_
_
_
_
Tribuna:
Tribuna
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las tribunas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado

Hágasela usted mismo

En el año 1927, André Gide conoció en Madrid a una amuermada y dulce solterona que conservaba en un armario muchas y viejas medicinas, de modo que ya apenas quedaba sitio en él para meter nuevas anfetas, nuez moscada y jarabes con codeína. (La rima se arrima.) Y, como la señorita se hallaba completamente bien, pese a algún escozor secreto como el que ayer mentaba Lilí Alvarez, el autor de Les caves du Vatican se permitió decirle en voz muy baja que quizá no era útil guardar así un tesoro que ya no iba a servirle para nada. Entonces, la solterona se puso roja como un tomate y su interlocutor creyó que se iba a echar a llorar. Pero sacó los frascos, las cajas y los tubos, uno tras otro, mientras decía: «Este me salvó de un cólico nefrítico, y ése, de una angina de pecho; este Ungüento me curó de un granito en la ingle y estas píldoras me ofrecieron alivio cuando me puse algo estreñida.» En fin, acabó confesando que, en otro tiempo, todo ese almacén de medicinas le había costado muchos cuartos. Y Gide comprendió que era eso, precisamente eso, lo que frenaba sus deseos de desprenderse de la inútil carga. Entonces, ni corto ni perezoso, el prosista francés sacó el armario a la mitad de la calle y le prendió sonado fuego. Se puso a contemplar la bulliciosa hoguera, como quien abandona familia y amigos, trabajo comenzado, obra por hacer, perfumes prometidos, sueños de realidad... Y, al término, como no hubo allí víctimas personales que lamentar, nadie le rogó a Gide que se hiciese autocrítica.¿A usted le quedan ganas? Hágasela usted mismo, a la hora de la siesta y sin perder el ritmo dadaísta. Mire, coja en seguida unas tijeras. Recorte esta columna siguiendo, más o menos, las líneas del recuadro. A continuación, recorte con cuidado cada una de las palabras que forman este artículo y métalas en una bolsa. Agítela con frenesí, mientras cantan Los Pecos en el transistor. Saque luego cada recorte, uno por uno, sin esperar a que se enfríen. Copie concienzudamente el poema resultante, en el orden en que los recortes hayan salido de la bolsa. El poema, ya lo verá, tendrá un cierto parecido con la víctima. Y usted, el autor, será un « guerrillero poético y de una sensibilidad popular a flor de piel, aunque incomprendido por todos los demócratas burgueses y renegados liberales». Si el poema no se parece en nada a la víctima y escucha el llanto de los familiares, échele usted la culpa a UCD.

Al fuego, por el humo. Al humo, por el fuego. Corona de Aragón. Valle de Ayora, Al fuego, por el fuego. Bombas de la autocrítica. Olor a chamusquina general.

"Si ya no puede más, pídale el fuego eterno a uno de esos testigos de Jehová que lisonjean nuestra voluntad con la leve esperanza de un verde paraíso, mientras dragones milenarios siguen lanzando llamas fatuas por hoteles y bosques, por estaciones y jardines. Tregua del paraíso. ¡El Paraíso! Jules Laforgue lo vio, mientras fumaba, como un lugar en el que se mezclaban bandadas de mosquitos y elefantes en celo para bailar el vals; al despertar del sueño, el poeta tenía chamuscado el pulgar.

Hágase la autocrítica contando con los dedos. Mientras tanto, pasan y pasan los bomberos. La heroína de Adolfo Arrieta da saltos de alegría. Encarna y Vázquez Montalbán le han robado ya un poco de fuego a multinacionales febriles. A calentarse tocan.

Como refresco, titi, licor del polo a tope o un baño en la bañera de Somoza.

Luego, lea en voz alta el poema que obtenga con mi texto de corte recortado. Hasta que se le queme la boca. Es la autocrítica. Es la prueba de fuego. Por los ojos. Por las narices. Por las víctimas.

Por amor. El amor es el único incendio que merece la pena.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_