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CARTAS AL DIRECTOR

Reivindicación de Malasaña

Cualquier madrileño que leyese la Hoja del Lunes del día 7 y no conozca la plaza del Dos de Mayo habrá quedado escandalizado de lo que allí puede suceder, y si pasa cerca, se esconderá de portal en portal, pedirá protección policial o poco menos.Y es que R. López Izquierdo (a cuyo segundo apellido no hace honor) publicaba en la última página una sarta de insultos hacia quienes por allí deambulamos, bajo unos titulares tan alarmistas como «Desde el atardecer, prohibido el paso.»

El barrio de Malasaña y su corazón, la plaza del Dos de Mayo, se están convirtiendo, gracias a quienes lo habitamos y visitan, en un rincón lleno de sabor y personafidad, como ya quedan muy pocos en las monstruosas urbes como Madrid.

Malasaña es un ejemplo a seguir por todos aquellos que luchamos por vivir humanamente, no por sobrevivir como nos impone esta sociedad de consumo. Malasaña ha conseguido tirar abajo el plan que le condenaba a desaparecer como .barrio y pasar a engrosar la colmena humana (mejor dicho, deshumana) que hoy es en gran parte Madrid. Las fiestas del 2 de mayo son, con las de San Isidro, las más representativas de Madrid y pioneras en la rehabilitación del carácter popular de los festejos de barrio, que se habían venido perdiendo durante los forrenta años.

Los cafetines de Malasaña están engendrando un círculo ambiental (abierto siempre al que quiera, al contrario que los clubs privados, sólo para adinerados) donde poder ir con los amigos a relajarse, como ya no queda ninguno en Madrid.

Pero parece ser que todo esto desata las iras de los que con Franco se divertían mejor, de los que parece ser el señor López, que califica de «cuartel de maleantes donde se dan cita el vicio y la delincuencia», a un lugar donde nunca ha habido violaciones, tan frecuentes en la Costa Fleming o Capitán Haya, zonas pobladas por «patriotas» (de los de la bandera en la solapa, vamos), adinerados, trajeados y de buen vivir; tampoco hay asesinatos, cosa de la que no pueden jactarse los vecinos de la sacrosanta «zona nacional» (bien reciente está el perpetrado por los descendientes de Hitler.). Y yo puedo asegurar que en un año que llevo habitando en el barrio no he visto ni una sola pelea callejera, a pesar de que frecuento mucho los cafetines.

Tampoco es cierto que los vecinos estén muertos de miedo y odien a esa «juventud desquiciada» de la que habla el articulista, porque son conscientes de que ésta ha jugado un papel importante para que el barrio no cayera a golpes de piqueta; ni que los propietarios de bares cierren antes por temor, más bien es al revés; los únicos que tienen especial interés en ello son quienes ordenaron la clausura, recientemente, de La Aurora, uno de los cafetines más tranquilos y encantadores, mientras toleran algunos locales por otras zonas donde incluso existe la trata de blancas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 12 de mayo de 1979