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Tribuna:

¡Carnavales siempre!

Aunque durante las últimas décadas han estado prohibidos los carnavales, en algunas ciudades, pueblos, barrios o clubes del Estado se seguían celebrando como podían. Siempre ha habido carnavales o sus equivalentes, y ninguna dictadura puede acabar con ellos. Son variopintos. En cada localidad toman unas peculiaridades distintas. Cada clase social muestra su propia forma de expresión y pulsión en ellos.Los estudios de J. Caro Baroja dan cumplida cuenta de lo prolífico del Carnaval y las variadas formas del País Vasco, Galicia, Andalucía, Cataluña, Madrid, etcétera. Su característica común es el de fiesta burlesca, afrodisiaca, de buen comer, y el carácter satírico contra el orden impuesto. Su historia también nos muestra el transcurso desde el más brutal Carnestolendas de las sociedades agrarias, con aires amenazadores y trágicos, hasta el Carnaval más urbano de iniciación italiana (Venecia, Roma), extensión europea (Colonia, Barcelona) y consolidación en ciudades periféricas (Río, Tenerife, Cádiz).

Las distintas clases sociales muestran en los carnavales las máscaras de sus subculturas. Se trata de decir irónicamente, con inversiones y rituales, lo que late en el inconsciente colectivo de cada clase social. Hay los carnavales de la alta sociedad, retirados en palacios o fincas particulares; hay los de las clases acomodadas, en sus clubes, casinos y otros lugares cerrados; y también hay los carnavales de los teatros, plazas y calles, los populares, que, incluso en algunos casos, pueden parecer groseros o hirientes a las clases más refinadas. Hoy las clases populares urbanas, que pugnan por poder reconquistar los espacios públicos como calles, paseos o plazas (invadidas por el tráfico), tienen con el Carnaval una buena ocasión de sátira y amarga protesta.

El carnaval en el tiempo

El Carnaval no es una fiesta aislada. Por el contrario, es una fiesta de referencia a todo un ciclo, un tiempo del año con sus diversas manifestaciones. El tiempo se mide con respecto a la actividad social por las emociones que provoca en cada colectivo humano. Así, el Carnaval surge con el Renacimiento (de toda la cultura clásica griega y romana) por contraposición a la Cuaresma y a la escolástica inquisitorial. Es la cultura resurgida contra el dogma. Pero no una cultura libresca, sino de espectáculo multicolor y pulsional en las calles.

Desde las fiestas de Reyes, desde san Antón o desde la Candelaria ya se estaría celebrando. La culminación es en la semana de Camaval, desde el Jueves Gordo o Lardero al Miércoles de Ceniza. Desde la preparación de comidas (todo lo prohibido en la Cuaresma) pasando en ascensión hacia el clímax total a través del domingo, lunes y martes de Carnaval (que es la apo teosis), para luego morirse y concluir en el entierro de la sardina, el miércoles. Pero, incluso en Madrid, la señora Cuaresma (monigote con siete piernas y un pescado en la mano) quedaba colgada en la Plaza Mayor, y cada semana se le iba quitando una pierna, hasta su quema definitiva el domingo de Pascua.

La Saceas de Babilonia, las Kronias griegas, las Saturnales y las Lupercales romanas son algunos precedentes entre las fiestas clásicas. El «inqwala», entre los swazi, o el «be-di-murua», entre los agni de indenié, en Africa, y otros ritos semejantes son testimonio de la persistencia del fenómeno de las rebeliones simbólicas prácticamente en todas las culturales locales. El tiempo es explicado como un mito, y dramatizado en estas representaciones populares. Los ritos tratan de ajustar (dramáticamente también) los mecanismos de control social. Los poderes tratan de que tales ritos y mitos estén dentro de un orden, con escapes controlados para hacer desear «el retorno a la regla». Los mitos, en expresión de Malinowski, son como «carta social.... del poder, del privilegio y de lapropiedad».

El Carnaval, con toda rebelión ritual no es incultura, sino cultura. Más propiamente, la parte de la cultura-contra. Lo lúdico, lo festivo, el teatro y la tragedia, lo irracional y lo mítico. La mitad de la cultura, como apuntan Foucault, Barthes, Eugenio Trías y otros. Ahí están los temas de El Bosco, Durero, Sade, Goya, Nietzsche, Paganini, Van Gogh, Artaud, Valle-Inclán, Solana, etcétera. Y su potencial revulsivo a duras penas es tratado de integrar o reprimir por los poderes de cada época.

Su sentido actual

¿Y hoy? ¿Qué hacer frente a esa especie de supercultura metropolitana, uniformada a través de la televisión a escala casi universal? El tal producto no sólo intenta acabar con la vida de la calle, las plazas, las comunidades diferenciadas (como ha denunciado, entre otros, H. Lefèvbre), sino, además, imponer la cultura del miedo, la tecnología inalcanzable e indescifrable, la austeridad con motivo de la crisis sin fin. El nuevo «coco» para que todos nos abrochemos el cinturón y nadie proteste. O sea, el hombre unidimensional que analizaba Marcuse, que interioriza las represiones sociales. Y mientras la metrópoli dicta la vida cotidiana a millones de personas enjauladas en el asfalto y el cemento, en los automóviles, al tiempo que a su paso destroza y degrada la naturaleza y el patrimonio cultural de siglos. ¡Trágica mascarada!

Es la misma cultura multinacional y metropolitana que nos da salvadores prodigiosos. Superman, nacido en 1938 y que ahora, ante la nueva crisis, reaparece como mito. Aquel hombre que abandonó Villachica, su origen periférico y tranquilo, para vivir en Metrópolis y volar a cualquier parte del mundo, como la CIA, en defensa del «modo de vida americano». Tan mito como el socialismo que dice defender la URSS, y la KGB invadiendo países de Asia y Africa, directamente o a través de satélites. Y desde la vieja Europa, el propio Wojtyla, con su estilo atlético, saltando de Irlanda a América Latina o a la Alemania de H. Küng, apagando fuegos iconoclastas. En la super-representación, la puesta en escena televisiva del miedo y la magia tecnológica (superbombas, crisis, nucleares, dogmas ... ) intentando encauzar a las disidentes caretas, ritos y mitos locales, que les pueden salir «respondonas» desde Nicaragua al Irán.

Nuestras caretas se vuelven contra ese gran rito del miedo y la frustración. Los carnavales son activos, festivos, críticos, se basan en los sentimientos muy localizados y directos, pueden pasar del pasotismo y colectivamente, en comparsas, mostrar la expresión radical de las culturas oprimidas. El Marat-Sade, de P. Weiss, propone la invasión liberadora de los locos, que son actores del teatro, entre los espectadores hasta entonces pasivos. Así la propuesta, significa la ruptura de la reclusión dramática para llevar la experiencia radical a la vida colectiva y cotidiana. La postura radical ante la vida es lo que aparece como espectáculo colectivo.

Los políticos, los sociólogos y otros profesionales y sacerdotes del control y el cambio social han creado también su mundo: sus papeles, su teatro de representación controlada y unilateral. Pero la sociedad vive a espaldas de ellos, dominada y callada, pero sabia de cuáles son sus propios amores, dudas, hastíos, pulsiones ... No porque todo ello lo razone en un libro o en un discurso, sino porque lo saca de dentro, en los carnavales, coino la vida que le tienen reprirnida. ¡Libérate, amigo, y vámonos con la comparsa!

El colectivo 4 Gatos está formado por un grupo de profesionales de la cultura y el urbanismo, del que forman parte, entre otros, Tomás Rodríguez, Gerardo Pérez e Ismael Fernández.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 21 de febrero de 1980