Tensión y agresividad marcaran las elecciones anticipadas británicas el próximo 9 de junio

Las elecciones generales que tendrán lugar el próximo 9 de junio en el Reino Unido son posiblemente las más importantes que se celebran en este país desde hace varias décadas, no sólo porque los británicos tienen que elegir entre dos programas políticos completamente antagónicos, sino también porque su elección tendrá una inmediata y profunda repercusión en Europa.
"Ni los más viejos del lugar recuerdan unas elecciones como éstas", comentaba el diario progresista The Guardian el pasado martes. Ciertamente, éstas son unas elecciones atípicas, llenas de tensión y agresividad, en un país en el que la tradición -y la habilidad- consiste precisamente en no experimentar ni propugnar cambios bruscos. El Reino Unido ha sido un ejemplo académico de sistema bipartidista (Partido Conservador y Partido Laborista) con alternancia en el poder y programas diferentes, pero no radicales.Cuatro años en el poder de Margaret Thatcher parecen haber hecho peligrar esta tradición. Cuando los británicos acudan esta vez a las urnas habrán tenido que decidir entre tres opciones: las dos clásicas, más radicalizadas que nunca, y una tercera, la alianza de los socialdemócratas y liberales, que se presenta precisamente como la única fuerza capaz de moderar los extremos y garantizar al Reino Unido una travesía sin sobresaltos en los cinco próximos años.
Todavía no ha empezado oficialmente la campaña y ya se adivina, además, que este año tories y laboristas están dispuestos a utilizar baterías de grueso calibre: "amenazas, calumnias y mentiras", son la base de la campaña conservadora, según el líder laborista Michael Foot. "Locuras, un compló para cambiar el fundamento de nuestra sociedad", es lo que ofrecen los laboristas, según el ministro del Interior, William Whitelaw. Nadie da un respiro, y ambos partidos presentan una victoria del enemigo como una catástrofe sin precedentes para el país.
Margaret Thatcher y su partido van a intentar, a todas luces, centrar la campaña sobre temas de defensa, mientras que los laboristas harán hincapié en los económicos. A su favor tienen 3,5 millones de parados y una crisis industrial sin precedentes. Frente a estos datos, la primera ministra no se arredra. Son los propios británicos, afirma, quienes tienen en su mano la posibilidad de salir de la crisis; todo consiste en trabajar, trabajar y trabajar, y no en ir a la huelga.
Si Thatcher vuelve a ganar en solitario las elecciones, la reprivatización de empresas públicas proseguirá y la cruzada contra los sindicatos alcanzará su punto culminante. "Cinco años más de gobierno conservador", anunció Foot, van a llevar a este país a un nivel de conflictividad desconocido".
Descarnada política económica
Frente a la descarnada política económica liberal de la primera ministra, los laboristas no se limitan a ofrecer paños calientes: su programa propone una inversión pública de más de 15.000 millones de dólares (más de dos billones de pesetas), el mantenimiento de los servicios sociales y una política de reforzamiento de las empresas con capital estatal.En política exterior tampoco hay medias tintas en ambos casos. Los tories defienden la permanencia en la Comunidad Económica Europea (CEE), y los laboristas, la retirada pura y simple. Thatcher, tradicionalmente recelosa ante la casta diplomática, basa su política exterior en la amistad privilegiada de su país con Estados Unidos y en su amistad personal con Ronald Reagan. Michael Foot y los laboristas contemplan irritados la falta de diálogo con la Unión Soviética.
Entre los dos extremos se presenta la alianza dirigida por el socialdemócrata Roy Jenkins y por el liberal David Steel. Los conservadores afirman que robará votos a los laboristas, pero las encuestas demuestran que también puede arrancar votos de la derecha moderada. Su programa se parece al conservador en cuestiones de defensa y en lo relativo a la CEE (Jenkins fue presidente de la Comisión Europea) y se acerca más al laborista en el campo económico.
Su objetivo no es, obviamente, ganar las elecciones, pero sí obtener un número suficiente de diputados como para forzar un Gobierno de coalición. ¿Con quién? Con los conservadores, afirman algunos de sus portavoces, siempre que desaparezca Margaret Thatcher como primera ministra. Teóricamente podría darse el caso de que la dama de hierro ganara las elecciones (el Partido Conservador juega todo a su carta, confiando en su poder de atracción personal) y se viera luego desbancada por otro líder de su partido.
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