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Daguerrotipos

La dicha de ser Miguel Boyer

Nuestro héroe, hijo de -un prócer republicano en el exilio, había nacido en 19.39 en San Juan de Luz, una especie de Tánger para señoritos azañistas emparedados por el fascismo. Vino al mundo y de momento no pasó nada. Sólo empezó la segunda guerra mundial mientras allá abajo, en las calles de Jerez, el infante Ruiz Mateos ganaba el primer dinero jugando a la taba. Cuando su padre, dentro de la elegancia regeneracionista, tuvo a bien dar por terminada su temporada de destierro, regresó a España con las maletas de cuero y Miguelito quedó matriculado en un centro de estudios, con arreglo al perfume que le envolvía. Entonces sólo era un chico francés que estudiaba el bachillerato francés en el Liceo Francés.

En aquel tiempo, Michel Boyer, como su propio nombre indica, era un chico francés que estudiaba el bachillerato francés en el Liceo Francés de la calle del Marqués de la Enseñada. En Madrid, la berza acababa de sustituir al boniato, los padres prefectos llevaban un tomate en el calcetín, en los tranvías jardineros reinaban los caballeros mutilados, la clase media rezaba el rosario sobre el brasero de picón y en los colegios de pago los alumnos pobres entraban por la puerta falsa.La cultura era un plato de gachas servido por los curas y no había forma de zafarse si uno no pertenecía a la burguesía ilustrada, rica, moralmente derrotada y liberal, en cuyo caso se empaquetaba a las criaturas en unos pantalones bombachos con calcetines de rombos y se las mandaba al Colegio Estudio, al Instituto Alemán o al Liceo Francés, según la tonalidad agnóstica de cada familia. Nuestro héroe, hijo de un prócer republicano en el exilio, había nacido en 1939 en San Juan de Luz, una especie de Tánger para señoritos azañistas empareda dos por el fascismo. Vino al mundo y de momento no pasó nada. Sólo empezó la segunda guerra mundial mientras allá abajo, en las calles de Jerez, el infante Ruiz-Mateos ganaba el primer dinero jugando a la taba. Cuando su padre, dentro de la elegancia regeneracionista, tuvo a bien dar por terminada su temporada de destierro, regresó a España con las maletas de cuero y Miguelito quedó matriculado en un centro de estudios con arreglo al perfume que le envolvía. Entonces sólo era un chico francés que estudiaba el bachillerato francés en el Liceo Francés.

-Est-ce-que Michel est ici?

-Qui l'apelle?

-Je suis Hélène.

-Un momento. Miguel, que te llaman por teléfono.

-¿Quién es?

-Tu novia.

La señorita Arnedo, adolescente calcetinera con olor a lapicero Faber, era una compañera no sólo de aula en el Liceo, sino de clase, o sea, también venía de gente guapa, con dinero refinado por la cultura, y bajo la rebeca de angorina había abierto su tierno corazón a la vida entre soperas de plata y severos tomos encuadernados en piel. A esta hija de la escritora Elena Soriano le gustaba aquel muchacho tímido, dulce, empollón de orla, que la miraba por el rabillo con cara de rubito sabihondo, aquel jovenzuelo de franela, que por parte de madre descendía del político Amós Salvador, prohombre de la monarquía, con un injerto de Sainz de Vicuña, divisa verde y oro. Estaban hechos el uno para el otro, y ambos comenzaron a pasear el cartapacio escolar bajo las acacias en flor. Fueron unos novios con el primer toque de modernidad. Otros compañeros llevaban a su chica a un descampado o hacían espeleología en las últimas butacas de los cines. En aquella época las parejas, incluso las más nobles, se arremetían en la oscuridad del portal femenino junto al cubo de la basura y después de la refriega el caballerete, nunca victorioso, se despedía galantemente al pie del ascensor con los mofletes encendidos. A ellos no les sucedía eso.

La familia dejaba que estos chicos se vieran en casa, como pasaba en Europa, y así, mientras el resto de la pandilla buscaba un cobertizo sin goteras o practicaba el judo dentro de un Seat 600 al abrigo de un chopo en las afueras, ellos ya se amaban con civilizada desenvoltura a la sombra de la biblioteca, en el salón, se daban besitos de pichón en los entreactos del té con pastas.

No tenía que ir a Misa

 

Era el encanto de una burguesía ilustrada de la calle de Velázquez en un Madrid poblado de administrativos un poco cetrinos con una bufanda cruzada en el pecho. Encima, Miguel Boyer no tenía que ir los domingos a misa de doce y nadie le obligaba a comprar pasteles después del santo sacrificio. Algunos condiscípulos del Liceo Francés, por ejemplo, Gregorito Peces-Barba, gordito y beato, ya había oído hablar en la parroquia de que el mundo estaba lleno de pobres y a su manera trataba de remediar esa desgracia con la hucha del Domund o echando un duro a la manta del mendigo en el cancel. Miguel Boyer, ni siquiera eso. Un día Gregorito le llevó aparte a un rincón con cara de extrema gravedad.

-Tengo que darte una mala noticia.

-Dime.

-En España, además de pobres, hay obreros.

-¿Seguro?

-Lo sé de buena tinta. Me lo ha dicho un cura amigo mío, que es muy simpático.

-Puede tratarse de una falsa alarma.

Miguel Boyer era un joven de mirada concentrada, de ceño sombreado por unas gafas de carey intelectual, que estudiaba físicas y ciencias económicas en la facultad cuando en aquel caldo de fideos había una marejadilla política con tendencia a mar gruesa. Entonces cualquier galán despierto podía llegar al socialismo por tres razones: herencia paterna, interés científico- social o ganas de llevar al cielo a los productores del sindicato vertical. En los pasillos de la universidad funcionaba la ASU en su segunda generación. En el primer momento esta asociación socialista había sido un sarpullido juvenil que se alimentaba sólo de la propia rebeldía, pero la promoción de Boyer conectó ya formalmente con el PSOE de Llopis en París.

Fue una leva de estudiantes airados, aunque con una ira al bañomaría; chicos radicales que criticaban desde la izquierda el socialismo del exilio por estar demasiado sometido a la pasta de Guy Mollet. En un congreso, Gómez Llorente había sido aplaudido por Indalecio Prieto y eso se comentaba en los corrillos con admiración. Boyer se había hecho del partido por pura coherencia cerebral. Ahora sólo faltaba la consagración, y ésta llegó en el instante de 1962 en que Franco los metió en el talego. Fueron a dar en prisión, con una bolsa de libros, Boyer con algunos amigos, Gómez Llorente con su pipa y todo. Era un toque de distinción aquella beca de seis meses, en Carabanchel, algo que daba mucha pátina. Miguel Boyer trabajaba de físico en la Junta de Energía Nuclear y quedó automáticamente expulsado del oficio mediante una carta muy galante que le mandó el jefe. En ella se hacía constar que sus ideas democráticas eran incompatibles con el tratado de los americanos. Se consideraba peligroso que un rojo jugara con átomos, con lo caros que estaban. Podía desencadenar una explosión o mandar un microfilme a los rusos con los secretos del botijo nacional dentro de la tripa de don Nicanor tocando el tambor. Cosas peores habían hecho; por ejemplo, tener como libro de cabecera las encíclicas de Juan XXIII.

El primer empleo, como economista, en el Banco de España

 

Este joven de claro talento no se arredró por ello. Desde ese momento comenzó a estudiar economía y al poco rato ya había encontrado un empleo bastante digno. ¿Se imaginan en qué empresa? No entró de contable en una tienda de electrodomésticos ni en una fábrica de hilo, sino de elegante fisiócrata en el corazón técnico del Banco de España, allí donde el dinero puro, convertido el aritmética celeste, carece de ideología. Otros chicos de su estilo, cucharitas de plata, cabezas de huevo, con un título de master colgado en la bufanda de Harvard, desde los despachos secundarios, las asesorías y los servicios de estudios de la Administración, en aquellos tiempos de la expansión desgarrada, estaban tratando de poner en claro las cuentas. Los mascarones de cada ministerio iban de cacería con abrigo verde y zapatones, se hacían retratar de carniceros junto a ciervos ensangrentados o con el zurrón rebosante de perdices rojas, pero se desmayaban ante una raíz cuadrada. En cambio, estos jóvenes exquisitos no mataban nada. Sólo montaban a caballo, sufrían la primera neurosis conyugal, jugaban a la petanca y enseñaban el interés compuesto a los nuevos ricos.

-A ver, señor ministro, ¿sabe usted qué es el punto Curnot?

-Qué quiere que le diga.

-En un régimen de monopolio las curvas de la oferta y de la demanda...

-Oiga, pare el carro.

-¿Qué pasa?

-Nada jovencito. No me dé la lata. Limítese a hacer el informe y me lo trae a la firma.

Miguel Boyer era uno de aquellos economistas que en su día ejerció el papel de psiquiatra de los capitalistas. Ellos creían que ganar dinero a espuertas resultaba un poco inmoral e incluso algunos millonarios de comunión diaria tenían mala conciencia a causa de sus beneficios brutales. Boyer tuvo que tranquilizarles con palmaditas en la espalda para que pudieran dormir. Les explicó que la economía se apoya en las matemáticas y en matemáticas no hay pecados, sino errores. Cualquier ganancia es legítima si se cumplen ciertas reglas científicas. Les quitó un peso de encima y a consecuencia de ello el señor Boada le llamó al INI. Entonces los financieros comían a dos carrillos en almuerzos de trabajo, disparaban desde la ventana sobre bandadas de letras de cambio, todo el mundo podía comprar un caniche con tarjeta de crédito, los ejecutivos se partían una pata jugando al tenis, a Franco se le iba descolgando la barbilla, los comunistas llevaban a la cárcel una ensaimada para Camacho, en los banquetes liberales se hacía una colecta para los presos y había fiesta de gases lacrimógenos todas las tardes. En esto, Juan Manuel Kindelán se rompió el cráneo al caerse del caballo en una finca de la Vera y Miguel Boyer, su segundo, le sustituyó en la jefatura del Servicio de Estudios del Instituto Nacional de Industria, y allí estaba, entre dictámenes, contándoles una vez más a los altos funcionarios del franquismo que la economía es una ciencia impecable o una técnica que hay que aplicar con rigor metodológico, cuando de pronto llegó la democracia. Ellos le querían. Los banqueros adoraban en secreto a ese muchacho tan fino y tan serio con sus gafas de intelectual francés, con el pelo ensortijado de alumno predilecto que un día podría sacarles las castañas del fuego sin dejar de llevar Le Monde bajo el brazo. ¿Pero qué había sido de aquel tío de la barba? En los congresos del PSOE, como si se tratara de un peine, Carlos Marx era subastado a la baja y Miguel Boyer ya no daba un duro por él.

Experto en economía profiláctica

 

Entre la oferta y la demanda, Miguel Boyer iba con el maletín ligeramente ideológico lleno de informes y estadísticas, haciendo de saltamontes por la política de la zona templada. Podía parecer un caprichoso. No lo era. Sólo buscaba un traje príncipe de Gales que no le tirara demasiado de sisa. Tenía razón. Él era de buena familia y no podía soportar la algarabía popular mientras pelaba una naranja sin tocarla, sólo con tenedor y cuchillo de plata. Había sido educado esmeradamente. Tampoco tenía obligación de mezclarse con ciertos aventureros del Centro Democrático. Hizo la escena del sofá y por unos meses desmayó la cabeza contra la solapa de Fernández Ordóñez. Todos le querían. ¿Qué tendrá? Cuando los socialistas, después de pasar la garlopa por su ideología, quedaron tan refinados como la tapa de una pianola, se descubrió que Boyer sólo era un técnico inconsútil, un experto en economía profiláctica. Entonces volvió con los viejos amigos, que durante su ausencia ya habían aprendido a manejar los cubiertos del pescado. Al día siguiente de la gran victoria socialista, en la sede del partido se recibió una llamada.

-¿El presidente del Gobierno?

-¿De parte de quién?

-Aquí, Dios en persona.

-Un momento. En seguida se pone.

Aquella voz meliflua, aunque tajante, que descendía sinuosamente desde un poderoso alero, le felicitó por el triunfo en las elecciones. Y a renglón seguido le insinuó la desazón que reinaba en ciertas esferas celestiales. ¿Qué se podría hacer? Eso de la economía era una cosa muy delicada, que había que tratar con finura. En medio de la conversación, el nombre de Boyer cayó del cielo empaquetado en celofán con un lazo de regalo. En efecto, Miguel Boyer lucía un talante europeo. Sin duda, estaba preparado para respetar lo esencial y tenía el coraje puritano suficiente para quitar de en medio ese engrudo tan burdo de Rumasa. Trato hecho. En aquel tiempo era el encanto de una burguesía ilustrada de la calle de Velázquez, ahora es la elegancia de una sardinada en un chiringuito de Marbella. La gente guapa, las hijas que trabajan de modelo, la dulce esposa liberada, los amores de buena sociedad, el análisis de los costos, la oferta a largo plazo, las habladurías de portera, eso no ha cambiado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 29 de octubre de 1983