades de castas impermeables, como hacen algunos insectos sociales -las hormigas, por ejemplo: la guerrera, la trabajadora, la intelectual, la de servicios...-, compuestas de individuos exactamente iguales entre sí. Algunos sistemas políticos han intentado a su manera este sistema y que se dan algunos remedos donde impera la división excesiva del traba o y la transmisión familiar de puestos, oficios y disfrutes. La reproducción clóñica repugna al instinto de la individualidad, y precisamente los genetistas están convencidos, hasta nueva orden, de que la mezcla de individualidades diferentes, produce un mejoramiento de la especie.

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En descargo de la ciencia se puede aducir que sus excesos están fomentados por la política, y que hay. en la actualidad una absoluta separación entre la mentalidad política, que sigue siendo arcaizante, y el futurismo científico: el humanismo político no suele tener en cuenta la modificación continua de posibilidades que ofrece la investigación científica. Un refuerzo de la moral real -y no de la superstición- y un trabajo de adaptación a los cambios de las verdades provisionales nos puede conducir al aprovechamiento de la infinitud de mejoras que está proponiendo la investigación científica. Y en nuestro país está siendo especialmente necesario el rescate de la ciencia ante el cuerpo social. No se trata de regresar a la Diosa Razón, ni de discutir, apoyar, rebatir o confundir las teorías religiosas o mágicas desde la argumentación de la ciencia misma. Se trata de devolver a los hombres y a la sociedad la fe en ellos mismos: la de suponer que tenemos respuestas a nuestros propios problemas, y que esa respuesta pasa por la investigación, el estudio y la dedicación científica.

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