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Tribuna:

El olvido

El otro día, una mujer de 56 años murió atropellada en el madrileño barrio del Japón. Volvía de la compra cuando se la llevaron por delante, y debió dejar en el asfalto un reguero de los aceitosos paquetitos del mercado, un rastro de la intendencia cotidiana. No sorprende su muerte, apenas una más dentro de la matanza habitual de llanta y guardabarros, de cadáveres con marcas de neumático estampadas. Lo sorprendente es enterarse de que el barrio del Japón está cercado, que desde hace dos meses no dispone de accesos a otras tierras, que la autopista de circunvalación lo envuelve como una serpiente de aliento a gasolina.Allí viven, en casas sin agua corriente, en calles sin asfalto, asediados por los coches, sitiados por el olvido. Para ir al mercado o al colegio han de arrojarse a la autopista: no existe paso, semáforo ni puente, no existe más que el propio ingenio para salir corriendo, el riesgo de aumentar, con un atropello, la estadística.. La ciudad es así, devoradora. Cómo nos hemos descuidado tanto, hasta consentir esta tiranía de hormigón, esta derrota urbana, estas prisiones interiores. Los coches zumbando alrededor y un barrio-isla abandonado, un agujero sin comunicación, un boquete en la nada. Pasamos todos los días por allí a lomos del utilitario y les miramos, como indios en reserva o como una enjaulada muestra del homo peatonal, especie en decadencia.

El barrio del Japón es sólo un caso más: la ciudad se multiplica con escupitajos de cemento y engulle a los más débiles. ¿Cuántos ancianos hay atrapados en sus casas? Fueron envejeciendo agazapados en sus antiguos pisos mientras el olvido crecía en torno a ellos: las aceras se estrechaban, la calzada devoró los bulevares y un día, al salir del portal, quizá encontraron un scalextric ante ellos, un rugir de motores que les separaba definitivamente de la acera de enfrente, de la taberna a la que solían ir, de la tienda de fiambres, de la casa de Pepita.

-Pepita, hija, es que con el reúma que tengo y lo mal que camino, esto de cruzar la calle me da miedo.

Son los prisioneros del progreso y se asoman al borde de la acera, temerosos, extranjeros en su propia ciudad, con un seco sabor a asfalto en la garganta.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 5 de junio de 1983