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CARTAS AL DIRECTOR

Máximo

He leído con estupefacción la «carta al director» del pasado sábado, en la que se vierten tintas negras sobre el humor de Máximo, y siento un cierto rubor, como de meterme en donde no me llaman, al salir en defensa de quien, por descontado, ni necesita de mi gesto ni es incapaz de defenderse solo. Pero como sí entiendo cuánto duele una crítica infundada, una descalificación global o, sencillamente, una agresión absurda, yo quisiera decirle a Máximo -con quien, por cierto, no me une otro lazo que la admiración que por él siento- que todavía hay quien, antes de beberse EL PAIS cada mañana, acude presto a este pequeño editorial a trazos, sin enlabio apenas de palabras, que es su viñeta del día, a recibir la vaharada fresca de una sutil impresión, ligera y atinada, de cómo anda la maraña de las cosas.Y que dejen quienes piensan distinto, pocos o muchos, la mordacidad para mejores causas, el afán inquisidor para la historia vieja, y permítannos a los demás el beneficio de una leve sonrisa -a menudo la única- antes de embarcarnos en la aventura del periódico triste, como dice el autor de la anatema, porque no está el percal para jolgorios ni algazaras. No porque lo de ahora sea malo, sino porque lo de antes nos lo dejó cargado de lastres, de miedos, y de intransigencias. Bien a la vista está/.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 21 de febrero de 1981