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Tribuna:

Figura de pasión

¿Qué puede significar en una sociedad sin referencia explícita a lo sagrado, y sin aceptación pública de la santidad de Dios, una semana tradicionalmente llamada santa? ¿Qué memoria de siglos se adentra en estos días, que traen a la conciencia aquella palabra soberana, que acallada una vez en el tiempo, sin embargo, nunca cesa? ¿Qué resuena con ella en la morada vital de los humanos y por qué sin hablar acusa, y sin humillar derrumba a la vez que enaltece al hombre hacia esa grandeza que está hecha de amor respondido, de perdón aceptado, de libertad redimida?Hay hombres que no escribieron nada, ni edificaron sobre el solar de la tierra, ni instituyeron sobre los fundamentos de la sociedad. Encendieron una esperanza o dejaron al desnudo una herida, que los humanos llevamos encubierta. Tales hombres no pueden ser olvidados, porque cada uno de nosotros, al encontrarnos con ellos, somos transportados a la tierra de nuestras raíces y a la patria de nuestras metas, es decir, a nuestra desnuda y necesaria humanidad.

Son ellos tan respetuosos que no asaltan a nadie en el camino. Se dejan encontrar por quien los sale al encuentro, responden a quien los llama, hablan a quien está añorando su voz. Tal anhelo, esperanza y llamada sólo germinan en el corazón del hombre, cuando éste ha hecho silencio en su interior castillo, ha sujetado las bestias que lo habitan y es soberano de sí mismo. Lo santo viene siempre de lejos, de aquella misteriosa lejanía, tapiada por el miedo, la angustia y la insinceridad, y que, sin embargo, nos es más íntima a nosotros que nosotros mismos. Por eso no hay se-

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Figura de pasión

es director de la cátedra de Teología Domingo de Soto en la Universidad de Salamanca.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 29 de marzo de 1983

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