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Editorial:

Paleocapitalismo y golpe de Estado

LA INSTRUMENTACION material del golpe del 23 de febrero, a cargo de militares sediciosos, centró hasta tal punto la atención de la opinión pública que la participación en la conjura de los conspiradores civiles, financiadores e ideólogos de la subversión, ha quedado inmerecidamente en la penumbra. Con el mínimo de perspectiva que concede la semana transcurrida, se afianza, sin embargo, la convicción de que los generales, jefes y oficiales sediciosos, forman una trama única y un continuo con políticos enriquecidos bajo el antiguo régimen y con turbios traficantes de intrigas y conjuras, para quienes el golpe de Estado sería la vía para regresar al poder.Quizá uno de los cambios que más claramente diferencian a la España de los ochenta de la España de los treinta sea la existencia de financieros, empresarios y capitanes de industria que han hecho suyas la teoría y la práctica de un capitalismo moderno y que dominan técnicas de gestión semejantes a las que son habituales en Europa occidental. El mensaje de Carlos Ferrer Salat, en la lívida madrugada del martes 24 de febrero y la asistencia a la manifestación millonaria del pasado viernes de Rafael Termes son hechos hasta tal punto nuevos y originales en la historia española que sobre ellos se puede construir una hipótesis esperanzadora y optimista sobre la salida de la actual crisis. Porque el firme e inequívoco apoyo a la Constitución del presidente de la Confederación Española de Organizaciones Empresariales y del presidente de la Corporación Bancaria y sus manifestaciones en favor de la libertad y de la democracia no se hicieron en el grato ambiente de un club financiero a lo largo de una sobremesa, sino mientras un pelotón faccioso mantenía secuestrados a los diputados y al Gobierno en el palacio del Congreso y los carros blindados ocupaban Valencia. Carlos Ferrer y Rafae! Termes demostraron así la solidez de sus convicciones democráticas, su coraje cívico y su hombría de bien, atributos que cabe hacer extensivos a la clase empresarial moderna y dinámica de este país.

Sin embargo, la vida económica española no tiene como únicos protagonistas a empresarios neocapitalistas con capacidad de diseño y de gestión de sus negocios y sabedores de que la unidad del mercado mundial y del planeta entero es un hecho. La autarquía del franquismo, los circuitos privilegiados de crédito, las concesiones nepotistas, las especulaciones inmobiliarias y la sangría de las empresas públicas mediante negocios privados acoplados como sanguijuelas a sus flancos crearon, bajo el anterior régimen, gigantescas fortunas de la nada o multiplicaron por mil lo que hasta la guerra civil habían sido modestos tinglados familiares. Ese paleocapitalismo corsario, corrupto y especulativo es, sin duda, la base de aprovisionamiento de la sedición, tanto en lo que se refiere a las ayudas materiales dadas a los conspiradores, armados -¿quién dio el dinero para la compra de los autobuses que transportaron a los sediciosos al Congreso?- como a los apoyos financieros regalados a los grupos políticos, a las publicaciones y a las bandas armadas que constituyen el círculo civil más amplio q ue ha permítido a los conjurados militares intentar el golpe de Estado.

Esos medios paleocapitalistas odian las libertades y las instituciones democráticas por motivos infinitamente más concretos y contabilizables que los medios militares, en ocasiones manipulados e ínstrumentalizados por sus financiadores a través de la retórica, la ideología y las emociones.

Probablemente existen sediciosos movidos por los delirios ideológicos y por el odio doctrinario a la libertad y a la democracia. Pero todavía dudamos menos de que todo eso es alentado, difundido y utilizado por los medios del paleocapitalismo español como palanca para su negocio.

A este respecto, parece necesario señalar cómo la sedición iniciada por el teniente coronel Tejero y el teniente general Milans del Bosch el 23 de febrero sigue su curso a través de una sucia campaña de bulos, rumores e intoxicaciones, de las tentativas de presentar al cobarde y desleal Tejero como valiente y honorable, y de los esfuerzos por denigrar la figura del Rey. La opinión pública puede hacerse cargo, aunque sea con reticencias, de las dificultades del Gobierno para acotar las responsabilidades militares de la sedición. Sin embargo, no puede entender las debilidades que hacen posible que grupos políticos como Fuerza Nueva o periódicos como El Alcázar se dediquen, con la mayor desvergüenza y descaro, a la apología del terrorismo, mediante la glorificación heroica de la brutal fechoría realizada por más de doscientos hombres armados al asaltar el Congreso y al golpear al teniente general Gutiérrez Mellado. Tampoco es fácil de admitir que la campaña de infamias, injurias y descrédito del Rey no sea cortada de inmediato. Y, finalmente, resulta de todo punto incomprensible que la cobertura civil del golpe de Estado, de los financiadores, ideólogos y enlaces que han servido a los militares sed¡ciosos y se han servido de ellos, no haya sido todavía descubierta.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 3 de marzo de 1981