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Tribuna:SPLEEN DE MADRID

Amparo Illana

Doña Amparo Illana, esa mujer que con tan ejemplar y ordenado silencio está llevando el cargo de «presidenta» del país, ha sido, por fin, en pasados días, protagonista de una saga ferroviaria como las del Unión Pacífico, sencillamente, como las de la Renfe. He hablado del ejemplar y ordenado silencio de esta señora y quisiera, antes que nada, contraponer ese silencio al de su marido, el presidente Suárez, cuyo silencio no es ejemplar ni ordenado, sino que carece de toda ejemplaridad democrática y no representa sino un silencioso caos. Del silencio de su esposa debiera aprender el presidente, no a callar, sino a hablar.Como doña Amparo Illana tiene miedo al avión, ha vuelto en tren de sus vacaciones en Galicia, lo cual ha producido algunos trastornos en la línea. Hay dos clases de mujeres que tienen miedo al avión: las que toman el tren y las que, al despegar el aparato, se santiguan. Yo prefiero las que toman el tren, que es una manera de resolver su miedo sin trocarlo en superstición. De resolverlo racionalmente, quiero decir, pues el tren, aunque formidable y, espantosa máquina, es también una máquina racional, como el avión. Doña Amparo Illana no se santigua tanto en público como anteriores primeras o segundas damas. No ha hecho de la señal de la cruz una señal publicitaria. Eso es democracia. La Diesel de 3.000 caballos del expreso Río Miño, que traía a la ilustre dama, fue reforzada varias veces con otras máquinas a lo largo del camino, como en los viajes de postas o en El correo del zar. Pero el correo del zar reventaba, como mucho, cuatro caballos por posta. Doña Amparo Illana ha reventado 3.000. Con lo que algunos periódicos han comentado sonrientemente el miedo de la presidenta y el gasto del viaje. Pero Pablo Neruda tampoco se subía jamás en avión, quizá, porque, como era rojo, no le quedaba ni siquiera el chaleco salva/almas del santiguamiento.

La última vez que viajé en tren fue a Valladolid, a dar una conferencia, y pude comprobar que los Ter, Talgo o como se llamen esas orugas traidoras, han perdido su confort publicitario, han caído en una cochambre de posguerra, cuando viajábamos entre un caballero mutilado y un muerto (siempre era más locuaz el muerto), y por no llevar, ya ni llevan la voz de María Jesús Alvarez Moro, que yo descubrí para la radio (sigue siendo la mejor voz de España, y han pasado veinte años), voz de risa y fresa que antes nos anunciaba las paradas con un poco de música. Así las cosas, me parece muy bien que, gracias al miedo de la señora presidenta, la Renfe haya tenido que hacer, por fin, un esfuerzo de energía, coordinación, orden y vigilancia, parando trenes, despejando vías, aprestando locomotoras, porque hay miles, millones de españolas y españoles -Miguel Delibes- que temen al avión y tampoco quieren imponer a los demás viajeros el espectáculo de un ritual exterior y religioso que, a nivel de billete turista, se queda en superstición.

Medite usted, señor presidente, sobre la soñarrera pasatista en que ha caído la Renfe y las fáciles posibilidades que tiene de volver a ser un servicio público eficaz para millones de Amparos españolas, a cambio, siquiera, de ese gravamen impositivo que ustedes han aplicado casi exclusivamente a los españoles que van por la vida en segunda porque, como diría Pierre McOrlan, ya no hay tercera. Colón de Carvajal quiso motear los aviones de coronas, alabanciosamente, pero lo cierto es que Iberia/Aviaco ha caído también en una molicie de mercancías de posguerra, y si antes eran azafatas todas las niñas de Serrano, ahora sólo tienen vocación las dependientas despabiladas y cuatro intelectuales que quieren ir mucho a Londres. Medite, señor presidente, que el viaje de su señora no es causa de ironía ni escándalo, para mí, como lo ha sido para otros, sino reflexión de lo que el Estado puede y debe devolver en servicios a esta Hacienda que somos todos, incluso doña Amparo Illana. ¿Le suena?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 4 de septiembre de 1980