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El luteranismo y nosotros

¿En qué sentido puede seguir o sigue, de hecho, siendo importante y estando vivo o mostrándose relevante un mensaje como el luterano 400 años después de la Reforma? Y, obviamente, me refiero a su vigencia cultural y no específicamente religiosa, a los valores de ese mensaje que pueden, o quizá deben, ser integrados a nuestro modo de ser hombres o que nos ayudarán a serlo: la negación de la salvación del hombre por las obras, la negación de una conciencia segura que no hace cuenta de los límites de la condición humana y de todo lo que es humano y la negación de la sublimación de la historia de los hombres construida sobre la violencia.En el primer aspecto, luteranismo significa una concepción del hombre como valioso en sí mismo y que no puede ser definido ni justificado por sus obras. Esto es, por ejemplo, por su rendimiento económico y su capacidad de consumo, que son los dos elementos por los que se define un hombre en nuestra sociedad industrial, y cuya carencia, por tanto, significa pura y simplemente el no ser hombre. Y no es hombre; en efecto, el demasiado joven, que aún no tiene certificado de sus obras -la medida de su eventual rendimiento-, ni de su capacidad de consumo; ni el viejo, incapaz de ambas cosas; ni el enfermo, el handicapé o el marginado. Exactamente como no se es hombre cabal, en todo caso, si no se está en condiciones de mostrar los diplomas del éxito y el triunfo o las pruebas de que uno se ha hecho a sí mismo.

En el segundo aspecto, luteranismo significa que el hombre debe aceptar los límites de la condición y de la existencia, humanas y destruir todas las engañosas esperanzas en las salvaciones de sí mismo que puedan prometerle la ciencia, las ideologías, los credos políticos y sus praxis, o las transformaciones económicas y sociales, o las religiones que brindan garantías absolutas; pero que, sobre todo, debe destruir su seguridad en sí mismo, que, como Narciso, se revela ahora de modo muy específico en la complacencia en el poder tecnológico y en todas las otras autosatisfacciones que arrancan a ese hombre el sentido de su finitud y sus limitaciones.

En el tercer aspecto, luteranismo significa no sólo el rechazo de toda complicidad en una historia que está montada sobre lo excrementicio, esto es, sobre la violencia del poder y del dinero. O, para decirlo con una imagen de El Bosco que Lutero también utiliza, una histori.a que es un infierno por el cual pasamos a través del aparato digestivo del diablo. Luteranismo significa también que se rechaza la sublimación o justificación, de esa historia.

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Lo que Lutero veía de especificamente satánico en la institución del poder -refiriéndose al papado medieval, porque era la institución de poder que mejor conocía, pero haciendo de ella un arquetipo de lo que sería el poder de los tiempos modernos- era que trataba de sublimar, espiritualizar e ideologizar el estiércol y la analidad de la civilización y de la historia, siendo, como son, símbolos de la muerte.

Lutero no es una mente moderna ni progresista, sino que habita en él el sentimiento medieval de que el mundo envejece y se hace cada vez peor, hasta que acabe en "una lluvia de inmundicias", puesto que es el reino del diablo. Y nadie podrá negar genialidad a una imagen como ésta que parece definir un tipo de civilización como la nuestra, en la que el dinero se transmuta cada día en heces: detritus, polución y, al final, la basura atómica.

Lutero cree que este fin apocalíptico es inevitable, y seguramente está aquí el gran handicap de su pensamiento; pero éste se torna lucidísimo cuando exige que no se sublime todo ese horror y que se llamen, por el contrario, las cosas por su nombre: estiércol, a las construcciones del poder y del dinero y su violencia esencial.

Pero luteranismo significa también, en fin, hacer cuenta en esta sociedad de masas de la individualidad de cada hombre. Este énfasis sobre la individualidad y la apuesta de cada hombre en su interior ha marcado la cultura protestante. Sus pintores, desde Durero a Rembrandr, han sido pintores de retratos esencialmente; el yo es el protagonista de los oratorios y las corales, y las relaciones tensas y dramáticas del individuo con la sociedad son el marchamo de la literatura: Bertold Brecht y Pontoppidarn, Lagérkvist o el mismo Laxness. Y alineemos los nombres de Dreyer o Bergman, en el cine, antes de aludir a la apuesta radical de la existencia en un hombre que resume del modo más redondo todo ese espiritu: Sóren Kierkegaard, que significa tanto y tantas cosas no sólo en el ámbito de la teología o de la filosofia. Él también fue el primero que, al borde de las nuevas sociedades de masas en gran parte regidas por los media, sospechó que eso equivaldría a la muerte de toda cultura y a que la necedad compartida y sublimada de los muchos terminara por ser lo único relevante en ellas.

Más allá o más acá, o al margen del específico mensaje religioso, pero precisamente porqueese mensaje está detrás, luteranismo significa, efectivamente, todo esto que vengo diciendo, porque es cristianismo, aunque se haga de él una lectura necesariamente secular en este concreto momento. Y quizá no haya muchos para decir con alguna seriedad que no nos importen en él esas propuestas.

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