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Editorial:

La China de la 'revolución pendiente'

LA CHINA de hace unos años, que vivía la revolución cultural, es hoy más bien la de la revolución pendiente, que trata, con la celebración del XII congreso del Partido Comunista, de dar una nueva carta constitucional a los esfuerzos del país por abandonar el comunismo de guerra de la pasada generación y meter a China en la carrera industrializadora de fines del siglo XX.Son varias las revoluciones rezagadas con las que trata de reconciliarse el gigante chino después de la fronda ideológica qué supusieron los años sesenta y comienzos de los setenta, en los que el famoso paso atrás para dar dos adelante de Mao se convirtió en varios pasos de lado y ninguno en dirección conocida. La primera de esas revoluciones es la del rejuvenecimiento de los cuadros, labor que, para mayor ironía, dirige desde una pasable penumbra el casi octogenario superviviente de todas las convulsiones anteriores, el insumergible Deng Xiaoping; para seguir con el inequívoco sometimiento del Ejército no ya a la línea del partido, puesto que la confusión entre las dos jerarquías venía siendo extrema, sino al poder del Estado; y finalmente, pero no por ello menos importante, la de una afirmación de la autonomía de las decisiones estatales con respecto a la fabricación teórica del partido.

El Partido Comunista Chino, que ha monopolizado el poder -y seguirá haciéndolo en el futuro, sólo que con una mayor distancia de las decisiones cotidianas del Estado- desde la victoria en la guerra civil de 1949, era la expresión de una mística revolucionaria que había derrotado uno a uno a sus adversarios en un escenario de guerras civiles, no sólo contra Jiang Jieshi (Chiang Kaichek), sino también contra los señores de la guerra y el telón de fondo de la conflagración mundial y la lucha de liberación. contra los japoneses. Ese partido había sufrido la inevitable fijación de los vencedores en el poder y la cúpula de la dirección se había convertido, sobre todo en los últimos años de Mao Zedong, en un Consejo de Ancianos. Esos ancianos, por contra, habrán de transformarse, bajo la batuta de Deng, en un reducido politburó en la penumbra que supervise el período inevitable de transición para el rejuvenecimiento.

Al mismo tieempo el Ejército que había estado admirablemnente equipado para la guerra indigente de la guerrilla tení quizá aún un sentido en los años de la guerra de Corea, y en la razzia de 1959 contra el deficiente Ejército de la Unión India, pero posiblemente hizo muy bien en abstenerse de intervenir en los setenta en la gran batalla de Vietnam, donde sus divisiones hubieran sido un tiro al blanco para la potencia de fuego, increíblemente renovada en apenas quince años, de los soldados norte americanos. Ese mismo Ejército no sería tampoco capaz de obtener una victoria significativa contra las divisiones de reserva vietnamitas en la guerra de enero de 1979, y ahí hay que trazar el comienzo de su pérdida de peso político, hábilmente utilizada por los hombres de Deng para poner al Ejército en su sitio. La milicia popular china es hoy, en los días de la guerra tecnológica, una máquina pesada, herrumbrosa e inadecuada para ejercer el papel hegemónico en el Asia al sur de la Gran Muralla; no digamos ya al norte, contra las fuerzas siberianas de Moscú. Ese Ejército, íntimamente ligado al partido por el que nació, no podía resistir la prueba de la modernización del poder sin antes acometer su modernización particular, que se supone le entretendrá unos cuantos años. Finalmente, la tercera revolución por realizar es la de la separación quirúrgica del partido ideológico y el partido estatal. No se trata tanto de dirimir una supremacía, ni mucho menos de retirar al partido de la dirección del Estado, sino de evitar la confusión entre uno y otro; de hacer que el partido comunista esté en el Estado, pero que no sea el Estado.

China quiere ser, cuanto antes mejor, un Estado como los demás, en vez de la conciencia revolucionaria del mundo; un Estado que aprenda que para tener una esfera natural de influencia ha de competir con las mismas armas que Occidente, lo que no significa que sus objetivos a medio y largo plazo tengan que ser los mismos que los de sus competidores; y, sobre todo, un Estado que ponga al país en condiciones de hacer frente en el campo del desarrollo, y por tanto, de la influencia política mundial, a la Unión Soviética, el gran enemigo histórico de Pekín. Los nuevos dirigentes saben que su capacidad para aferrarse a su pedazo de pastel en el reparto de la influencia política mundial será el mejor argumento para sostener un diálogo fructífero con Estados Unidos y negociar en su día con éxito la cicatrización de la herida de Taiwan.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 4 de septiembre de 1982