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La nueva realidad / 1

A pesar de que estamos viviendo la mayor transición de la historia -señala el autor de este trabajo-, en la sociedad contemporánea se siguen encarando los problemas con unos términos que ya no corresponden a la realidad. Hay, por tanto, que decir la verdad y buscar soluciones imaginativas, ya que la ola de automatización y la de la informática aplicada determinan unos cambios implacables que será preciso prever.

En estos últimos meses he tenido ocasión de asistir a reuniones en varios países, de muy distintas características, y conversar con personas de gobierno, de organismos internacionales, de instituciones de investigación y prospectiva... Y he llegado a la conclusión, que puede aplicarse a nuestro país, de que los problemas se encaran y describen en unos términos que han dejado de corresponder a la realidad. Además -lo que es peor sociológicamente- se suelen fundar promesas y previsiones en unas tendencias que nada se asemejan, a las que, con extraordinario ímpetu, han irrumpido en el escenario mundial hace unos años.En todos los países los dirigentes se preguntan qué hacer, porque se hallan ante un cuadro muy distinto al que ha caracterizado los últimos lustros y no les sirven las respuestas que se han venido utilizando hasta ahora. Hace muy pocos días la Prensa reproducía en forma destacada la aseveración del profesor Víctor Urquidi, presidente del colegio de México, que figura en su informe sobre la economía global: "Vivimos en un planeta descoyuntado que se basa en conceptos económicos que no tienen nada que ver con la realidad presente". En un momento en que todas las relaciones e interferencias cruzadas de los distintos subsistemas pueden ser tenidas en cuenta, se siguen tomando en muchos casos decisiones en los diferentes sector es de la actividad ejecutiva, incluso a nivel de Estado, con los mismos recursos de organización y administración que hace 30 o 40 años.

Estamos viviendo la mayor transición de la historia, la que conlleva más cambios conceptuales y de todo orden. Y, sin embargo, seguimos aferrados a enfoques y soluciones ya periclitados. Nos ceñimos excesivamente a las cuestiones más urgentes -apla zando siempre la consideración de las importantes- y relativas a nuestra área geográfica. Seguimos creyendo que el ombligo del mundo está todavía donde estaba, sin apercibirnos de desplazamientos colosales. Exageramos a menudo las virtudes que concurren en Europa y, en cambio, creemos ingenuamente que el Pacífico es un océano surcado de islas paradisiacas donde se cantan y bailan exóticas melodías al son del luquelele.

Palmario error

Creo que se equivocan quienes piensan que decir palmariamente la verdad sobre la situación presente y sobre las perspectivas que razonablemente, pueden establecerse conllevaría tan grave desconcierto en el tejido social y dañaría en particular de tal modo las expectativas de la juventud, que es mejor mantener la desarmonía actual, esperando que se halle remedio o que "las aguas vuelvan a sus cauces". Las aguas no volverán a cauces que han abandonado para siempre y, como decía Ortega, la realidad se vengará si no se la reconoce y respeta. Hay que hallar, pues, el remedio; hay que buscar soluciones imaginativas, que no se encuentran, desde luego, en el cuerpo doctrinal socioeconómico que manejan algunos afamados oráculos, quienes, a veces pretenciosamente, se limitan a repetir, con nuevas palabras, recetas obsoletas. La cura de este mal no se halla en prontuarios. Es necesaria una auténtica revolución conceptual... que se inicia en el mismo momento en que, con gran coraje y lucidez, se toma la decisión de desmarcarse, de plantear en otro espacio y con otro lenguaje el estado actual de la situación y su proyección más probable. El valor -¡y el valer!- consisten, sencillamente, en decir la verdad, en relatar las cosas tal como son y no tal como deberían ser para que se acompasen a una ideología o programas electorales determinados. Aunque pueda parecer paradójico, considero que sólo moviéndonos en el campo de la certeza y no de la ficción se despertará la ilusión de las jóvenes generaciones, que responderán al desafío con todo su potencial de energía y originalidad.

¿Qué destaca en este nuevo escenario; qué es lo que en tan pocas décadas se ha modificado de manera más aparatosa? Y, sobre todo, ¿qué es lo que, aun no estando en el escenario todavía, puede detectarse que va a aparecer y a asumir protagonismo en un próximo futuro? En primer lugar, la sustitución del hombre por la máquina en las últimas décadas, que no sólo ha desplazado a muchas personas del ejercicio de funciones manuales, generando desempleados no cualificados ni, en muchas ocasiones, cualificables, sino que ha situado en el consumo y no en la producción el centro de gravedad de toda la cuestión.

Este proceso, tanto más doloroso cuanto -por razones de formación o de edad- más irreversible, no se ha sabido atemperar a las condiciones o circunstancias individuales. Con muy pocas excepciones -importantes sectores industriales de Japón, por ejemplo- la actividad industrial o agrícola ha atendido exclusivamente al rendimiento, sin tener en cuenta si los brazos eran de carne y hueso o metálicos. A través de los enfoques tradicionales se pretende restablecer el esquema clásico de producción y consumo, sin darse cuenta de que muchos productores son ingenios mecánicos y que lo único relevante socialmente es el consumo para el bienestar, y no la producción rutinaria y convencional. Todo consiste en que el centro de gravedad se ha desplazado de la fuerza física (braceros) a la fuerza intelectual. Hoy es de la incorporación de cerebros, de la disponibilidad de fuerza creadora, de la que depende el éxito de cualquier empresa.

El hombre, sustituido

El productor-creador es el único que no desaparecerá, el que se emplea en aquellas funciones que requieren, en un inmenso gradiente de complejidad, la adopción de decisiones, la incidencia de la personalidad, de las potestades que caracterizan y distinguen a la condición humana. En todo lo otro, en todo absolutamente, el hombre será sustituido por una tecnología progresivamente eficiente. El progreso científico y técnico situará al hombre -al exonerarle del trabajo de rutina y facilitarle la comunicación, información y dominio de su entorno- ante el reto de poner plenamente de manifiesto su capacidad creativa, es decir, le situará ante sí mismo.

Pienso que todo esto es lo que hay que saber decir y sobre lo que hay que reflexionar. No debería ocultarse, y entramos ahora en el segundo punto de esta revisión panorámica, que cuando aún estamos adaptándonos a duras penas -adaptarse a algo es una forma de solución- a la dislocación padecida por la ola de la automatización, tenemos a la puerta otra más arrolladora, la de la informática aplicada, que invadirá muchas plazas de un personal más cualificado que el de la ola anterior, aunque, por fortuna, más cualificable en general, incrementando de inmediato las cifras de desempleo, siempre que no tenga lugar, haciendo uso de la reciente experiencia adquirida con la mecanización, un escalonamiento bien regulado del proceso, de tal modo que se favorezcan simultáneamente la reformación profesional y la conformación sin traumas de un marco de coordenadas socioculturales totalmente nuevas y, desde el punto de vista de la dignidad humana, mucho mejores.

Se incorpora aquí otro aspecto que quería abordar y que considero que, unido a los efectos producidos (o a producirse en breve plazo) por la automatización y la informática, configura primordialmente el horizonte actual: el tiempo, los años de período productivo y las horas semanales de una actividad que cada vez se medirá menos -salvo en obvios casos- por el reloj, y más por los resultados. En efecto, junto a la jubilación progresivamente anticipada -que debería llevarse a cabo en dos etapas- está la prolongación de la tercera edad, gracias a los recursos sanitarios, tanto preventivos como terapéuticos, disponibles. Si se suma a la disminución del horario laboral y a la más tardía incorporación al mundo del trabajo por la deseable extensión generalizada del período educativo inicial, resulta que en conjunto el tiempo de trabajo u ocupación remunerada disminuye muy notablemente en relación al tiempo libre, de tal manera que la carga social indirecta por hora de trabajo alcanza límites totalmente fuera de escala en el esquema actual. Es necesario, en consecuencia, acercarse a la realidad y procurar el replanteamiento del sistema productivo y las relaciones laborales; la redefinición de empresario, empresario de la nueva empresa, redefinición de la acepción de eficiencia y competencia personal, de productividad. Esta redefinición conceptual es absolutamente imprescindible para el establecimiento de un nuevo marco de convivencia, en el que no podemos seguir utilizando términos y contenidos que fueron apropiados en su momento, pero que hoy día no sólo son inadecuados, sino que conducen con frecuencia a desvirtuar el sentido de la situación presente y hacer imposible la elaboración de nuevas fórmulas. Si, en este contexto, se concluye que hay que trabajar menos horas y años para que trabajen más personas, haciendo más cortos los períodos de desempleo y favoreciendo la incorporación al mundo del trabajo, está claro que no se puede pretender, simultáneamente, incrementar los niveles retributivos. Planteando estos problemas con realismo, no sólo se ganará en credibilidad, sino que todos nos sentiremos llamados a colaborar en el establecimiento de las nuevas orientaciones, que requerirán mucha capacidad innovadora, muchos conocimientos y, sobre todo, un considerable desprendimiento.

Iniciativa privada

Es en la capacidad de iniciativa privada de todos los ciudadanos donde se halla la solución. Salvo para cuestiones de muy excepcionales naturaleza o magnitud, es preciso alejarnos tan rápidamente como sea posible del Estado-nodriza. En otro caso, poco a poco, el Estado es el único punto de referencia, lo que le resta eficacia como árbitro y le convierte paulatinamente, a medida que declina la iniciativa de nuevas empresas ciudadanas, en el responsable máximo y exclusivo, en el otorgador distante, en el totalitario. Ahora ya no se trata de ir unos contra otros, sino de ir todos juntos, con el Estado solamente como supervisor: esta es la visión utópica, que se transformará en realidad.

Está claro: junto a la libertad, premisa insustituible para cualquier otra acción, para cualquier solución que sea acorde con la identidad del hombre, es en la solidaridad nacional e internacional, en su incorporación real a la solución de los problemas que acosan a la humanidad en nuestros días, en donde radica la clave del presente y del futuro. La solidaridad -como se indica en el VIII plan de desarrollo francés- "será la consecuencia de una sabia decisión o vendrá impuesta por los hechos". Sería formidable que la civilización del amor, preconizada hace tantos siglos, fuera una realidad, gracias precisamente a razones de orden material que hasta ahora la habían hecho dolorosamente inviable.&&

Federico Mayor Zaragoza es catedrático de Universidad y ex ministro de Educación y Ciencia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del miércoles, 07 de diciembre de 1983.

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