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Karl Böhm, en su última entrevista: "Dirigir es para mí una auténtica cura de rejuvenecimiento"

«Dirigir es para mí una auténtica cura de rejuvenecimiento », afirmaba el famoso director de orquesta austriaco Karl Böhm, recientemente fallecido, en unas declaraciones aparecidas póstumamente en el semanario alemán Stern.

Karl Böhm, que falleció el 14 de agosto en Salzburgo (Austria), a la edad de 87 años, pasará a la historia de la música por sus geniales interpretaciones de Richard Strauss y de Wolfgang Amadeus Mozart.

Sin embargo, según confiesa él mismo, de joven fue un incondicional wagneriano que despreciaba al autor de La flauta mágica.

Su posterior pasión por Mozart se la debe a Bruno Walter, de quien escuchó algunas interpretaciones ejemplares, como él las califica, del compositor de Salzburgo.

Preguntado por el contraste entre la manera tan expresiva de dirigir a Mozart que tenía Walter y su propia ejecución, carente de pathos, Böhm responde que la suya es una concepción radicalmente moderna de la música mozartiana. Böhm ataca, sin embargo, las pretensiones de fidelidad al Mozart original por parte del también director Nikolaus Harnoncourt.

«Cambiar los tiempos es maltratar a Mozart», afirma el maestro austriaco. « Las interpretaciones de Harnoncourt nada tienen que ver con el auténtico Mozart».

En cuanto a los colegas a quienes admira, Böhm cita a Carlos Kleiber (un hombre genial, pero dificil, un soñador), y también a Leonard Bernstein, de quien dice que es «un músico grandioso», pero que tiene, sin embargo, un estilo totalmente distinto de dirigir: frente a la economía de gestos de Böhm, Bernstein se desmelena y gesticula, para acabar empapado de sudor.

El compositor que más le ha impresionado de toda la historia musical de Europa es Alban Berg, autor de Wozzeck. «Es para mí», dice Böhm, «la más importante de todas las obras compuestas en este siglo». Bóhm no tuvo el honor de estrenarla, pero fue el primero en llevarla a Buenos Aires y a Nápoles.

Con relación a su representación en esta última ciudad, Böhm refiere una anécdota muy llustrativa de su famosa impaciencia con lo músicos. «En Nápoles, por más que yo me esforzaba, los músicos no acertaban con el pasacalle de esa genial obra abstracta que es Wozzeck. Como tampoco servían de nada mis insultos, desesperado arrojé la batuta y me marché de la sala. Al cabo de algun tiempo, vinieron a mi cuarte los músicos principales de la orquesta y me pidieron de rodillas, entre sollozos, que volviera con ellos. Cuando por fin lo hice, la orquesta entera se levantó para aplaudirme».

Como contraste, Böhm elogia la infinita paciencia de su colega y amigo Herbert von Karajan: «Es admirable cómo tranquiliza a los músicos y sabe esperar hasta que por fin consigue exactamente el tono que desea».

La Filarmónica de Viena

De todas las orquestas por él dirigidas, Böhm amó a su Filarmónica de Viena, a la que dirigió por vez primera en 1933 y con la que confiesa haber mantenido desde entonces una larga y armónica relación niatrimonial. «Juntos conseguimos», dice entusiasmado, «algunas interpretaciones de Bruckner, Beethoven Y Mozart que, sin temor a exagerar, pueden calificarse de excepcionales». No hay nada mejor para un director que conocer a todos y, cada uno de los músicos de su orquesta, explica Böhm al evocar sus conciertos al frente de la Filarmónica de Viena.

A Böhm se le reprochó que no hubiese emigrado durante el nazismo, como hicieron otros músicos. El justifica su permanencia en Alemania, en Dresole, por necesidades económicas y por motivos familiares.

Después de la guerra se entabló contra él un proceso de desnazificación y se le prohibió actuar durante dos años. Böhm se defiende: «Nunca fui miembro del Partido Nacionalsocialista. Aquellos fueron unos años terribles; ni siquiera se me permitió dar lecciones de música».

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 25 de agosto de 1981