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Tribuna:TRIBUNA LIBRE

Atraso doctrinal de los obispos

SociólogoJosé María Díez-Alegría, desde su calidad de teólogo y desde su eterno humor de hombre, ha creído ver en el viejo Libro de los proverbios plasmada la disyuntiva del cristiano de buena fe, acosado por osas sin cachorros o por pastores con chorradas. Y, ciertamente, vistos los resultados de la asamblea plenaria del Episcopado español, habría que decir que los obispos han mostrado una vez más su atraso teológico y doctrinal al acercarse a los problemas del sexo, de la familia y de la persona humana en definitiva. Resulta curioso que la Iglesia oficial, tan amiga de la procreación en el campo biológico, se aferre a una esterilidad de ideas, repitiéndose, como el bolero de Ravel, cada vez que se cree obligada a pronunciarse sobre estos temas.

Desde 1968, en que se publicó la controvertida y olvidada encíclica Humanae Vitae, aunque las opiniones de teólogos y moralistas han luchado por sacar al sufrido pueblo de Dios de este impasse de siglos, la jerarquía católica sigue estancada en unos postulados opinables -pero considerados de fe- y en un sustrato filosófico- científico trasnochado. Se diría que todo aquel élan que hizo posible al Vaticano II se paraliza al chocar contra el muro del sexo. Postulados como la evolución del dogma, la revelación progresiva, la permanente asistencia del Espíritu al mundo, etcétera, que pusieron hasta cierto punto en marcha al pueblo cristiano, son sustituidos por una extraña fidelidad, llamada ortodoxia, paralizante, como si los movimientos de desmitologización o desculturización del dogma no se hubieran producido.

Y, sin embargo, por más que la jerarquía católica se empeñe en parar lo imparable, el mundo sigue dando vueltas como en tiempos de Galileo. Es decir, basta abrir los ojos al entorno español -para limitamos a nuestra geografía próxima-, para comprobar que no sólo los españoles ritualmente bautizados, sino gran parte de los que se consideran «practicantes» reciben cada vez más las orientaciones, prescripciones -o, como dicen los proverbios, según Díez-Alegría-, las chorradas de la jerarquía, como quien oye llover. Este desgaste de la autoridad pastoral de la iglesia docente se debe en primer lugar a su inhabilidad para ofrecer soluciones auténticas a problemas auténticos y, en segundo lugar, a la madurez de muchos cristianos que -sobrepasado el período de infancia tutelada- se sienten capaces de adoptar responsablemente decisiones según su conciencia, por más que difieran de ciertas consignas anquilosadas de las altas esferas eclesiásticas.

Así, sobre el controvertido tema teórico del aborto, quizá se necesite más investigación para aclarar los orígenes de la vida, aunque eclesialmente no se pueden cerrar los ojos al hecho mil veces denunciado de las prácticas abortivas clandestinas, cuya peligrosidad padecen principalmente los estratos menos privilegiados de la sociedad. Esconder la cabeza, como el avestruz, ante este problema social nunca será una actitud cristiana, cuando precisamente son los pobres -por quienes Cristo parece que tuvo predilección- los más afectados. Pero es más, estas situaciones límites del aborto provocado podrían reducirse con un planning familiar controlado responsablemente por los matrimonios.

Y es precisamente en este tema de la contracepción donde no es seria la posición oficial de la jerarquía, al hablar de «paternidad responsable» (habría que hablar también de «maternidad responsable»), para luego cerrar casi todas las puertas para ejercer esta responsabilidad. ¿Qué dato de la revelación autoriza para afirmar que cada acto matrimonial debe ser proceador? ¿Cómo pueden los llamados intérpretes oficiales mecanizar y cuantificar algo tan personal e íntimo, como si se tratara de una máquina tragaperras? Ciertamente el matrimonio, como estado de vida, debe estar abierto a la procreación, pero no cada uno de los intercursos sexuales, porque eso es aún físicamente imposible. Ya el hecho de limitar la denominación de «acto matrimonial» únicamente a las relaciones sexuales supone un empobrecimiento lamentable del lenguaje canónico y de la vida matrimonial en sí misma. Como si otros actos realizados por la pareja humana conjuntamente hubieran de ser considerados como «no matrimoniales». Pero volviendo al tema, la interpretación oficial católica ha reconocido siempre, en términos generales, la supremacía de la inteligencia o razón sobre la naturaleza. Frente al aforismo precristiano de que «quien sigue a la naturaleza no se equivoca», la Iglesia ha enseñado que el hombre, animal racional, debe controlar sus instintos naturales con la cabeza. Resulta pues contradictorio que únicamente en la dimensión sexual el hombre tenga que someterse ciegamente a los mecanismos naturales biológico-genéticos, quedando a merced de un azar, que le convierte no en «rey de la creación», sino en su esclavo. Si interrumpir el curso natural de la ovulación o de la concepción es pecado, ¿por qué no es pecado interrumpir el curso también natural de una enfermedad? Argumentando ad absurdum, según los principios llamados ortodoxos, tan inmoral sería tomar una píldora o usar un preservativo fisico como tomar una aspirina para cortar un dolor o utilizar un despertador para cortar el ciclo natural del sueño... Paradójicamente, el animal racional de aristotélicos y escolásticos ha acabado por convertirse en un animal sin más, en aras de una ortodoxia, porque se le niega -o se le pretende negar-, en el fondo, la primacía de su diferencia específica, que es precisamente pensar. ¡Es increíble a dónde pueden conducir ciertas premisas dogmáticamente aceptadas y sacralizadas!

La conclusión no es nueva ni mucho menos, pero ha llegado el momento en que la Iglesia se plantee la disyuntiva -como el PSOE con el rnarxismo-: si los católicos deben suprimir el término de «cristianos», interpretado como una ideología acabada y dogmatizante, para volver a ser verdaderamente fieles al mensaje liberador y humanizador de Cristo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 8 de agosto de 1979