Triunfo
El caso de la revista Triunfo, que se dice que va a cerrar, tras haber pasado de semanal a mensual, me parece a mí que es un caso más (y no el menos importante) de la extinción de las ballenas antifranquistas, o sea, de todo aquello (especies naturales, intelectuales y políticas) que había hecho de la clandestinidad su épica, y de la insinuación y la reticencia, su lírica.Triunfo, Cuadernos para el Diálogo, Destino. La política internacional es una cosa que en España no importa nada, mientras no haya tela de por medio, tipo Falkland, pero Haro Tecglen hacía en cada número de Triunfo, con la política internacional, la metáfora de la nacional, en tiempos en que no podía hablarse más directamente. Muerto el difunto de muerte natural, que fue la mejor manera que se encontró de matarle, mueren con él el teatro y la novela socialrealistas, las publicaciones de la Resistencia y el populismo verticalista de Pueblo. Da risa pensar hoy que Cuadernos para el Diálogo, con la bonhomía terrenal de Pedro Altares y la bonhomía sobreterrenal de Ruiz-Giménez, era una revista de rojos. Jóvenes y briosos colaboradores de Cuadernos están hoy en la agencia Efe. Uno es que ha vivido demasiado. De la trinidad periodística que he citado, a mí sólo me llamó Destino, de Barcelona, por los buenos oficios del inencontrable (casi en todos los sentidos ya) Miguel Delibes, y por la como olfatividad natural que ha tenido uno para lo catalán, desde que era un niño de derechas un poco a la izquierda, y que va de mi fascinación Gaudí/D'Ors/Dalí/Pla/Clavé a la espiral adolescente y hacia adentro de mi sobrina Carola Mallol, nacida en la Barceloneta y crecidita -ay, crecidita- al costado de ese mar industrial que entra en las Ramblas a comprarse una novela de Vázquez-Montalbán. Como nadie es profeta en su Café, a mí no me llamaron jamás los antifranquistas madrileños de Triunfol Cuadernos al Café Gijón (decía Marañón que hay que escribir Café/establecimiento con mayúscula, siempre, para diferenciarlo de la infusión). Pero me llamaron de Barcelona. Dionisio Ridruejo, Gimferrer, Delibes, Pla, Umbral. Cómo era aquel Destino que compró Jordi Pujol para hacer su catalanismo pequeño-burgués y un poco ágrafo. Josep Vergés llora en mi hombro cuando lo recuerda. Triunfo tenía a Ezcurra, a quien llamábamos un poco a escondidas el general Della Rovere, por su briosa y optimista manera de estar en el mundo. Tenía a Eduardo Rico, el asturhegeliano, que fue el único y primero en llamarme, gran olfativo como todos los débiles físicos. Tenía a César Alonso de los Ríos, judeocastellano de Carrión de los Condes, Palencia, que me daba besos de barba y me ignoraba literariamente. Tenía a Víctor Márquez, uno de los mejores periodistas que se mueven hoy por las procelas de la tipografía, y que me dijo esto un día, chez Leguineche:
-Es que nosotros éramos unos rojos a quienes nos gustaba González-Ruano.
Vaya, el eurocomunismo iba haciendo camino al andar, aunque Carrillo aún no hubiese elegido peluca. Y Triunfo tenía, sobre todo, ya se ha dicho, a Eduardo Haro Tecglen, que como era algo más -mucho más- que un antifranquista profesional, se ha salvado del sensurround, pues mantiene la atención joven sobre el viejo Darío Fo o el reinventado Anglada Camarasa.
Como hubiera dicho el pobre Alvaro de Laiglesia, sólo se mueren los tontos, y sólo los tontos de la izquierda (que también los hay, a veces) se han muerto con Franco.
Cuadernos, en su puritanismo de acueducto cultural (Víctor Hugo escribe que el acueducto de Segovia tiene tres filas de arcos, cuando sólo tiene dos: cómo nos va a entender Mitterrand), siempre ignoró a este golfo de la literatura. Porque hubo un tiempo en que uno era rubio de alma y neonovísimo. Aquel que fui llora hoy el Triunfo que no es.
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