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Inventario de otoño

El baúl de Concha Piquer

«Viajas más que el baúl de la Piquer», se solía decir en los años cuarenta a los itinerantes, a los representantes de comercio, a los privilegiados que podían ir a París. Había razón para ello: Concha, Conchita Piquer, paseaba por el mundo, arriba, abajo, la canción española y su peculiarísimo estilo de interpretarla. Su vida artística había empezado así, viajando. Dos años después de su debú como artista, en 1919, apenas cumplidos los once años, apareció en los escenarios de Nueva York, cautivando a los públicos americanos con El florero, una cancioncilla introducida expresamente para ella por el maestro Penella en su ópera El gato montés. Cuarenta años cantando. Hasta 1958, en que se retiró. Solamente volvió a un escenario cuando su hija, Conchín Márquez Piquer, inició el camino artístico de su madre. Después de eso, nada. Su piso en la Gran Vía, su ganadería en Villacastín, su marido torero («nunca me gustaron los toreros, y mira), Antonio Márquez, mentor, empresario y administrador. No le gusta Solana ni la gente fea, nunca bisó una actuación, y se confiesa feliz, entre otras cosas, porque tiene una calle en su barrio valenciano.

Se arranca a la primera y remata hasta el burladero, luego te mira encampanada con ojos de mora valenciana desafiante, a ver qué pasa, aquí estoy yo, Concha Piquer, ¿pasa algo? Su marido, Antonio Márquez, que fue matador, se lo tiene dicho: «Concha, si fueras toro, te cortarían siempre las orejas». Es el carácter que le ha dado Dios. Se mueve ahora por casa con el puño en la cadera y el andar jacarandoso, soltando luces de oro y guiños de diamante y al primer ramalazo en seguida se nota que está acostumbrada a mandar. Pero por debajo de una apariencia de hembra dura de pelar se le ve todavía el lacito de niña arriscasa del barrio de Sagunto, en Valencia.-Yo llegué al mundo cantando. Según dijo mi madre cuando yo nací, que fue un 8 de diciembre, día de mi santo, al campanero del Miguelete lo mató un rayo y en ese instante mi madre dio un grito enorme y en medio de ese grito y del trueno nací yo. Mi padre cogió una borrachera y se cayó en una acequia. ¿Quieres saber cómo canté mi primera canción? La cosa fue que mi madre tuvo primero cuatro hijos y todos murieron a los tres años, no se sabe por qué. Alguien dijo que por mal de ojo, de lo guapos que eran. Al nacer yo todos esperaban que muriera, pero resistí, ya lo ves. Tenía yo cuatro años y había pasado ya la barrera fatal y mi madre estaba embarazada de ocho meses cuando a mi padre le operaron de almorranas. Fui con ella al hospital y mi madre al ver la primera camilla cogió un susto tremendo, se fue corriendo a casa y abortó. Nació el niño muerto. Y aquella tarde mi madre estaba durmiendo tranquilita, la pobre, en la habitación casi a oscuras y junto a su cama habían colocado una mesa con el niño dentro de un ataúd, todo ensangrentado como estaba. Entonces fui muy despacito, me subí a una silla, puse las rodillitas encima de la mesa, cogí al niño por aquí, así, lo saqué del ataúd y me fui a la calle con él, me senté en la puerta de casa y empecé a mecerlo. El niño estaba lleno de sangre. Y le canté una coplilla que aprendí de oírsela a una ciega del barrio. Como arenita de oro / que se lleva el río, que se lleva el río / se aleja de la orillita / cómo se aleja, tararí, tarará no sé qué de mi niño. Esta fue mi primera canción. Ya digo, tenía yo cuatro años.

El padre era un albañil que se rizaba el bigote en la peluquería cada sábado y una cirrosis se lo llevó de joven al otro mundo. La madre era modista de barrio. Iba con delantal negro y unas tijeras colgando, como la abuela Marianeta, que fue pantalonera y comadrona y llevaba un moño de valenciana traspasado con grandes agujas. Entonces la calle de Sagunto era un rabo de la ciudad en la huerta donde se alternaban escaparates y campos de cebollas, rieles de tranvía y maizales y se veía algún municipal con gorra de plato rodeado de lechugas. Allí nació Concha Piquer hace 72 años. Pero el médico recomendó al padre que cambiara de aires y el buen albañil por todo lujo se trasladó con toda la familia a Benicalap, un par de kilómetros más allá. La niña nunca fue a la escuela. Se limitaba a llevar un kiki en el pelo, con un lazo colorado para evitar el mal de ojo y a cantar todo el día. La abuela Marianeta decía que tenía voz de demonio.

-Un día -yo era un mono de once años-, y sin que mi madre lo supiera, me fui a hablar con el dueño del teatro Sogueros, en la calle de Jordana, y le dije: «Vengo a cantar». El hombre me miró de arriba abajo y contestó: «Canta, que te oiga». Y vestida de marinerito le pasé todo el repertorio. Cuando paré, me dijo: «Vente el domingo». Me dio un duro, pero yo no le dije nada a mi madre. Y me guardé el duro. Y así me tuvo aquel señor cuatro domingos. Iba, cantaba, me daba un duro y me volvía a pie a Benicalap. Y a la cuarta vez me dijo el empresario: «Que venga tu madre que quiero hablar con ella». Vino mi madre y le dijo: «A esta niña hay que meterla en una academia». Y fui a la academia del maestro Laguna y allí aprendí algunas reglas. En seguida debuté en el Apolo en plan figura. Después hice algunos bolos y en el teatro Kursal me vio el maestro Penella y me contrató para llevarme a México. Pero mi destino de niña está unido a la obra El gato montés, que se estrenó en Valencia no sé qué año. Mi madre, como era modista, se pasaba todo el día cosiendo, y mi padre, después de rizarse el bigote en la peluquería, algún sábado me llevaba al teatro. Una vez fui con él a ver El gato montés, y como no había de aquí, o sea dinero, íbamos a la azotea. Aquel día en la cola, mi padre me dijo: «Al pasar por delante del portero te haces chiquitita, chiquitita, y te cuelas, a ver si sabes». Yo llevaba en el pelo un lazo colorado contra el mal de ojo, me lo habían plantado en casa como amuleto de la suerte para ver si tenía mejor salida en la vida que mis hermanos muertos. Entonces, al entrar en el teatro, traté de escabullirme entre algunas piernas, pero el gacho de la puerta me hizo así, me trincó por el kiki y se quedó con el lazo de la fortuna en la mano. Pasé corriendo. Y mira por dónde, todo lo que soy se lo debo al Gato montés, que fue la ópera que llevó Penella a Nueva York, donde yo me hice. El lazo no lo volví a recuperar y a partir de ahí me convertí en estrella.

Ironía de litoral

Hay dos Solanas en la pared y un canario en la jaula, vitrinas con abanicos y medallas, retratos de la diva al pastel, de una belleza de calendario. En la Gran Vía de Madrid zumba el tráfico con un ronroneo que hace vibrar los cristales. Concha Piquer está ahora sentada en un sillón como una valenciana de la huerta que el granmundo ha esmerilado, o al revés, como una señora fina, arreada de oros, que no ha podido olvidar el arrabal de su infancia. Tiene los ojos negros llenos de humedad y un aire de mujer aventada, de esas que paran los pies al más pintado, pero esa dureza se humaniza en la carcajada socarrona, en las ojeras cuarteadas, en una ironía de litoral.

-Tenía trece años cuando llegué a Nueva York, camino de México, contratada por el maestro Penella para bailar la farruca y cantar la gitanilla de El gato montés. Pero en la parada en Nueva York se estaba montando la obra en inglés para estrenarla en el Park Theatre, un local que luego compró el tal Hearst, abuelo de esa niña pantera de la metralleta, para poner las películas de la Marion Davis. El teatro estaba en Columbus Circus, en la calle 49. Ya no existe. Yo no tenía que actuar porque no sabía inglés. Bueno. no sabía ni castellano; imagínate, acababa de salir de Benicalap, ya me contarás. Entonces yo estaba con mi madre sentada en el patio de butacas viendo el ensayo general con toda la orquesta y en el intermedio pasó el empresario John Cort, me vio allí, y como yo no era de la compañía, preguntó: «¿Quién es esta niña?». Penella contestó: «Una que me llevo a México». «¿Sabe cantar?». «Sí, sabe cantar, claro». «Bueno, pues que cante». El maestro Penella me había hecho una canción llamada La maja de rumbo para cantarla en el barco cuando pasara la línea del ecuador. Subí y la solté. Y allí se cayeron los palos de sombrajo. El empresario dijo al instante: «Esta niña tiene que debutar aquí mañana». Y empezó el lío. Penella, durante la noche, me compuso una canción que tituló El florero. Era un pregón de un muchacho andaluz; yo, salía vestida de chico con una cesta de esas con que venden mariscos en Sevilla, pero con flores. Y como no tenía ropa ni nada, me puse unos pantalones del maestro Penella que era pequeño y delgadito, una guayabera de dril que me hizo mi madre en unas horas, un pañuelito rojo y una gorrita, y aquí me tienes que aprendí la canción en una noche y al día siguiente en el ensayo general fue un clamor. Paré el es-

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pectáculo. Como mi nombre no figuraba en la compañía, los periodistas me bautizaron como The Flower's Boy para los restos. Fue la novedad de cantar en español, yo no sé lo que sería; un milagro de la virgen de los Desamparados, pero el caso es que el día del estreno me hicieron repetir la canción hasta seis veces, y cuando el maestro daba con la batuta en el atril para volver a empezar se me nublaban los ojos de gusto. A los pocos días se recibió un contrato de los hermanos Schubert, que eran propietarios de cincuenta teatros, por cinco años, a razón de 350 dólares a la semana. Y así me tuvo Schubert cantando El florero durante un año entero en el Winter Garden, de la calle 52, y Broadway. Trabajé con todas las figuras del momento desde Al Johnson al último mono. Era el año 1922 y yo en seguida empecé a hablar inglés como un loro. Vivía con mi madre en un apartamento, en el 204 de la calle 59 con Central Park, pagaba 350 dólares de alquiler y mi madre se echaba las manos a la cabeza, pero yo le decía: «No vamos a vivir bien con el hambre que hemos pasado en Benicalap? Ni hablar. Mi madre cocinaba, iba a la plaza y cuando quería un pollo le cantaba quiquiriquí al tendero. Luego ella se tuvo que venir a España porque mis hermanas habían enfermado de tifus, y me quedé sola en Nueva York, a los dieciséis años. Entonces allí había muy pocos españoles; recuerdo que un día encontré a unos por la calle y los seguí durante una hora para oír hablar castellano. Allí conocí a Castroviejo, al duque de Tovar, a los hermanos Figueroa, que eran chicos estudiantes.

Un lamento de saxofón

Nueva York era todo un lamento de saxofón. Las funerarias tenían un garito en el sótano y los féretros estaban llenos de botellas de whisky. En la puerta de cada lavandería había un gangster con traje a rayas y borsalino hasta las cejas soplando el cañón humeante del revólver displicentemente apoyado en la pared. Los héroes morían acribillados en una peluquería con media cara llena de espuma, y Harlem era todavía un barrio elegante para los blancos calaveras que se acercaban hasta allí a oír a negros sudados tocar la trompeta con ojos desorbitados como huevos de paloma. Conchita Piquer creció y se hizo mujer en Nueva York. Allí aprendió a leer y a escribir por su cuenta, palote va, palote viene, y con un dedito dándole al teclado de una máquina Corona.

-Yo no alternaba, no pude saborear la vida de Nueva York, tampoco ahora hago vida social. Soy un poco mujer de kábila. Me patea ir a un cóctel donde no conoces a nadie y te expones a que se te acerque una tía sonriendo y te pregunte: «Usted es Conchita Piquer; ¿por qué no nos canta una cancioncita?». Y eso me sienta como el séptimo merengue. Nunca he sido juerguista. En Nueva York me quedé sola, y para sentirme más cerca de mi gente, de mi tierra, leía novelas de Blasco Ibáñez, a quien conocí un día comiendo. Al poco tiempo estaba yo tan triste, a mis dieciocho años, que le dije a Schubert que quería ir a ver a mi madre. Preparé el viaje a España a lo grande. Mandé 14.000 dólares a través del National City Bank; el maestro Penella vino a esperarme a Chesburgo, y desde allí fuimos a París. Me hice ropa de dentro, de fuera, de todo, como una gran estrella, y en Madrid me instalé en el hotel Palace; ah, sí, si; yo siempre a la grand du monde, y era tan menor de edad que los del Banco Hispano Americano no quisieron darme los 14.000 dólares, que eran míos, míos, míos, si mi madre no me firmaba un poder. Bueno, después fui a ver a la Virgen de los Desamparados y ya me dio pereza volver a Nueva York. Cada semana recibía un telegrama de Schubert reclamándome, y yo le contestaba, el próximo mes, el próximo mes.

Aquí debuté en el Romea, de la calle de Carretas, y estrené Suspiros de España y La Maredueta, que es una cosa, que cuando la canto, ahí la pringo, siempre doblo, lloro yo, lloran los músicos y moquea todo el mundo. Luego me contrató Benito Perojo para hacer el Negro que tenía el alma blanca, y Cifesa me llamó para que fuera de fin de fiesta en cada estreno de la película. Ahí es donde me vio Antonio Márquez, mi marido, qué es ese señor que acaba de entrar por la puerta, y se enamoró de mí. Yo lo había visto torear y ya me había fijado en sus ojos azules; le llamaban el Belmonte rubio, y pensé que aquel hombre no se me podía escapar. Me enamoré de él por los ojos, por eso mi hija Conchín los ha sacado igual. Luego nos encontramos en un baile de máscaras en el teatro de la Zarzuela, donde yo iba a todo meter, y se quedó patidifuso, era el año 1928.

Sus canciones tienen un argumento denso de amores, celos y desengaños. Son narraciones con planteamiento, nudo y desenlace, como debe ser, historias que suben por los patios de luces en las casas de vecindad, parralas y tatuajes, penas del corazón y venganzas que se ventean como una colada en el tendedero. Las canciones de Concha Piquer tienen algo de autobiográfico.

- Eso fue a partir de la guerra, cuando conocí al compositor Rafael de León. ¿Quieres que te cuente cómo le conocí? Yo trabajaba en el teatro de la Exposición, en Sevilla; me estaba una tarde maquillando; de repente llaman a la puerta del camarín y oigo una vocecita dulce: «¿Se puede?». Pase. Y entra Rafael vestidito de soldado. Se quita la gorrita y me dice con el cuello torcidito: «¿Usted es Conchita Piquer?». Y yo le contestó: «Y usted es maricón?» «¡Huy! ¿En qué lo ha notado usted?». «En la gorra». Y allí mismo nos hicimos amigos, y luego hemos pasado la vida juntos, como dos hermanas. Y, claro, yo a veces le contaba cosas de mi vida, cosas que me pasaban, ya digo, como una hermana, y él sacaba de eso tema para sus canciones. Así que todas las que ha hecho Rafael tienen algo mío.

Timbrado orgullo

Como si la hubieran disparado los muelles del sofá, Concha Piquer se levanta, y ahora anda por la casa con aire mandón y la voz llena de orgullo muy timbrado, enseñando cosas de vitrinas y paredes, el retrato que le pintó Benedito, la fotografía de Blasco lbáñéz dedicada desde Menton, aquel concurso de belleza en Abc que ganó a los dieciocho años sin haberse presentado, al imagen de su hija, el mundo pasado, difuminado, de los recuerdos.

-Estos Solana los compró mi marido hace muchos años. Fíjate qué gracioso: cuando llegó con ellos le dije: quita eso de mi vista, ese mamarracho no me gusta y no lo quiero para nada. A mí tráeme cosas bonitas, que me alegren la vida. Tapé los cuadros con una manta y los llevé al almacén donde guardo mis cosas de teatro. Pero un día viene Antonio y me dice: «Hay que ver, Concha, cómo eres; el doctor Zúmel me ha dicho que esos cuadros de Solana son una maravilla, y además viste mucho tenerlos». Entonces yo salté: «iAh! ¿Es cuestión de vestir? Pues mañana mismo te los traigo». Y aquí están. Siguen sin gustarme. Yo soy clásica en todo, ¿qué voy a hacer? Tengo temperamento y me arranco en seguida, soy muy de verdad, como mi yerno, Curro Romero, que también es muy de verdad. Otros toreros hacen que hacen, pero Curro no; si el toro no embiste, no hace nada, y se queda tan fresco. Yo le quiero muchísimo. No tiene nada que ver que él y mi hija ya no se quieran; él me llama constantemente.

En una mesilla, a la luz amorosa de una lámpara, está el retrato de Fleming enmarcado en plata, sonriente, con cuello de pajarita. Concha Piquer lo tiene como a uno de la familia.

-Este señor salvó a mi hija. Un día Conchín se nos puso mala, y no sabíamos lo que tenía hasta que vino el doctor Arce a hacerle una radiografía y nos dijo que aquello era un tifus como una casa. La enfermera nos contó que había leído en el Reader Digest algo sobre una medicina llamada Cloromicetina que lo curaba todo. Pusimos un telegrama a un amigo mío de México, un sastre español refugiado, y contestó que allí no había. Entonces llamé a Eva Perón y tampoco estaba el medicamento en Argentina; pero ella habló con su embajador en Washington, y a las 48 horas ya lo tuve aquí. Y se curó mi hija. Por eso está ese señor ahí. Mi hija nació en Argentina, y Eva Perón fue su madrina. Era muy amiga mía. Pero yo nunca he tenido que ver con políticos. Eso lo inventó Miguel de Molina. Estaba cantando yo, después de la guerra, en el teatro Fontalba, y se presentó Serrano Súñer con su mujer y otro matrimonio, y me mandó un recado pidiéndome por favor que cantara Ojos verdes, aunque no estaba en el repertorio. Lo hice. Y al día siguiente me mandó una cesta de flores, que, según las malas lenguas, se convirtió en un millón de cestas. Y entonces, como a Miguel de Molina le habían dado una purga de aceite de ricino y lo habían pelado al rape por ser maricón, que en aquel año con eso ya había bastante, y además no sé qué hizo en Valencia, llegó él y dijo que como yo era la amante de Serrano Súñer le había mandado yo a los falangistas con las tijeras y el ricino, siendo como éramos amigos, que hizo el servicio militar con mi marido en Africa. Yo tenía la conciencia tranquila y no le di ninguna explicación, no tenía por qué decirle nada. Y cuando se fue a América corrió la voz por allí de mi cosa con Serrano, y yo me encontré con treinta personas en Perú, sin que me dieran entrada en México, por fascista. Mi marido mandó un telegrama a su amigo Chucho Solórzano, torero retirado, y éste habló con Cantinflas. Y Cantinflas -dijo: «¿Pero a quién ha matado esa mujer?». Me dejaron entrar por fin. Y debuté con un miedo espantoso. «Ya verás: los refugiados me van a dar una pita que me hunden». Fue todo lo contrario. Allí lloró hasta el potito. Políticos importantes, como Indalecio Prieto, Negrín y el doctor Segovia, que me había operado de apendicitis, lloraban como críos. El que no pensaba en su madre, pensaba en su pueblo, y aquello fue un valle de lágrimas. Mi generación lleva asociada a Concha Piquer con la ternura del boniato y del gasógeno, con las tardes ateridas de la autarquía, con la pubertad llena de granos y los domingos con las manos en los bolsillos. Conchita Piquer se retiró el 13 de enero de 1958. Ese día comenzó la tecnocracia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 17 de octubre de 1981