Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Tribuna:

Una muerte silenciosa : Nicolás Ramiro Rico

Hace un mes, en una tarde restallante de primavera, veíamos, en la UVI del Hospital Clínico de Madrid, cómo se apagaba para siempre un cerebro excepcional, empeñado durante medio siglo en un trabajo de la más alta calidad. Había muerto Nicolás Ramiro. Se perdían, como en la muerte de todo hombre, vivencias, recuerdos, afectos, pasiones, conductas. Pero en la vida intelectual española se producía además un grande empobrecimiento, que sentíamos a lo vivo aquellos que tuvimos la suerte de gozar su riquísima proximidad intelectual. Una cabeza fuera de serie emprendía su definitivo exilio irremediable.Bogó siempre contra corriente en el seno de un mundo intelectual y de una sociedad académica que raras veces lo entendió, aunque él conservó hasta el último momento una exquisita sensibilidad para apreciar sus más leves matices, y una magnánima comprensión para sus mezquindades y egoísmos.

Nicolás Ramiro era ágrafo por la gracia de Dios. Para la letra impresa, se entiende, porque se pasó la vida oscuramente escribiendo miles y miles de papeles luminosos, que hoy forman un ingente archivo. Operaba con unos altísimos niveles de autoexigencia, plenamente consciente de su responsabilidad para con la cultura y de su función como intelectual universitario. Se insertó en una tradición de ágrafos geniales, que en la vida científica corre paralela -aunque con menos ruido, como es natural- a la de los copígrafos o grafómanos.

Fue un profesor modesto y humilde que, de una manera heterodoxa para nuestra rutina docente, dejó en los mejores de sus discípulos huellas fecundas de sabiduría e inquietud, que ahora, dispersos por la vida, te quedan agradecidos en silencio.

En ocasiones -se consideraba un Filólogo frustrado- era un traductor de increíble responsabilidad y poder creador. Cuando traducir suele ser con frecuencia un menester subalterno que dificulta en castellano el entendimiento de los textos originales. Su versión de Barraclough, por ejemplo, hoy agotada y olvidada, puede pasar como modelo de precisión, galanura y estilo.

Hace veinticinco años, con ocasión de sus oposiciones a cátedra, a las que se resistió con un fervor que hoy envidiarían muchos profesores no numerarios, publicó un breve trabajo sobre la soberanía. Planteó el tema con tal profundidad que ahora podemos explicarnos con él las insólitas cosas que le ocurren al maltrecho Estado soberano de 1977. Sin citarlo en muchas ocasiones, seguimos viviendo de este trabajo, que fue traducido a otras lenguas sin que el autor se enterase hasta que los amigos le aportaron copias de sus versiones.

Deja sobre su mesa un libro de antropología política, inacabado para sus normas de exigencia, porque a cada una de sus múltiples redacciones le anteponía cuidadosamente la advertencia de que no era definitiva. Pero que alcanza un grado de cuidadosa meditación que ya quisieran para sí la mayoría de los trabajos que se publican y republican a diario.

En este original inédito se hace un análisis del pensamiento de Marx que sorprendería por su respeto y originalidad a muchos de los marxólogos de catón al uso. Junto a este original nos deja montañas de apuntes y notas, un riquísimo archivo inverosímil, y una inteligente biblioteca, formada durante años de privaciones y sacrificios.

Pero lo mejor, sin duda, de Nicolás Ramiro fue su propia personalidad, generosamente demanda en horas y horas de conversación magistral en su contenido, aunque sencilla y esquivando cualquier sombra de pedantería y superioridad. en la forma. Aunaba la mayor profundidad y agudeza en cualquier tema con el miedo de parecer pedante o dogmático.

Su capacidad crítica, que podía ser demoledora, venía atemperada por la hombría de bien y la delicadeza. Hubiera podido ser corrosivo y destructor de tanto mito personal o ideológico como pululaban en su torno. Le sobraban sabiduría y finura para ello, a más de la independencia que le daban su austeridad y pobreza, nunca desmentidas. Pero sabía utilizar tan formidables armas potenciales con toda suavidad y comprensión, para no herir.

No se le brindó el puesto idóneo para sus dotes en una organización académica lo suficientemente ágil como para aprovechar los talentos -sin contaminación de intereses o ambiciones- de que tan escasa anda nuestra Universidad. Por fortuna, Dios le deparó amigos y discípulos fieles y, sobre todo, la excepcional compañera de sus últimos años, mujer y colaboradora ejemplar.

Con el vacío de su ausencia, Nicolás Ramiro nos deja una lección de honradez intelectual. Sin ficciones ni mixtificaciones. Sin aparentar jamás saber lo que no se sabe o sólo se sabe imperfectamente. Un testimonio de lo que supone colocar ante todo la exigencia para consigo mismo, hoy, en que, al parecer, lo que se trata es de exigir a los demás sin dar nada en cambio.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 28 de mayo de 1977