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Tribuna:

1984

Gracias a Orwell, 1984 es una Fecha redonda, tanto como pudiera serlo el venidero y arriesgado y equívoco año 2000 que, al pensar y mal decir de los agoreros, a lo mejor ni llega. Las fechas de antemano señaladas en el calendario con un farolito brillador sirven, al menos, para dar pábulo y rienda suelta a cuanto aficionado a la futurología o la divulgación histórica haya en el país y también para inundar los diarios de tópicos domésticos y ruincillos o de meticulosos y bien ensayados juegos malabares, según se tienda al populismo o a la ciencia aplicada, que de todo hay en la botica hispánica. Por gratitud. y respeto, ahorraré al lector el unirme al ejército de los examinadores de las virtudes que enseña Orwell en el oficio, atribuido que no real, de profeta, ya que en realidad lo que me sorprende es menos lo que pueda depararnos este 1984 que el hecho en sí de que hayamos llegado vivos al presente año del Señor.De repente, toda aquella solemne retórica lejana en la que unos señores que caen simpáticos, teutones o británicos por lo común, anuncian el Apocalipsis, ha sido trocada en comidilla cotidiana, y pasto pequeño burgués. El milagro debe cargarse en la cuenta de os yanquis que, por una vez, renunciaron a la vulgarización de los efectos de la guerra a la que nos tenían tan acostumbrados y sustituyeron el fuego real por una terrible película que oculta, tras su barn de moralina, una verdadera carga de desmoralización. Todos hemos visto ya The Day after, porque todos teníamos en algún rincón de la sesera (o de la conciencia) el espectáculo del caos. La película se limita a convertir el Juicio Final en algo que va a suceder la semana que viene o quizá mañana mismo. El año 1984, que ahora arranca a andar, es, pues, una sorpresa mantenida.

La oportunidad de la concesión del Premio Nobel a Golding fue manifiesta. Golding se hizo famoso reflejando uno de esos quebradizos trances en los que los débiles prejuicios capaces de sujetar y hacer posible la convivencia según pautas conocidas saltan, de repente, en pedazos. El señor de las moscas podría ser 1984, pero no el 1984 de Orwell, con la magnimización o última pirueta del contrato social lleva do a sus postreros términos, sino el que hubiera podido imaginar Hobbes de haberse arriesgado a presentar el estado de naturaleza en forma de novela. 1984 puede mostrarnos la situación límite del día después de que todo haya terminado, cuando los hombrecillos ocultos en el sótano que fue capaz de frenar el tifón de la explosión nuclear, pero que resultó inútil para dar marcha atrás al curso de la historia, comienzan a darse cuenta de que hubiera sido mejor consumirse en una llama rada. Lo que sucedería entonces ha sido ya anticipado en mil versiones que, hace unos años, se consideraban literatura fantástica y no útil vademécum de supervivencia. Sabemos ya que, sucesivamente y por su orden, nos asaremos en el horno nuclear, nos helaremos sin el socorro del sol y nos freiremos bajo la lluvia radiactiva. Quienes resulten adecuados para salvarse pese a todo, ya no serán ni norteamericanos ni soviéticos y ni siquiera ordenados y puntuales suizos dispuestos a invertir sus cuartos en el negocio de la supervivencia. Los que queden serán no más que los tristes homúnculos de una simple rama de la especie homo sapiens, quizá mutando a marchas forzadas por el bombardeo nuclear sobre las células y empeñados una vez más en la lucha por su adaptación a la vida entre los glaciares.

Y la sociedad, ¿qué será de ella? Las contrautopías de Orwell o de Huxley nunca contaron, en sus previsiones, con la terrible posibilidad de convertirse en alternativas -quizá por algunos deseables- ante la amenaza de la hecatombe última, del definitivo holocausto. Al fin y al cabo puede pensarse que es mejor para nuestra dignidad el emprender una lucha ciega contra el sistema que el volver a un canibalismo nada ritual. Aunque semejante sueño pudiera resultar de un optimismo desmedido, yo preferiría mantener la esperanza de que los arsenales consiguieran destruirse recíprocamente, al menos en parte considerable, dejando el futuro del mundo a los polinesios, pongo por caso, o a quienes -blancos o negros- aún creen en la vida.

Si dejamos a un lado la ciencia ficción y sus aventuras e intentamos ceñirnos a los datos empíricos y fiables con los que contamos, la verdadera alternativa puede resultar siendo muy análoga a la de hoy mismo, salvo la presencia de la muerte, la destrucción y el caos, mientras las cabezas siguen pensando iguales lucubraciones y según los mismos esquemas. A lo que me cuentan, el mayor refugio nuclear del mundo se ha construido en Sonnenberg, en Suiza, y en él se da cabida a un banco, a una maternidad y a una cárcel, como elocuente expresión de cuáles han de ser las instituciones en las que se basará la supervivencia. Quizá de esa forma se evite el 1984 de Orwell o, mejor dicho, se aplace en 100 o 200 o 300 años. Puede ser que la razón no la tenga Golding, y en todo caso, siempre será preferible que no haya un día después.

Copyright Camilo José Cela. 1984.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 31 de diciembre de 1983

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