Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Reportaje:

El organillo aún es el centro de la verbena madrileña

A Manuel Izquierdo le divierte el que los tres elementos básicos de la liturgia festiva madrileña nacieran a muchos kilómetros de la Puerta del Sol. "El chotis es escandinavo; el mantón, filipino, y el organillo, italiano", dice. "Lo verdaderamente oriundo", prosigue, "es la gracia con que los madrileños los hicieron suyos". Izquierdo sabe mucho de las fiestas de la Villa y de su entorno, que no en vano es su más activo organillero. La cosa empieza en mayo, con las fiestas de San Isidro, y viene a terminar a finales de septiembre, cuando el barrio de Chamartín celebra a san Miguel con pan, queso, vino y, por supuesto, mucho baile.

Son cinco largos meses en los que Madrid, desde las castizas Vistillas hasta el más abandonado suburbio de Vallecas, se fragmenta en decenas de aldeas, una por calle, que lucen guirnaldas, farolillos y banderitas. Ese casi medio año en que los ciudadanos recuperan el asfalto para el placer constituye el calendario laboral de Manuel Izquierdo.A sus 48 años, ha descubierto que lo pasa mejor divirtiendo a los demás que sumándose a la jarana colectiva. Es consciente de que adonde va se convierte en espectáculo. "La gente me rodea, me hace preguntas sobre el instrumento, me anima a seguir. Y yo, tan contento". La expectación que levanta es lógica. El organillero se toma muy en serio su trabajo y siempre lo ejecuta tocado con gorra chulapa, clavel en el ojal y pañuelo al cuello. Con su bigote de cepillo, sus gafas de gruesos cristales y un instrumento que pesa 250 kilos, todo madera y metal artesanalmente trabajados, compone un personaje recién salido de una de las zarzuelas que tanto le gustan.

La fiesta entusiasma a todos los madrileños, pero "en cuestión de gustos musicales, los barrios de la ciudad son diferentes", afirma Manuel Izquierdo. En Chamberí, Vistillas o Lavapiés, zonas castizas por excelencia, la afición prefiere chotis y mazurcas. En cambio, la parroquia de Carabanchel, Tetuán o Moratalaz se inclina por música más ligera, como tangos o pasodobles. En todas partes los primeros compases de Pichi, la canción que compusiera el maestro Alonso e interpretara Celia Gámez, provocan la inmediata reacción de un tarareo colectivo. La popularidad de esta pieza sólo es superada por el Madr¡d que Agustín Lara dedicó a Perico Chicote.

Los instrumentos que Manuel Izquierdo pasea por Madrid no son de su propiedad. Proceden del taller que Antonio Apruzzese tiene en la carrera de San Francisco. Lo de Apruzzese, nacido en la capital el 2 de mayo de 1906, merece punto y aparte. No es sólo que su taller sea el único que en el Madrid de hoy afina y repara estos planos de manubrio y graba los correspondientes rodillos, sino que él mismo es el último descendiente de los introductores en España del popular instrumento.

Instrumentos de alquiler

El organillo no es madrileño, aunque llegara a convertirse en muy poco tiempo en uno de los símbolos lúdicos de la ciudad. Nació en Italia, de donde lo trajeron, a finales del pasado siglo, los hermanos Gerardo y Luis Apruzzese. Los Apruzzese habían nacido en la localidad napolitana de Caserta, y en 1888 llegaron a Madrid para abrir una fábrica de organillos, instrumento hasta entonces desconocido por estos pagos..El heredero de aquellos napolitanos pioneros, Antonio Apruzzese, no ha podido sostener la fabricación, tanto por falta de demanda como de personal especializado. Desde hace 40 años su taller no ha producido ni un sólo piano de manubrio, pero el anciano sigue manteniendo un amplio surtido de instrumentos, que alquila a quien los solicita, y se encarga de mantener en perfecto funcionamiento los existentes. La confección de rodillos, eso sí, nunca se ha perdido. Cada uno, suele tener 10 piezas musicales y un total de 25.000 púas metálicas.

"Para tocar el organillo como Dios manda", dice Izquierdo, "no es suficiente darle vueltas a la manivela". El secreto está, según explica, en imprimir la velocidad adecuada al resorte, en saber, por ejemplo, que el chotis precisa un compás lento, mientras que el pasodoble esmás vivaz. Por eso sólo cuatro o cinco personas en Madrid pueden ostentar el muy noble título de organillero.

La llegada de la democracia a la Casa de la Villa, en 1979, cambió su vida. Eso, y también la crisis económica, que le obligó a cerrar el taller electromecánico del que vivía. Izquierdo no sabe cómo ocurrió, pero un buen día, hace de esto unos cuatro años, se vio con un organillo en una calle, dándole al manubrio. Desde entonces no ha parado. Hoy podría decirse que es el organillero oficial del Ayuntamiento de Madrid, el llamado a todos y cada uno de los actos, que la corporación organiza, sea la inauguración de una biblioteca, una recepción informal de la alcaldía o una verbena organizada por una junta municipal de distrito.

Enrique Tierno, según el músico, es uno de los artífices de la recuperación de las fiestas populares madrileñas. "Al profesor le va la marcha", sentencia. Y así, por una misteriosa combinación de crisis económica y cambio político, Manuel Izquierdo, puede afirmar hoy que vive exclusivamente de su trabajo de músico, algo más de 100 actuaciones al año.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 12 de septiembre de 1983

Más información

  • España dejó de fabricar pianos mecánicos hace décadas