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Aún quedan restos calcinados sin identificar

Ayer siguió siendo un día de luto en Zaragoza. Más de 3.000 personas acudieron a la catedral de la Seo al funeral por las víctimas del incendio del hotel Corona de Aragón, que arroja ya el balance de 73 muertos y tres desaparecidos. La polémica sobre las medidas de seguridad del hotel y el origen del fuego creció ayer, y el Gobierno Civil volvió a negar la posibilidad de un atentado. Igualmente, la Capitanía General de la región desmintió supuestos incidentes en la Academia General Militar protagonizados por los cadetes. En relación con el incendio, el Grupo parlamentario Comunista presentará una interpelación al Gobierno. Informan desde Zaragoza nuestro corresponsal José Luis Costa y los enviados especiales Jesús Ceberio y Jesús de la Heras

Entre las tremendas anécdotas sucedidas en el incendio del hotel Corona de Aragón se siguen conociendo algunas de especial relieve. En una de las habitaciones fue hallado «un bloque calcinado que formaban un matrimonio y su hijo unidos en un estrecho abrazo», según dijo un funcionario del centro funerario del cementerio municipal de Torrero. El gerente de la funeraria La Estrella, Ramón Unzueta, cuenta que acompañó al hotel la noche anterior a un vecino suyo: «Y ha muerto. Se llamaba Tomás Revuelta, casado, padre de una hija. Tenía 53 años y era representante. Había venido a Zaragoza, desde La Coruña, por razones de negocios y debía haberse marchado a las 6.30 de la mañana. Se ve que se durmió y eso le resultó fatal. »Olor a quemado

No resulta menos espeluznante el relato que hace cualquier superviviente. Manuel Nebra, venezolano de nacionalidad, catalán de nacimiento, 65 años, se ha salvado, al igual que su esposa, y ambos están ingresados, por intoxicación de monóxido de carbono, en el Clínico. «Regresábamos de ver a la familia en Barcelona. Habíamos parado en Zaragoza para estar con unos amigos, nos instalamos en el hotel la tarde anterior al desastre. Nos despertarnos a las 7.30 o a las ocho, mi mujer dice que eran las ocho», empieza a narrar el señor Nebra. «Sentí un fuerte olor a quemado. Creí que era en el baño, pero no. Fui a abrir la puerta de la habitación y menos mal que no pude, la cerradura se había dilatado. Abrimos el balcón y vimos el humo. Ya estaban los bomberos y nosotros no habíamos oído nada, ninguna alarma. Estábamos en la habitación 325, tercera planta. Atamos sábanas al balcón, pero se quedaban cortas para llegar al suelo. La escalera de los bomberos pasaba de largo. Debían vernos de pie y atendían a otros en peor estado. Fui a decirle a mi mujer que se preparase a bajar y ya la vi inconsciente. Es que venía una nube de humo tremenda. Hice señas hacia la escalera de bomberos y entonces vino, yo cargué a mi mujer y bajamos.»

Este hombre opina que la asistencia sanitaria ha sido inmejorable, pero critica que una ciudad como Zaragoza disponga «de tan mal equipo técnico de bomberos». «Hasta la manga echaba agua por montones de sitios. Los bomberos, en cambio, trabajaron con un tesón y una entrega admirables.»

"Pensé tirarme a la calle"

De forma similar se manifiesta el alemán Hans Gert Bueycker Loens, ingeniero químico de 55 años, residente en Barcelona, donde trabaja en la empresa Bayer. Este hombre cuenta así su experiencia: «Estaba en el hotel con un amigo que ocupaba la habitación de al lado. El ha muerto. Yo estaba enojado con la centralita de teléfonos, porque no me daba comunicación. Me decidí a salir a protestar personalmente, y al abrir la puerta vi llamas y entró humo. Cerré por instinto, me puse un pañuelo en la boca y me fui al balcón, estuve allí unos tres cuartos de hora, hasta que fui rescatado por los bomberos. Ya empezaba a notar la asfixia, me dolía la cabeza, se me cerraban los ojos, me fallaban las fuerzas. Entre tanto, vi a mi amigo caído, muerto, en la terraza. Pensé en tirarme a la calle, pero sólo como último recurso. »

Hay otro matrimonio, el de Jorge Utrilla Ariño y Aurora Medilero, con dos hijos, que, por fin, se han reunido todos a salvo. Uno de los pequeños se daba por muerto. Apenas pueden hablar, pasan por un continuo estado emocional de fuerte crisis que los sume frecuentemente en el llanto.

Otro hombre herido insiste en la búsqueda de su suegro. Guillermo Madariaga está convaleciente junto a su mujer, Lidia Aínsa, y su hijo José María. Aquél habla de que su suegro, Santos Aínsa, ha desaparecido. Dice que tiene 71 años, pelo blanco, que iba vestido y con documentación, y que llevaba en un dedo un sello blanco con las iniciales «SA». Nadie encuentra a este anciano.

La tensión y la tragedia no han terminado

Mientras tanto, entre los heridos, se teme que se produzcan más víctimas. Por ejemplo, una señora, Begoña Alvarez, mantiene un estado clínico, al parecer, irreversible. La esposa del general Vigón, Concepción García Llorente, sigue muy grave. Alfredo Martínez ha sufrido un infarto después de estar ingresado. En resumen, la tensión y la tragedia no han terminado.

Simultáneamente, se sigue trabajando en medidas de seguridad respecto a los escombros en el hotel, así como en la búsqueda de posibles víctimas y objetos. La empresa Turismo Zaragoza, SA, ha tenido, al menos, una reunión extraordinaria del consejo de administración para tratar el tema, aunque no ha facilitado información sobre ello, si bien parece que los daños materiales los calcula en unos trescientos millones de pesetas. Los trabajadores han salido a los pueblos donde serán enterrados sus compañeros muertos. Y entre el Instituto Anatómico Forense y el nuevo centro funerario del cementerio de Torrero se han hecho los preparativos adecuados para la identificación de cadáveres, su instalación en velatorios, así como el traslado a los distintos lugares donde recibirán sepultura.

Traslado al centro funerario de Torrero

Como ya se ha informado en un principio, los cadáveres fueron trasladados al Instituto Anatómico Forense. Este es un edificio vetusto, de pésimas condiciones ambientales e higiénicas. Por decisión del Ayuntamiento, los cadáveres fueron trasladados, a medida que se identificaban, a un moderno edificio -aún sin inaugurar oficialmente- en el cementerio de Torrero, destinado a centro funerario, con cámara frigorífica, velatorios, capilla para diversos cultos religiosos y crematorio. En la vieja morgue, más propia de una historia tenebrosa del siglo pasado que de una ciudad europea de finales del siglo XX, los cadáveres se agolparon en el suelo de una pequeña habitación, que muy pronto se llenó de moscas.

El traslado al centro funerario de Torrero continuó ayer por la mañana. Entre los últimos identificados se encuentra una empleada del hotel, María Teresa Berdor Labe, que fue reconocida por un reloj de pulsera que había adquirido pocos días antes. Su cuerpo estaba completamente calcinado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 14 de julio de 1979

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