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Entrevista:

Femando Carballo: "Más de un grupo fue a por Franco

Fernando Carballo Blanco, hijo de padre anarcosindicalista fusilado poco después de comenzar la guerra, y él a su vez anarquista desde siempre, según afirma, ha venido conociendo las cárceles españolas desde el mismo final de la contienda civil. A través de ellas, Carballo fue asentando su actitud política, y convirtiéndose progresivamente de preso común, que era lo que más parecía en un principio, en preso político. Antes de salir de la prisión de Alicante, la semana pasada, se había convertido en el recluso que más tiempo habla pasado en las cárceles por este tipo de delitos. Tras su excarcelación, habló para EL PAIS con Sebastián García.

¿Cómo fue su trayectoria política?

—Ya mi padre me llevaba de pequeño a las casas del pueblo donde empecé a meterme un poquito. Después cuando lo asesinaron en 1936, me di cuenta de que algo no marchaba. Y después de la guerra me metieron cinco meses en la cárcel por no rectificar y decir que mi padre había sido ejecutado, como quería el comisario. Aquí, en la cárcel, conviví con la flor y nata del proletariado y los intelectuales españoles, y me di cuenta del salvajismo que es acusar a esos hombres de cooperar a la rebelión, cuando fue al revés, que reaccionaron para evitar la rebelión contra la República y el pueblo español. Luego, cuando empiezo a trabajar como tratante de animales, conozco a los campesinos que han sido despojados de las tierras que trabajaban en las colectividades. En fin, me di cuenta de que nos faltaban hombres que lucharan contra estas salvajadas, y que eran los políticos quienes has hacían. Por esto me incliné directamente por el sindicalismo. El carnet de la CNT no lo tuve hasta 1963, pero se me concedió ser considerado miembro desde 1936.

Usted era decano de los presos político ¿podría recordar brevemente su paso por las cárceles?

—Cuando mataron a mi padre nos quedamos en la absoluta miseria. Nos quisieron dar una indemnización de 3.000 pesetas por hijo, pero no la aceptamos. La primera vez, como le digo, fue por insistir en que mi padre había sido asesinado.

Después, en 1946, en la época del estraperlo, un sereno me cogió me quiso quitar el aceite que llevaba. Al resistirme, sacó una pistola y me disparó. Por fortuna fue leve pero en el juicio, paradójicamente, me pedían trece años por intento de homicidio a la autoridad. Por lo visto, el sereno dijo que yo le había tirado un ladrillo. No obstante, cuando llegamos al juicio, que salió a los dieciocho meses a pesar de que mi abogado metió prisa, la defensa anuló por completo a la acusación y salí libre.

Seguí trabajando como tratante de animales y también llevaba lo que recogía a los presos. La policía me detuvo y me acusó de ser miembro del Socorro Rojo Internacional. Me tuvieron nueve días en la comisaría esposado. Era en 1948. Querían que les diese información, pero claro, de eso no había nada. Entonces me propusieron firmar una declaración en la que se decía que yo había cometido un robo en un pueblo, amenazándome con hacerme la coletilla. Esto era que te metían tres meses en la cárcel como preso gubernativo, y al salir te volvían a meter una y otra vez hasta que les parecía. Firmé porque tenía documentos que probaban que yo estaba en otra parte el día del robo, pero en el juicio no dejaron hablar a mi abogado. Aquello fue un pitorreo, un diálogo entre el fiscal y el Tribunal, y al final me condenaron a trece años de prisión menor. Salí en 1955, en libertad condicional.

-En 1963 se dijo que usted colaboraba en la preparación de un atentado contra Franco. ¿Es esto exacto?

—Yo me dedicaba a la propaganda. Efectivamente tenía explosivos plástico, fulminantes y ácido sulfúrico, pero me faltaba clorato mezclado al 50% con azúcar.

¿El clorato no lo venden en las farmacias?

—En las farmacias venden pastillas, y cuando lo intentas moler, estalla, peta. En una farmacia le dije al dependiente que el médico me había recetado gárgaras y necesitaba clorato en polvo, pero me respondió que tenían prohibido venderlo. Este material pues tenía que venir de fuera. Ahí está el quid.

¿Para qué dijo, entonces, que tenía esos explosivos?

—Mire, no hay nadie que pueda averiguar el pensamiento o la intención. Tal vez como antifranquista yo necesitaba tener aquello. Puede que algún día hubiese llegado el momento de usarlo, o no; pero no se puede forjar una acusación sobre esa base. Efectivamente, la única acusación fue posesión de explosivos. El problema es que en esa época había más de un grupo que iba directamente a por Franco. Incluso, en el partido España-Rusia, que se celebró en el estadio Bernabéu en 1964, hubo un explosivo preparado que no llegó a explotar porque pusieron fulminante normal, cuando tenían que haber puesto especial.

Por eso, cuando nuestro juicio, se nos acusó de que íbamos a intentar algo contra Franco, y de ahí salió la campaña internacional de protesta, porque creían que nos pedirían la pena de muerte.

¿Cuando se celebró el partido, usted ya estaba detenido?

—No yo fui detenido en agosto y el partido se celebró en junio. Mi enlace, Stuart Cristie, llevaba una mano vendada. Yo le tenía que preguntar si le dolía, pero no me entendió. Entonces, cuando fui a cogerle del brazo para llevarle aparte y me diera lo que traía, propaganda o lo que fuese, o explosivos, se me echaron encima diez hombres pistola en mano. Allí mismo querían que hablase, pero no podía hablar: me habían puesto el hígado en la boca de un puñetazo.

Me llevaron, junto a Stuart, a la Dirección General de Seguridad. Yo tenía la experiencia de la comisaría de Tarragona, y sabía más o menos lo que pasaba en aquellos calabozos. Una vez, estando sentado y con las manos esposadas al espaldar de la silla, me tiraron al suelo de un puñetazo.

Luego, en el Consejo de Guerra, sólo hubo una buena defensa: la de Stuart, para quien la embajada inglesa había nombrado un abogado civil. En fin, nos condenaron a treinta años, a mí, y a veinte a Stuart. Pero este tenía un padrino muy poderoso, el Gobierno inglés, que le hizo poner en libertad a los dos años.

Pasé a la prisión de Burgos y me sentí enfermo. Entonces, al decirle al médico lo ocurrido, me respondió que si llegan a darte un poquito más no sales de ésta. De Burgos pasé en 1971, a Córdoba. De Valencia me trasladaron a Jaén, y de aquí, por una huelga de protesta volvieron a mandar al penal de Alicante, de donde me han arrebatado del poder franquista.

Usted defiende la amnistía para los presos comunes. ¿Por qué?

—Yo he vivido en la miseria y entre la miseria, y las calamidades que he visto me han hecho comprobar que la mayor parte de los delincuentes lo son por necesidad. Cuando a uno le falta una alpargata para sus hijos, tiene que conseguirla como sea. Si un desgraciado va y roba un saco patatas, le meten seis o doce años de cárcel. En cambio, vamos a coger a los responsables de Matesa, de Sofico... ¿No habría que ponerle más? Sin embargo, es al contrario.

En fin, conviviendo con ellos, conociendo sus causas, es como he llegado a la conclusión de que la injusticia social más descomunal es la que se hace contra estos hombres. Muchos de los delitos llamados comunes se podrían denominar, no políticos, pero sí sociales.

¿A quién cree que le debe su salida de la cárcel?

—A la amnistía, desde luego que no. Yo tenía un sumario limpio, sin engorros de ninguna clase. Yo no tenía todo lo necesario para hacer explosivos, pero tampoco nadie me demostró que fuera a colocar nada. Me tenían que haber aplicado la amnistía, pero no lo hacían. No, a mi me ha sacado el pueblo.

¿Que opina del actual Gobierno?

—Un Gobierno más, de los que nos hemos encontrado, desde que se empezó a fundar España. Yo quisiera que algún historiador me dijese que estoy equivocado, que tuvimos tal presidente, tal rey o tal dictador que fue un gobernante porque miraba hacia el pueblo con respeto. Hemos sufrido con todos persecuciones privaciones y explotaciones.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 20 de enero de 1977

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