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Crítica:

La música inconcreta de Mike Oldfield

El pasado lunes y en sesiones de tarde y noche, recital madrileño de Mike Oldfield, su orquesta y sus coros. La primera diferencia registrable con respecto a otros conciertos era un público pacífico y tranquilo que guardó una «religiosa» cola y que no protestó ante el hacinamiento del pabellón del Real Madrid o el ambiente sofocante que provoca su falta de ventilación. Incluso el rey don Juan Carlos se interesó por unas entradas.Mike Oldfield se presentó sobre un escenario desnudo, con luces blancas y una pantalla enorme donde, de cuando en cuando, se realizaban unas proyecciones bastante sosas. El verdadero espectáculo consistía en ver a tanto músico sinfónico, tanta percusión, tanto coro y, en fin, tanto personal sobre el escenario.

El concierto parece que gustó, a pesar de que se escuchara algunos gritos de protesta. En realidad, Oldfield no engañó: hizo completo su último elepé Incantations y alguna cosa de sus anteriores. Ocurre, sin embargo, que la orquesta llevaba unos arreglos vulgares, que el resto de los instrumentos tenían un papel tímido y algo absurdo y que Oldfield tiene una carencia de técnica guitarrística lamentable. Mal está que desafinara de una manera constante, porque, al fin y al cabo, esto lo hacía también el resto de sus músicos. Lo peor es que con todas las posibilidades que tenía para hacer algo notable, el concierto se convirtió en una repetición constante de fórmulas y sonidos que daban por resultado una música inconcreta, inocua y castrada, cuyo verdadero espacio se encuentra en los hilos musicales de los autoservicios. Es música para alterar a las fieras, pero el público presente no era una fiera: era gente entregada ante un mito supervalorado y ante el cual sólo era posible la bronca o la rendición. Obviamente, se optó por esta segunda posibilidad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 4 de abril de 1979