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Reportaje:

El primer yate de Franco, en manos de un chatarrero

La Coruña
Fue construido con madera de roble en Kiel (República Federal de Alemania). Con él se paseó por el Támesis un alcalde de Londres; luego lo compró el marqués de Cubas, para, finalmente, ser adquirido por la Armada y puesto a disposición de, Francisco Franco. Sería el primer Azor, pero para él fue siempre Azorín. Habilitado en 1946 en un dique de los astilleros de Bazán, testigo de los importantes consejos de gobierno del veraneo en el albor de la guerra fría, cuando el régimen deshojaba el trébol de un deceso no consumado, el Azorín dejaría el lugar de honor tres años después a un navío con más garbo en la eslora y manga ancha, el nuevo Azor, para devenir con los años en servicios de guardapescas rebautizado con un código menos rumboso: PVZ-1 . Subastado en Marín, atracado actualmente en el espigón ferrolano, el Azorín tiene ahora un nuevo dueño, el industrial chatarrero Pedro Rico, que ya le ha puesto precio: "Si usted lo quiere comprar son 12 millones, ni más ni menos".

Algunos particulares y, entidades ya se han interesado por el Azor, un barco que forma parte de la pequeña historia. Al chatarrero Pedro Rico le han llamado de la Fundación Franco, pero no hay compromiso de ningún tipo: "El negocio es el negocio". Un negocio que le ocupa desde 1940 y, en el que dice que no le ha ido mal, "aunque ahora se echa en falta orden; sin orden no se trabaja". Pero no es dado Pedro Rico a inipartir doctrina cuando está por inedio una transacción: "Aquí no hay nada de política. Leímos en el Boletín Oficial del Estado que se subastaba un buque de la Armada y nos fuimos a verlo a Marín. Allí nos dimos cuenta de que era el primer Azor; nos pareció rentable la operación y nos lo llevamos después de licitar con otro".El precio de partida fue de medio millón de pesetas, pero ni Pedro Rico ni su hijo, siempre a la zaga, quieren revelar el coste final. "No le busquen las vueltas; para nosotros es un negocio más. El que pague, sea de las ideas que sea, se lo lleva". En el pliego de condiciones consta una cláusula tajante: en el barco debe ondear siempre la bandera española.

Sobre el puente, en un cajón, mustios por la intemperie, varios cuadernos de navegación y un Manual para oficial de mando. El buque presenta un aspecto limpio, y a medida que el chatarrero abre candados se van intuyendo signos de cierta suntuosidad perdida: el juego de espejos que separa la gran sala de la cocina, las cortinas de puntilla, la nobleza de las maderas... "Aquí se reunía el Caudi llo", dice Pedro Rico, "alrededor de una gran mesa de caoba. ¡Ah!, y la vajilla era de plata". El hombre no disimula su enfado, no por la vajilla o la mesa, que ya no estaban -"ni tenían por qué estar"- cuando inspeccionaron el buque antes de la subasta, sino porque echa en falta la alfombra de la sala, las lámparas, tulipas, apliques, detalles ornamentales de los camarotes y dos chinchorros (botes) situados en el puente, y que sí estaban. "También faltaba el radiotelégrafo, pero conseguimos reponerlo". Pedro Rico ha elevado un escrito al capitán general de la Zona Marítima del Cantábrico dándole cuenta de estas circunstancias. "Pero el barco está bien, eh; vino remolcado desde Marín, pero podría llegar por sus propios medios".

Linterna en mano, Pedro Rico muestra los camarotes, habilitados para unas 25 personas, por riguroso orden jerárquico: "Aquí, la guardia; aquí, la hija; aquí, doña Carmen, y aquí, por fin, el Caudillo". El Azorin, con 5,65 metros de manga y 31 de eslora, resulta asombrosamente espacioso para lo que son sus magnitudes. Entre los camarotes de la hija y de la esposa de Franco, una bañera suntuosa. En todos los cuartos, armarios de madera, alguno lleno de cartas de navegación. Las fundas de las camas son en algún caso de cuero, pero por doquier prevalecen los tintes desmayados, como en un pazo en decadencia. En el camarote en el que el chatarrero ubica al Franco de los cuarenta, un escritorio de frente ondulado y chapeado por los laterales en mármol. Sobre el mueble, a mano, varios enchufes: "Aquí colocaba el Caudillo sus aparatos", remacha Pedro Rico con la minuciosidad de un guía de museo.

Leyendas varias

Alrededor de los barcos de Franco, como en otras de sus cosas, también se tejieron leyendas. El mismo Pedro Rico parece confundir fuentes al decir que "este barco fue un regalo de Hitler". Pero hay una incógnita aún no resuelta: ¿pintó o no pintó marinas en el interior del Azor el artista gallego Urbano Lugrís?, y, si las pintó, ¿en cuál de los azores? Urbano Lugrís, bohemio, excéntrico, nada franquista, tan desconocido como extraordinario artista, se vio forzado, al parecer, a ilustrar con su mundo subreal y marino el barco que paseaba a Franco por las rías gallegas.El 15 de octubre de 1948, también en los astilleros de Bazán, se colocaba la quilla del nuevo Azor. Apadrinado por Carmencita, la actual marquesa de Villaverde, era botado el 9 de junio de 1949. La vocación marinera de Franco, que según cuentan quiso ser marino antes que cadete de Infantería, sin conseguirlo, parece fuera de toda duda, pero ¿por qué tan pronto un nuevo Azor cuando el primero no desmerecía en apariencia?

La 'coctelera'

"Las primeras experiencias pesqueras de Franco", cuenta a EL PAIS el historiador Carlos Fernández, "fueron en un pulpeiro de siete metros propiedad de su amigo Máximo Borrell. Luego se compraría el Azorín, pero como estaba hecho para navegar por el río iba totalmente forrado de seda, y con el salitre comenzaron a producirse cortocircuitos que pusieron en alarma a los servicios de seguridad. Esto aparte de los grandes balanceos que daba, y que hacían a numerosos invitados, especialmente ministros, echar la vomitona por la borda nada más embarcar en él. Uno de ellos fue el general Muñoz Grandes, que llamaba al barco la coctelera, diciendo en una ocasión: 'Parece mentira; después de pasar tres guerras y estar combatiendo en Rusia a 40 grados bajo cero, vengo a marearme en este bicho'".Según el historiador, Carmen Polo no acompañaba de buena gana a su marido en sus navegaciones, ya que se mareaba y tenía que estar tomando constantemente pastillas de Dramamine, pasándose el día medio dormida. En algunas de sus jornadas pesqueras, las capturas de cachalotes y ballenas se eternizaban y a veces duraban más de 24 horas. En ocasiones remataban las piezas con ráfagas de ametralladora.

Ahora el Azorín está a la venta en el espigón ferrolano. Construido en roble, "tiene cuerda para otros 40 años". Enfrente, en la base de La Graña, se divisa la dinámica silueta del otro Azor, el que lo desplazó, que sigue utilizándose en travesías de representación.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 12 de septiembre de 1983

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