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Tribuna:Francia, horizonte 78: cartas para todos / y 3

Barre observa, el enfrentamiento entre Giscard y Chirac

Con el fin de recuperar el electorado marginal, no perteneciente a la mayoría, pero contrario al, «programa común» de la izquierda, el primer ministro, Raymond Barre, que también desea crear su figura nacional cara a las interrogaciones que implican los comicios legislativos de 1978, empezó a recibir ayer a personalidades independientes (Michel Jobert, Aymar Achille Fould y al antichiraquista, Chaban Delmas). En esta preparación de unas elecciones históricas para toda Europa, la mayoría dio un paso sicológico firmando un «manifiesto», que une, provisionalmente al menos, a sus cuatro formaciones más importantes. Feliciano Fidalgo, nuestro corresponsal en París, termina hoy, con el examen de la situación de la derecha, el panorama político galo, preelectoral, a seis meses vista del escrutinio.

En marzo de 1978, la mayoría gubernamental que apoya al presidente de la República francesa, Valery Giscard d'Estaing, podría ganar las elecciones legislativas, que en Francia ya han desencadenado todas las baterías propagandísticas y en Europa entera preocupan a todos los estados mayores de la política. En tal caso, tras el respiro de alivio, el presidente del RPR (Unión por la República) y alcalde de París, Jacques Chirac, reiniciará sus ataques contra el presidente.Pero, también, la mayoría de derechas que gobierna pudiera perder, como indican todos los datos tangibles y hacen presumir las precauciones de la derecha occidental. Si así sucediese, el señor Giscard d'Estaing seguiría ejerciendo de presidente, tragando el sapo que sería para él una política dirigida. por el líder de la Unión de la Izquierda, François Mitterrand, y al acecho de la primera oportunidad (desacuerdo entre comunistas y socialistas), para decidir la disolución de la Asamblea Nacional, tal como se lo permite la Constitución. Las nuevas elecciones generales podrían devolver al Parlamento una mayoría de derechas: entonces, el presidente se encontraria cara a cara con su hermano-enemigo, el señor Chirac, que habría coilvencido a los franceses de la falacia de la estrategia giscardiana: separar a comunistas y a socialistas.

¿Quien sería el verdadero presidente en tal caso? También pudiese suceder que volviera a la Asamblea la misma mayoría de izquierdas, y entonces, el presidente se encontraría, otra vez, cara a cara, con el señor Mitterrand. Y, una vez más, la crisis mayor, la dimisión del presidente, sería una, eventualidad difícilmente eludible para dar paso al mismo tándem: Mitterrand-Chirac, candidato a la presidencia. En resumen, tanto si ganase la izquierda, como en el caso contrario, el porvenir del presidente actual está cuajado de obstáculos, lo que no excluye, en sus manos, cartas favorables para resistir en el Elíseo hasta 1981, final de su septenato. Tan tal sentido, nadie está seguro de que, por sed de poder, en un momento dado, hastiada de sus querellas con los comunistas, una parte de los socialistas se entregue a la estrategia socialdemócrata que persigue el señor Giscard desde que fue elegido presidente en 1974, v todos los observadores anotan, día tras día, la promoción creciente ,del primer ministro actual, Raymond Barre, come «tercer hombre» o como «piedra. » en manos del presidente contra elseñor Chirac.

Las ambiciones personales, origen y alimento de la división

Las ambiciones de los señores Giscard y Chirac, que van a jugar en marzo del 78 la primera vuelta de las presidenciales, anticipadas o no, fueron el origen y han sido el alimento de las divisiones y querellas que, desde hace un año, han deteriorado la imagen de la derecha gobernante ante la opinión. La amenaza de la izquierda ya fue la causa fundamental de la ruptura entre los dos hombres, cuando el señor Chirac dimitió de su puesto de primer ministro, en agosto del año pasado. Frente a la sociedad «liberal avanzada», de estilo socialdemócrata, preconizada por el presidente, el alcalde de París opone la «Francia de siempre», heredera de Napoleón, cuna de la grandeur. Nadie le niega al presidente sus buenas intenciones, pero, «¿es sensato pretender instalar en Francia una especie de régimen sueco, británico o alemán, con un Partido Comunista potente e indestructible, complementado con la central sindical más representativa, la CGT, capaz de paralizar el país en cualquier momento?», se preguntan los chiraquistas.

Con divisiones o sin ellas, para la derecha el único problema consiste en conservar el poder. Este objetivo, cuando ha sido necesario, ha eliminado, en apariencia al menos, todas las querellas. Anteayer, los partidos de la mayoría, firmaron un «manifiesto» de doce páginas que, mágicamente, ha pretendido hacer olvidar a los franceses las luchas mortíferas que, desde hace un año, han enfrentado a gaullistas y giscardianos. «Es un modelo de vacuidad», «es una operación sicológica», «,cuenta más por su existencia que por su contenido»: todas estas expresiones, incluso sus autores no las negarían, pero frente al «programa común» de la oposición de izquierdas, a la mayoría le hacía falta una fachada que, en sustancia, podría resumirse como un llamamiento a los franceses contra la posible victoria de la izquierda y en favor de las ventajas de la continuidad del poder actual. La Unión de la Izquierda, según el manifiesto mayoritario, es «demagogia, burocracia, aventura doctrinal». Por lo que le concierne, el manifiesto de los cuatro partidos que lo han firmado (aún queda al margen el Radical), ha excluido de manera prácticamente total las ideas, los proyectos y la doctrina. Según la conclusión de este texto, debe realizarse la unión de los franceses en torno a la mayoria que gobierna para conseguir «una gran obra de renovación de una Francia libre, generosa y próspera».

Convencer a los franceses

Tras la firma de este pacto de no agresión, hasta las legislativas, el líder gaullista, Jacques Chirac, que ha manejado a gusto todos los hilos de su estrategia de «auténtico jefe de la derecha», fue recibido por el primer ministro, señor Barre, y al salir del hotel Matignon declaró a la prensa que «el camino ya está despejado. Ahora queda pendiente lo esencial: convencer a los franceses de que nosotros somos los más capaces de defender sus intereses y prevenirlos contra los malos pastores (la izquierda), que desean arrastrarlos hacia algo que será muy probablemente la aventura y, quizá, la desgracia».

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 8 de septiembre de 1977