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Editorial:

Irán y Estados Unidos

MIENTRAS ESTADOS Unidos está tratando con deliberada discreción el desarrollo de la revolución que no cesa en Irán, este país continúa concentrando en EE UU todos los males que se ceban en él, todos los que pesan sobre el inmenso mundo islámico y, de manera general, sobre el mundo. No es algo menos deliberado. Por una parte, el motor revolucionario necesita el engrase continuo y el combustible que puede proporcionar un enemigo concreto; por otra, desde Teherán se hace un esfuerzo continuo para cualquier forma posible de guerra santa y de venganza popular contra los siglos de opresión y contra la actualidad de explotación y de división de su mundo cultural y físico: y nada más denunciable, desde ese punto de vista, que los protagonistas de toda esta acción, Estados Unidos. Un antiamericanismo básico concentra ahora todo el grupo de movimientos que van desde la reivindicación de Palestina al estado de miseria general, desde la necesidad sentida de unas revoluciones sociales contra los regímenes más duros de la zona hasta unos cumplimientos religiosos.Quizá por estas razones, Estados Unidos se comporta, hasta ahora, discretamente con Irán; aunque parezca extraño y paradójico, resulta más fácil en estos momentos aplicar sanciones a Polonia y a la URSS, o a Libia, que a estos altos hornos de Irán donde se trata de volver a fundir en un bloque al viejo Islam. No tiene muchos deseos Reagan de engolfar el caso íraní dentro de su política general de denuncia a la Unión Soviética como culpable global: entre otras cosas, porque claramente no hay dependencia iraní de la URSS, aunque este país procure acentuar sus relaciones.

Sin embargo, las esperanzas de que la revolución iraní se consuma a sí misma son ahora menores que hace un año, cuando fueron liberados los rehenes, y desde luego mucho menores que hace meses, cuando la máquina terrorista destruía de manera implacable e irreversible a los hombres del régimen de Jomeini. La represión gubernarnental no se ha detenido, y el asalto al poder ha disminuido en cambio. La guerra con Irak parece en estos momentos favorable a los iraníes. Lo que pareció y pudo ser una operación más amplia de desestabilización del régimen está contribuyendo a su mejor asentamiento.

Esta situación, que puede cambiar en cualquier momento -todo ese gran territorio es movedizo, cambiante-, no parece aconsejar a Estados Unidos emprender ninguna clase de ataque contra Jomeini, están esperando que los posibles cambios se produzcan, que el signo actual varíe, que las numerosas oposiciones iraníes se concuerden y que Irak recupere la iniciativa. Pero, si no fuese así, tratarían de que la corriente islámica se volviera contra la URSS por lo menos con tanta fuerza como contra Estados Unidos, y con mucha más fuerza: en razón de su frontera y de la amplitud de las poblaciones musulmanas en territorio soviético. De hecho, a pesar de que las relaciones diplomáticas están rotas, no cesa dé haber contactos continuos entre los dos países. Puede suponerse que, a pesar de la dureza de los ataques de Teherán contra EE UU, Jomeini realizó una determinada política desde el momento en que decidió la liberación de los rehenes el mismo día en que Reagan entraba en la Casa Blanca, y esa política puede ir más allá de lo que la situación verbal hace imaginar,

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 21 de enero de 1982