Reportaje:EL DÍA QUE SE APROBÓ LA CONSTITUCIÓN

El salto a un nuevo día

Ayer fue el miércoles 6-D. La historia española de estos últimos años se nos está llenando de siglas numeradas. Ayer fue el 6-D y fue un día que para muchos duró 48 horas. Ayer todo se salió de la rutina y se impregnó de vértigo y espera. A Felipe González se le olvidó el cumpleaños de su hijo David, bloqueada su memoria paternal con papeletas. A Martín Villa se le olvidó el carnet de identidad en el colegio electoral: a cada cual se le olvida lo más significativo y sintomático. Suárez no se le olvidó nada en todo el día, desde que desayunó con su mujer, allá a las ocho. El Rey tuvo calma como para preparar discursos para el próximo domingo. Fraga se comparó con las madrugadoras y muy cívicas monjas. Carrillo tuvo que sudar una bronquitis febril que le impidió fumar sus múltiples cigarrillos. Leizaola estuvo preparando en París el archivo del Gobierno vasco para regresar a España. Y es que, quizá, con el 6-D volveremos de una vez todos a casa.

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Ya está el maldito despertador destrozando el ánimo y el oído, como siempre. Como ayer se acostó más ¡arde que de costumbre (la chavala, los troncos, unos cubatas), Manolo el Vespa se siente hoy particularmente desgraciado, casi sin fuerzas para afrontar el madrugón. Bueno, como hoy sólo hay curro hasta las doce podrá dormir más tarde. Las seis y medía. Hay que levantarse a las seis y media para llegar a tiempo al taller mecánico en el que trabaja, allá por la avenida de Aragón, lejísimos. de la casa paterna, que está en el barrio de Tetuán (Madrid). Pero el taller es de un familiar, y ya se sabe lo difícil que está la cosa del empleo, así es que Manolo lleva varios meses ahí de aprendiz.A Manolo -diecinueve años, abundante pelo rizado, una estatura escasa que él refuerza con botas de tacón- le han puesto los compañeros el sobrenombre de Vespa porque lo que quiere es ser como Angel Nieto, un campeón de las dos ruedas, y durante mucho tiempo no ha tenido pasta mas que para una Vespa costrosa, y la gente es muy guasona, ya se sabe. Ahora, eso sí, se acaba de agenciar una Ducati 250 cc., de segunda mano, pero que revisada y repintada por él ha quedado la mar de maja.Pero hoy por si faltara algo para este maldito día, está lloviendo y se va a mojar a lomos de la moto.

Está de mal humor hoy Manolo, está deseando que pase de una vez el dichoso referéndum, que los amigos le han estado dando la paliza de mala manera, que el Paco, ese del taller, el que está en CC OO, ha estado comiéndole el coco una inmensidad, que si tienes que votar, macho, que si lo que quieres es que losfachas nos coman el terreno. Pues, no, Manolo el Vespa no vota. Aunque sea la primera vez que puede hacerlo. Que ya se sabe que los políticos son todos unos chorizos que lo único que hacen es jugar con la gente mientras van a lo suyo. Unos manipuladores, como diría El Chepa, que es anarquista. Así es que Manolo no vota, vaya. Y ya va siendo hora de levantarse, que después de todo va a llegar al curro tarde.

Próximo a la plaza de Roma, poco antes de las siete y media de la mañana, Juan García Carrés («abogado, patriota, sindicalista y falangista de José Antonio», como él mismo dice) despereza sus 108 kilos y se dispone a dar el salto a un nuevo día. Y es la de hoy una fecha significativa: «Aún es posible evitar la desmembración de España; aún no se ha consumado la operación conjunta UCD-marxismo; aún no se ha aprobado la Constitución.» Ha descansado bien: anoche, como la televisión estaba aburrida, se acostó pronto. Gracias a eso hoy se encuentra perfectamente lúcido, dispuesto a cumplir su responsabilidad ciudadana: trabajará un poco en su despacho y luego irá a depositar su muy sincero no a las urnas.

A las ocho menos cuarto, Rodolfo Martín Villa se despierta en Castellana, 5 (eso de haber tenido que dejar-su bonira casa de la zona del paseo de La Habana para vivir aquí, por razón del cargo, por trabajo y seguridad, es una pena, pero ... ) y piensa que hoy le espera un día largo y agotador. Ha dormido bien, sin embargo, el ministro del Interior, tiene una sorprendente capacidad para conciliar el sueño -esas siete horas que le son tan necesarias- pase lo que pase. Y hay que reconocer que a él le pasan muchas cosas. Bueno: lo primero es echar una mirada a los periódicos, recibir los sucesos y, sobre todo, tomar contacto con el Gabinete de Información de Orden Público, ese gabinete especial para el referéndum, que funciona desde las doce de la noche del día 4. Está previsto que se le manden informes de dos en dos horas, a las nueve, a las once, a la una, así sucesivainente. Hoy va a tener que estar atado a su silla de despacho, que también están ahí en constante funcionamiento las líneas directas telefónicas con todos los gobiernos civiles. Claro que tiene que ir a votar.

En principio, puede marchar tras el informe de las once. En su colegio, en la calle de Honduras, estará esperándole su mujer, Maripi, que está de interventora por UCD. Hoy no van a poder ver a los niños, a Gonzalo y Rodolfo, o Popi, como le llaman en casa, y coneso de que no tienen clase pueden dar una guerra infernal a sus cuidadores. Todo está a punto: el rostro de Martín Villa, mientras sorbe su café mañanero, adquiere esa expresión de reconcentrado enfurruñamiento que le es tan propia en momentos de actividad y urgencia.

En este miércoles lluvioso el país se ha puesto madrugador. Algunos arrastran por sus colegios ojeras de vigilia. A primera hora de la mañana se han reunido Suárez y el teniente general Gutiérrez Mellado. Después, sobre las nueve y media, han salido a votar, cada uno con su mujer respectiva; es un deber familiarmente compartido. Amparo, la mujer de Suárez, deposita primero su papeleta; son las diez de la mañana. Inmediatamente después, el presidente. Luego tiene que responder a las preguntas de los informadores, ya se sabe, «vislumbramos un futuro optimista que ... », «conseguiremos llevar a este país a las cotas de libertad ... », esas frases coyunturales que Suárez expresa con firmeza y en un tono sabiamente impregnado de serenidad - y - confianza - en -el -futuro. Se ha levantado a las ocho y hoy ha de hablar con Manuel Ortiz, con Meliá, con Martín Villa, con Rosón... A última hora de la mañana despachará con el Rey, quizá se quede a comer incluso en La Zarzuela. Por ahora, parece que todo marcha bien.

La cara empolvada

Presurosos y algo húmedos, los ministros, los ministrables, la posición y la Oposición se acercan a las mesas electorales. Son los protagonistas de las primeras horas, porque en ésta mañana temprana no hay muchos votantes, realmente. Los políticos sí. Los políticos acuden como un solo hombre. Rosón inaugura su colegio. Oreja no ha sido reconocido y ha tenido que enseñar su carnet de identidad a la mesa, perdone usted, señor ministro, pero es que... Fraga, enfundado en un abrigo beige, vota a las nueve y diez, bien rodeado por sus guardaespaldas. Democráticamente, Fraga Iribarne ha guardado cola. Después, saluda con enérgicas sonrisas a los vecinos que se acercan a hablarle. Los fotógrafos disparan sus flashes. Unas monjitas, con sutiles y evangélicos codazos, han logrado situarse junto al líder en el momento de los retratos. Fraga está exultante: «Soy un ciudadano responsable», dice, orgulloso de su germánica puntualidad. «Aquí hay ciudadanos responsables que madrugan: monjas, profesionales, yo mismo.» Cuando se desprenda de las monjitas se trasladará a la sede de Alianza Popular (AP) a seguir las incidencias del día. Un breve descanso previsto: una comida. con amigos. Todos de AP, por supuesto.

Hay monjas por todas partes, sí. Suárez saludó a unas en su colegio electoral. Las religiosas de clausura del Real Monasterio de las Huelgas, en Burgos, van saliendo a votar al mundo ancho y ajeno de dos en dos, sucesivamente, para que la clausura sea sólo rota en plazos. ¿A quién escucharán más estas monjitas, al cardenal primado de España, Marcelo González, que mandó su no por correo el pasado jueves? ¿A Tarancón, quizá?, que al votar a las diez de la mañana ha dicho que la Constitución significa la confirmación de la democracia? Un periodista ha preguntado a Tarancón si Dios ayuda a quien madruga: es una pregunta que apunta a Fraga. Y el cardenal ha contestado: « Dios está para otras cosas. »

La vida española carece hoy de fuertes tensiones. ¿Aburrimiento? Sí, quizá sobrenade cierto aburrimiento popular en el ambiente. En el colegio Divina Pastora, en la calle García Morato, de Madrid, un joven moreno preside la mesa. Eso no es extraordinario. Lo sorprendente, el pasmo, comienza al ver su indumentaria: sombrero de fieltro negro, camisa ibicenca, pajarita amarilla, traje negro y chaleco. Tiene la cara empolvada y en ella se pinta una amplia sonrisa blanca de payaso. Algunos votantes se indignan: «Sí, sí, a ese le conocemos, es un simpatizante de Fuerza Nueva.» Enrique Herranz, sin embargo, dice que no pertenece a ningún partido. Estudia Arquitectura y está a punto de terminar la carrera: «Yo no conecto con organizaciones sino con la gente, ¿sabes? Me he pintado así porque creo que es más adecuado, ¿no? Su claque, unos cuantos amigos que han venido a acompañarle, le animan y jalean unos metros más allá. Y. como suplente de su misma mesa está su padre, el rostro serio y enfadado. «Se conoce que el señor no quería presidir una mesa», comenta un cabo de la Policía Armada de la puerta, señalando al blanquecino presidente, «pero como es muy educado y no arma follón y sólo protesta así, pues nada, ahí está».

En toda España se vota. En Tarragona, una empresa ofrece a sus trabajadores 2.000 pesetas en lugar de las cuatro horas de permiso para no interrumpir la cadena de producción, pero sólo aceptan dos obreros.

En Granada, capital y provincia, jóvenes con brazaletes rojiazules de Fuerza Nueva revolotean por los colegios: miran amenazadoramente, algunos votantes tienen miedo y se retraen. En Fuentevaqueros (la patria chica de García Lorca) y en Cijuela, incluso, una decena de muchachos han intentado echar del colegio electoral al apoderado del PSOE: gritos, empujones, tensiones. Al final, no lo consiguen. Empiezan a aparecer papeletas extrañas y volanderas por toda España: dicen sí, han sido repartidas en los buzones, y el papel está teñido de rosa o azul celeste. Son unas papeletas que invalidarían el voto; se habla de una maniobra de dispersión amparada en esa delicada trampa de color.

En Barcelona, una señora de avanzada edad se presenta en su colegio con tres papeletas de no en la mano: «Tiene usted que utilizar una sola», dice el presidente de mesa, «un solo no, señora». A lo que ella responde: « ¡Pero si lo que yo quiero es votar sí! »

"Os vais a mojar"

En el Poblado de la Alegría -irónico nombre para un poblado madrileño de miseria y chabolismo- noventa familias esperan la llegada de su líder, Antonio, el que trabaja con Juan de Dios, el diputado gitano, que es el que sabe de estas cosas. Sólo esperan que la Constitución les arregle las casas. «Nos las dieron por cinco años y ya llevamos catorce. Y mi casa se me cae», dice una gitana arrugadita, mostrando su chabola. Son, sin embargo, franquistas estas familias gitanas: prefieren no tener jaleos, han mascado mucho miedo. «Lo primero, que nos arreglen lo de la vivienda. Después, lo de la cultura. Y ahora esperaremos al Antonio; cuando venga, por la tarde, votaremos.» Amparados unos con otros en ese cobijo mutuo del marginado.

Madrid está atascado por un tráfico perezoso y erizado de bocinas. Martín Villa espera la llegada del Rey al colegio de El Pardo durante más de media hora; ha cambiado sobre la marcha sus planes del día, con tanto tapón de coches, con los retrasos. Al fin llegan los Reyes, sobre las once y cuarto. Sigue lloviendo y se protegen con paraguas y gabardinas. «Os vais a mojar», dice don Juan Carlos a un grupo de niños que le miran tímidamente. Ahora, el Rey ha de volver a La Zarzuela, tiene citado a Adolfo Suárez. Por la tarde, aprovechando que hoy en principio no hay audiencias previstas, puede que se dedique a trabajar en el discurso de recepción del presidente de Finlandia, que llegará a España el próximo domingo. Y esperará los resultados.

Después de acompañar al Rey, Martín Villa parte presuroso a su colegio. Maripi, su mujer, le besa: es un publicitario beso de interventor ucedista. Con las prisas -se ha hecho ya tarde, tan tarde- el ministro del Interior olvida en la mesa el carnet de identidad. Es Maripi quien ha de alcanzarle y devolvérselo. Ha de volver a su despacho. Leyendo los últimos informes, ya sentado en su conocido sillón, comenta: «Hay mucha tranquilidad.»

¿Qué pensará doña Carmen?

Tranquilidad y alto abstencionismo, también, en el País Vasco. Se habla de un posible boicot a las votaciones por parte del PNV: ¿esos presidentes de mesa que no admiten votos cuando el carnet de identidad está caducado, esos colegios electorales que tardan infinitamente en despachar las inquietas y enfurecidas colas de votantes? Hoy, con 78 años, ha muerto la madre de Juan María Bandrés, el senador de Euskadiko Ezkerra.

En zonas conflictivas del país, como en el País Vasco, ha sido aplicada la fase alarma del plan especial de seguridad. En el resto de España se vive la fase alerta, que no altera en modo alguno la vida cotidiana. En la plaza Mayor de Madrid varios equipos de obreros han comenzado a instalar las casetas de venta de futuros y navideños confetis, serpentinas, pastorcitos y bolas plateadas.

José Fonseca, cabo primero de la Policía Armada, madrileño, 46 años, cumplirá el que viene sus bodas de plata con el Cuerpo. Ha en trado de servicio a las siete de la mañana por tiempo indefinido: «Con el otro referéndum nos pasó lo mismo: hasta que no se recuentan los votos no podemos irnos a casa.» Es un largo día y una agotadora noche, por tanto, lo que le es pera por delante. Pero, por lo menos, todo está en calma: «Está saliendo todo muy bien, ¿verdad?», comenta Fonseca, «yo voté ayer por correo, como cualquier otro ciudadano».

Como cualquier otro ciudadano ha ido a votar José María de Areilza, por la mañana, a su colegio de Aravaca, cerca de Madrid Pero su nombre no figuraba en el censo. Con buen humor volvió a su casa. Al poco, ha llegado un atribulado agente de la autoridad, disculpe usted, se ha tratado de un error... Y hay que volver a desplazarse al Colegio.

Santiago Carrillo, mientras tanto, cuida sus bronquios en la cama, esos bronquios castigados por tan tos años de cigarrillos. Hoy se ha levantado febril y enfermo, afónico de los mítines, tiritón de quizá cercanas gripes. Así es que, tras ir a votar a las nueve de la mañana bien envuelto en una bufanda abrigadora, ha decidido (o han decidido los compañeros de Castelló calle en la que se encuentra la sede del PCE, por donde ha pasado un momento) meterse en la cama Como su mujer, Carmen, está de interventora en su mismo colegio, Santiago ha de contentarse con rumiar en solitario su bronquitis. El termómetro no es nada alentador: el mercurio ha alcanzado los 39 grados.

En la sede del PSOE, en García Morato, todo habría estado hoy perfectamente tranquilo sí no fuera por la barahúnda que organizan los muchos niños que hay allí. Tal parecería que los ejecutivos del partido han sido este miércoles sustituidos por sus delfines. Pero es que los niños de socialistas -ellas y ellos-, que hoy están sin colegio y con unos padres extremadamente ocupados, han de recogerse en algún sitio. Precisamente hoy es el cumpleaños de David, el hijo me diano de Felipe González, y cuan do éste se ha levantado a las nueve y media de la mañana ha recordado el dato familiar con espanto con tanto trajín se había olvidado de la fecha y no hay nada previsto para festejar al pequeño. Menos mal que ahí está ese personaje tan valioso, Juanito, el chófer-secretario-amigo-confidente, que se encargará de comprar tarta, regalos, velas, todo lo necesario para dar a David un cumpleaños constitucionalmente normal.

A las once fueron a votar Felipe y Carmen, y los vecinos han empe zado a canturrear a su paso: «Que se vea, que se vea.» El voto, claro está. Así es que Felipe ha enseñado su sí impreso, antes de depositarlo en la urna, antes de regresar a casa. Hoy piensa pasar en casa la maña na y para festejar el día invita a sus cuatro policías y a los dos compañeros del PSOE que le siguen a todas partes -esa escolta obligada- a tomar con él un café y una copita de coñac. Tras unas cuantas risas, los cuatro policías se han levantado en combinada acción: «Bueno, también nosotros nos vamos a votar, volvemos luego.» Hoy es uno de esos extraños y felices días en los que Felipe González va a poder comer en casa.

Carmen Polo de Franco, que ha votado en El Pardo, también come en casa con su hija y alguno de sus nietos. No piensa salir hoy: la votación ha sido y será la única incursión en el Madrid lluvioso. ¿Qué pensará doña Carmen? ¿Qué habrá pensado durante la campaña del referéndum, «para acabar con las leyes del franquismo»?

Blas Piñar. Blas Piñar, por ejemplo, fue a votar a primeras horas de la mañana a su colegio. Casualmente le toca el situado en la Fundación Generalísimo Franco. Llegó sobrio y serio, dijo que su voto «ha sido un no con el tamaño que permite la papeleta, porque si no hubiera sido mayor».

Y García Carrés. Después de trabajar durante tres horas en su despacho (ese retrato de Girón al óleo, esas fotos múltiples de Franco, de uniforme o de paisano, esa instantánea en la que se ve a García Carrés, voluminoso y atento, dando el pésame a la señora de Meirás) ha salido a eso del mediodía a votar: con su no intentará ganar la última batalla contra la nueva democracia. Por la calle, camino del .colegio, dos señoras le detienen: «Seguro que habremos votado lo mismo usted y yo», dice una, sonriente. Es un saludo-consigna. «La popularidad no me molesta», comenta, afable, García Carrés. «A mí me quiere mucha gente.» Ya en el colegio, «la vida es un pañuelo, tengo que votar en la Mutualidad de Actividades Diversas», García Carrés explica su voto negativo con algunos amigos: « Dudo que los resultados sean sinceros... ¿Cómo te puedes fiar de estos demócratas de hoy que, en mis tiempos, me pedían que les incluyera en las audiencias que me concedía Franco? Porque a mí Franco siempre me distinguió en sus audiencias. Me llamaba a despachar con mucha frecuencia. De pronto, sus ayudantes me llamaban y me decían: que su excelencia quiere verte. Y yo iba a El Pardo y charlábamos durante mucho tiempo. Le preocupaba, fundamentalmente, la situación de los más humildes.»

Dinero a cambio del "no"

Dice García Carrés que él llegó a las Cortes por el sindicalismo: «A mí un día me llamó Carrero y me dijo: "Convendría que tú estuvieras en las Cortes." Yo le dije: "Pues que el Caudillo me haga consejero nacional." "No es posible -me respondió-, ya están cubiertos." Entonces me ofrecieron el Sindicato de Actividades Diversas.» Y cuando ha de depositar el voto, García Carrés pregunta si es necesario cerrar el sobre. La presidenta de la mesa contesta con una sonrisa. « Seguro que ha pensado que no era necesario», dice Carrés, «pues sabe que he votado no».j

Jóvenes ultraderechistas, mientras tanto, han escamoteado en diversos colegios electorales las papeletas del sí. Dicen que en Almería, en el barrio obrero de Pescadería, la pareja de la Policía, Armada que abrió el colegio retiró al mismo tiempo las papeletas afirmativas con discreta eficacia. En la casa del pueblo del PSOE en Madrid un grupo poco numeroso de militantes derechistas han intentado forzar la fuerta. Revientan la cerradura, pero no consiguen abrirla. Algunas amenazas de bomba, repartidas por España: luego son mentira.

Y en Valladolid, la nota nostálgica y estentórea que protagonizó esa señora de edad madura, la que se dirigió a la urna para depositar su voto componiendo una extraña figura de ballet sin música, el brazo en alto y gritando «Viva Franco y Arriba España.» Y en Barcelona, en el barrio San Gervasio, han denunciado el sinuoso comportamiento de algunas personas que, apostadas a la puerta del colegio, ofrecían dinero a cambio de votos con el no.

«Yo no he votado.» Lo dice Eleuterio Sánchez, el Lute. Y no es que no quiera hacerlo, no. La Constitución le gusta, le parece un paso importante. Pero El Lute, nómada cuando no ha sido preso y preso cuando no ha sido nómada, no está en ningún censo. En esta situación se encuentra la mayoría de los presos. Así es que entre esto y que los que están censados pasan de Constitución, hay en las cárceles de Madrid un clima de abstención generalizada. Como dice ese viejo recluso anarquista: «En la cárcel vemos las cosas como presos. Y la Constitución no mejora nuestra vida, incluso la empeora. Prohíbelos indultos generales.» Los presos de Carabanchel han podido votar por correo. Para informarles se han repartido cuatrocientos ejemplares del texto constitucional y han tenido la prensa, la radio, la televisión. «Pero muchos días estamos sin luz. Un día sí y otro no, por no decir más.» Total, que de Carabanchel no han salido más allá de diez votos. Patxi Etxebarría será juzgado el próximo día 11, acusado de terrorismo. Está en el sumario del asesinato del anterior director general de Prisiones, Jesús Haddad, aunque no como ejecutor. « Me detuvieron a tiros. A poco no me matan. Un guardia resultó herido.» Patxi está en contra de la Constitución: «Soy de los GRAPO. Somos los representantes de los presos políticos y estamos en huelga de hambre desde ayer, como protesta contra esta Constitución. Con ella sólo se acentúan los poderes represivos del Estado. La Constitución es otra manera de ejercer la represión sobre nosotros, como la cárcel.»

También están en huelga militantes de ETA, y los de la Copel. Y mientras tanto, Carabanchel muestra sus dos galerías restauradas y todavía vacías hasta que estén totalmente terminadas, y otras dos casi completamente derruidas, en las que se encierran más de novecientos presos, el triple de su capacidad real, viviendo este día gris, de abstención casi total, este día que se impregna de la monotonía carcelaria.

La aldea de los cuatro votos

La sección abierta de Alcalá de Henares tampoco vota mucho, Alcalá, como dice el recluso David, «es la presería de lujo». Y añade: «Dentro de una cárcel con 36 millones de presos, nosotros somos los que estamos en celdas de castigo. Y no hablo por Alcalá, hablo por los presos en general. »

En el Palacio de Congresos y Exposiciones, donde está el Centro de Prensa del Referéndum, la tensión va aumentando, y se espera que el máximo de concurrencia e intensidad sea a la 1,30 o dos de la madrugada, cuando se den los primeros resultados generales. De todas formas, la tensión ya se ha cobrado la primera víctima: a eso de las once de la mañana, Salvador Echave, de dieciocho años, empleado en el servicio de reprografía del Centro de Prensa, se ha tragado nueve grapas en un momento de aturdimiento constitucional. mientras archivaba unos comunicados de prensa con las fatídicas grapas en la boca. Trasladado al botiquín del Palacio de Congresos el médico de guardia le ha recetado que se coma una buena cantidad de espárragos para facilitar la expulsión de los objetos metálicos. Y dispuesto a devorar toda la tarde, Salvador se dio la baja y se marchó a su casa.

Corre la voz por Madrid: mucha abstención en el País Vasco; mucha, también, en Galicia. En un colegio electoral de Oroso, en la provincia de La Coruña, la mesa electoral está instalada en una escuela destartalada. En otra mesa cercana a la de la urna, un grupo de personas está montando un nacimiento navideño, ajenas a todo. En la pared, Franco y su testamento, también el Rey y el mensaje de la Corona. Tres horas y media después de ser abierto el colegio de Oroso, sólo han acudido a votar 47 personas, de un censo de 1.140. Dominga Raña, una mujer de 68 años de la aldea de Trasmonte que ha tenido que viajar cinco kilómetros para llegar aquí, comenta: «Vengo a votar para ver lo que pasa: el que sale de casa siempre ve algo.» Hay otra mujer, mayor también, que se enfada porque no le cogen los votos que traía de parte de varios familiares y vecinos. Es esta una práctica muy común en Galicia, y se permitió todavía en algunos casos en junio del 77. Está aún pendiente de los tribunales de justicia un caso en el que votaron tres muertos y varios emigrantes que tienen su residencia en América desde hace muchos años a raíz de las pasadas elecciones de Cámaras Agrarias en la provincia de Orense.

Y en Murcia. En Murcia, en el municipio de La Unión, el presidente de mesa Rufo de Garra exige a sus padres que le muestren el documento de identidad, cumpliendo así quién sabe qué secreta venganza filial o respetando con milimétrica conciencia las leyes electorales.

En algunos sitios las votaciones ya han terminado. En los municipios pequeños, en las aldeas, como Penalcázar, en Soria- son sólo cuatro vecinos, de modo que tres formaron la mesa electoral -todo un despliegue democrático frente al cuarto vecino-, y luego de recibir el voto, depositaron ellos mismos, unos tras otros, su papeleta. Ni una sola abstención, curiosamente.

Tarradellas, que votó por la mañana, ha recibido después al duque de Kent. Una charla distendida, muy a lo gentleman. Más tarde, almuerzo de la Cámara de Comercio, Industria y Navegación. Y después, una tarde presidencial repartida entre el despacho y el descanso doméstico.

Xirinacs, un voto y dos pellículas

Lluis María Xirinacs, en cambio, ha preferido ofrecerse a sí mismo una tarde más amena en esta Barcelona común. Se ha levantado pronto Xirinacs y ha estado trabajando, analizando el proceso de elaboración del Estatuto de Autonomía de Cataluña. Después fue a votar, como a las doce. Un voto, como proclamó a todos los periodistas «que es y será secreto». Aunque en las Cortes haya votado no. Ahora, Xirinacs se va a permitir una tarde de asueto. Se va al cine, al Ars, a ver un buen programa doble: Winstanley, de Browlow, y Jonás cumplirá los veinticinco en el año 2000. Y después, naturalmente, una cena temprana y bien acompañada en el restaurante Casal de la Pau, junto con los miembros de un colectivo de no-violentos, por supuesto.

Gonzalo Martín Vivaldi, periodista, profesor de Redacción, está algo alicaído en este día. Lleva desde el lunes con una fuerte gripe y sin salir, pero pese a la fiebre va a acercarse al colegio electoral, a decir sí. Sí, entre otras cosas,"para que no se reproduzcan las situaciones que vivió en aquel año 47, cuando el referéndum de Franco. Cuando él fue nombrado -bien a su pesar- suplente de uno de los adjuntos de la mesa. Después el adjunto falló y él tuvo que ir al colegio, allí, en el barrio de Figares, de Granada, un colegio electoral de lente acomodada, de burguesía media. Y bueno, allí fue testigo, cuando se cerró la urna, del recuento. Apenas el 50% de síes, increíble. En una mesa de gente más bien acomodada. En un sector en el que se esperaba la afluencia de votantes. Y allí, allí también, Martín Vivaldi fue testigo inerme y escandalizado de la solución tomada por el presidente de la mesa: había que llegar a un porcentaje afirmativo superior. Y el presidente y otros dos compañeros rellenaron pacientemente papeleta tras papeleta. Aquel colegio dio el 92% de votos afirmativos. Y Martín Vivaldi, hoy, sí vota.

De su misma época, de parecidas vivencias por tanto, pero decididamente abstencionista, Eduardo Prada, vicepresidente de Acción Republicana Democrática Española (ARDE), ha ido a trabajar corno todos los días a la compañía de seguros en la que está empleado. No vota, pero permanece atento a la radio y a la televisión. Mantenerse al tanto de los acontecimientos es una labor política.

«Hola. ¿Dónde se vota?». Gloria Hernández, dieciocho anos recién cumplidos, estudiante de Medicina en la Autónoma de Madrid, ha abordado al guardia de la puerta con su pregunta. El agente la mira unos segundos: «Pero, qué sección tiene usted?» «¿Yo? Creo que la mesa. B», «Pero, ¿y la sección?», insiste el policía. Gloria ha de salir de nuevo a consultar las listas y vuelve a entrar: «Oiga, que lo de la sección no lo pone». «Lo tiene que poner, mujer». La hermana de Gloria, Macu, de diecisiete años, que ha venido en plan de acompañante, comenta con ceño fruncido: « Pues si van a empezar a poner inconvenientes... armamos la de Dios es Cristo», termina expeditivaménte la frase Ana, una amiga adolescente. Son los nuevos votantes, los que están a estrenar sus costumbres democráticas, los jovencísimos, los dieciochoañeros. Unos han pasado por las urnas. Otros se abstienen. Como El Chepa, el amigo anarquista de Manolo El Vespa. Manolo el Vespa no.

Manolo ha decidido votar, al fin, derrumbado ante la insistencia de algunos compañeros, abrumado por las palizas verbales que le han dado. Y dispuesta a votar sí, marcha a la búsqueda de su colegio.

Los de la Galaxia

Empieza a caer la tarde. La mayoría de los que querían votar ya lo han hecho. El país comienza a esperar. Esperar los recuentos, los primeros datos, las primeras noticias. «Ojala que esta vez no pase como con las elecciones, que fueron tan pesados y tardaron tanto...».. «Quita ya, hombre,, esta vez es todo mucho más sencillo». Los camareros de la cafetería Galaxia, de Madrid, la mayoría afiliados a CC OO, han votado sí en bloque: «No queremos salvadores de la patria como los que se reunieron aquí... Nosostros estamos contra los fascistas-capitalistas. Aquí, por la zona, viene mucho facha. Antes venían los del Ministerio del Aire, pero desde que se supo lo del complot no han vuelto a aparecer.»

El ex comandante Luis Otero, que fue de la UMD (Unión de Militares Demócratas) está convencido de la importancia de esta Constitución: «Aunque la mentalidad de las Fuerzas Arniadas no vaya a cambiar de la noche a la mañana por la aprobación constitucional, este texto las hace depender de la soberanía popular, ya que la dependencia del jefe del Estado es más bien simbólica». Otero votó sí, claro está. Ha abandonado la oficina a las once de la mañana, para recoger a su mujer y sus dos hijos; el pequeño acaba de cumplir los dieciocho Años y ha tenido, que acreditarlo.

Javier Solana, secretario de información del PSOE, que ha votado muy temprano en su colegio de Majadahonda (Madrid), se ha encerrado después en los locales de la ejecutiva. «A ver si puedo trabajar hoy algo, sin tantas reuniones.» Quizá pueda darle vueltas al proyecto de declaración que, en estrecha colaboración con Gómez Llorente, será presentada a la ejecutiva una vez sean conocidos los resultados del referéndum. Es una declaración que, probablemente, tiene que tocar el tema de la Monarquía. Pero las horas pasan muy aprisa y en los locales de la ejecutiva, al caer la tarde, ha empezado a reunirse ya mucha gente. Se va a dar una copichuela, una tortilla, esas cosas, a la espera de los resultados. Y así no hay quien trabaje.

Ramón Rubial, presidente del PSOE y del Consejo General Vasco, empieza a sentir el cansancio de la tarde. Se ha levantado hoy muy pronto. Ha sido un día muy importante («Es uno de los días má emocionantes de mi vida.») y Rubial, tornero de profesión, pero político de hecho, se ha puesto un elegante traje gris, corbata granate y camisa rayada. Acompañado por su hija se trasladó al hospital de Cruces, para visitar a su esposa: han tenido que hacer una delicada intervención quirúrgica y está in gresada. «Mí mujer no tiene salud, si no estaría aquí para votar. » Para votar sí, naturalmente. También votó sí la hija, «no por disciplina familiar, sino por disciplina ideológica».

Mientras tanto, en París, Jesús María de Leizaola, presidente del Gobierno vasco, ha dedicado una mañana apacible a ordenar los materiales de archivo del Góbierno vasco, con objeto de prepararlos para un eventual traslado a Euskadi: «Volveremos cuando se apruebe el Estatuto de Autonomía y haya un Gobierno vasco, al que entregaremos nuestros poderes. El día, pues, no está muy lejano.» No ha estado muy preocupado por el referéndum en todo el día Leizaola, no lo ha estado. Como dice su secretario, el presidente se muestra «impertérrito» ante, la Constitución. Sin embargo, sobre las tres de la tarde, Leizaola ha comentado: «Reconstruir la paz,es tan difícil como terminar la guerra. La Constitución es un preparativo importante para la paz final. »

Conversación en los vestuarios

Sin embargo, Telesforo Monzón, que apoya la coalición. Herri Batasuna, piensa lo contrario que Leizaola, desde su casa de San Juan de Luz: «No me interesan los resultados del referéndum. Ni siquiera he escuchado la radio. Cumplí lo prometido cuando dije que no me acercaría a menos de 150 metros de las urnas. Dije y digo que no voto esta Constitución porque es una Constitución extranjera.» Tampoco ha votado Iríbar, El Chopo, miembro de la junta de apoyo de Herri Batasuna. Y hoy, en el entrenamiento matinal del Athlétic de Bilbao, en sus instalaciones de Lezama (Vizcaya), ha faltado su presencia. En las duchas, tras los entrenamientos, los futbolistas comentaban el posible voto: «A mí no me interesa la política y me voy a abstener», dijo Rojo. Dani comentó: «Yo me lo voy a ir pensando en el camino de vuelta a Bilbao.» Pero Irureta mantuvo su secreto: «Mi decisión de voto es personal e intransferible.»

A las siete y media de la tarde, cerca de cuatrocientas personas hacen cola en el colegio Arias Navarro, en Torrejón de Ardoz (Madrid). Sólo hay una mesa electoral y los sufridos votantes han de alinearse en una escalera, pese a que las aulas están vacías. «Esto no puede ser», comenta una de las víctimas, «el personal, aburrido, se está marchando. Se conoce que, los que han organizado esto no tienen mucho interés porque, en cambio, en las elecciones del 15 de junio pusieron tres mesas. Yo he ido ya tres veces y nada, me he tenido que marchar sin poder votar. Pero voy a insistir. Cuando lleguen las ocho nos tendremos que meter en el colegio y aunque cierren las puertas no nos moveremos de allí hasta que lleguemos a la urna».

Son horas de rumores, de últimas anécdotas, de comentarios. En algunos periódicos madrileños se comenta ahora una temprana y amable llamada que han tenido algunos directores de prensa: era Adolfo Suárez, dando las gracias, las gracias por la ayuda al proceso constitucional.

La novena y la espera

En Villalón de Campos (Valladolid) una anciana de ochenta años ha pedido el certificado de haber votado porque hace colección de ellos. Es analfabeta y empezó la recopilación cuando la República -inocente colección de cromos políticos-, y comenta su tesoro muy ufana: «A pesar de que me mataron al marido y a mí me cortaron el pelo los nacionales, la he mantenido siempre, incluso conservo el resguardo de cuando voté en el cuarenta y tantos, cuando estaba en el colegio de pago, o sea, la cárcel». Y en Encinazejos, ese pueblo de Córdoba, han votado 246 personas de las 250 que componen el censo. Al conocerse la falta de estos cuatro votos, los jóvenes de Encinarejos se han lanzado a la caza y captura de los abstencionistas dispuestos a conseguir una cifra redonda y completa de votantes: se ignora todavía si ha sido una búsqueda fructuosa.

Una señora de Albacete ha preguntado al presidente de su mesa: «Oiga, ¿es verdad que es de pobres votar sí?». Y en Melilla, Guillermo García Pezzi, secretario general de Fuerza Nueva, ha arengado a los vecinos de su mesa con grandes gritos: «No, no, no». Sin embargo, la jornada ha sido bien tranquila en toda España. A pesar de esas tensiones, esa leve contracción muscular que muchos han sentido en el estómago durante todo el día. Una tensión que quizá provocó que en Pamplona se hiciera un gran despliegue policial para detener a los ocupantes de un vehículo que iban sembrando de voces la ciudad, a través de un megáfono. Después resultó que anunciaban la celebración de una novena en honor de la Inmaculada Concepción. Eran megafónicos marianos, y no etarras. La confusión del momento, que calienta los ánimos. Como se calentaron en San Adrián de Besós, en Barcelona, cuando el presidente de la mesa de la calle Pompeu Fabra se negó a quitar el retrato y la reproducción del testamento de Franco. El que quería la defenestración simbólica del pasado era el interventor socialista. Los que se oponían eran el presidente y otros adjuntos de la mesa: «Quítese usted esa pegatina del PSOE que lleva puesta». Todos querían quitar algo al oponente y al final terminaron por despojarse todos: pegatinas, cuadros, testamentos. Fue una solución al conflicto coyuntural y de concordia.

Se preparan las cenas. Santiago Carrillo, pese a las fiebres inoportunas, quiere levantarse para asistir, con sus companeros, al recuento. Martín Villa marchará tras la cena al Palacio de Exposiciones, de Madrid, donde está instalado el centro de prensa, para quedarse allí definitivamente hasta que el recuento termine. Será como a las siete de la mañana, y esta sola idea le produce escalofríos. Ya se sabe, se pone fatal cuando le faltan sus siete horitas de sueño. A la madrugada aparecerá por allí también Adolfo Suárez, claro está. Todos a la espera de los resultados de ese referéndum que, desde luego, ha de salir afirmativo. Pero ¿por cuánto? Más de un político traga apresuradas aspirinas en esta aún temprana noche. Los nervios, las tensiones, el tráfico agotador, el trabajo, las citas, las conversaciones, las cábalas. Salvador, el muchacho del Palacio de Congresos que se tragó las grapas, sigue en su casa, engullendo espárragos con aire abúlico y asqueado. Las urnas se han cerrado ya y no ha sucedido ningún incidente mínimamente grave en ninguna parte. En general, la clase política se siente satisfecha. El Rey espera resultados.

Manolo el Vespa ha llegado a su casa. Son casi las diez de la noche, y se encuentra deprimido, aburrido, reventado. Después de tantas discusiones, después de haberse decidido a votar, la estructura le ha resultado impenetrable. Fue a su colegio, sí, bueno, al colegio de sus padres, ahí, cerca del barrio de Tetuán. Llegó con poco tiempo, y no se encontró en las listas.

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