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Crítica:

Swift y la locura del mundo

Cuando Jonathan Swift, deán de St. Patrick, el más amargo de los escritores ingleses de su siglo, declaraba a Pope, en una carta, que su intención no era divertir al mundo, sino atormentarlo, conocía muy bien lo que arriesgaba en tal empresa. Martillo de modernos herejes, pesimista empedernido en la era de las utopías, osó enfrentarse a la diosa Razón cuando ésta reclamaba ya, por derecho, un lugar en el Olimpo. Por ello fue desterrado, parece lógico, a los confines de la locura. En septiembre de 1725 escribe a Pope: «El edificio de mis viajes se yergue sobre ese gran fundamento de misantropía.» Frente al ideal rousseauniano que garantizaba la confianza de la Ilustración en el advenimiento de la Edad de Oro, Swift se veía impulsado a avanzar la sospecha de la existencia de un fuerte componente irracional en la naturaleza humana. No se trataba de un «animal rationale», sino de un «animal rationis capax», y eso era algo que Swift y el Viejo Mundo sabían. Pero el demonio de la desconfianza lo tienta mucho más lejos; así acabará por ver en sus hermanos yahoos (salvajes rousseanianos), a esos europeos que en Brobdingnag eran ya definidos como «la más perniciosa raza de odiosas sabandijas, a las que jamás permitiera la Naturaleza arrastrarse por la faz de la tierra». Tamaña opinión, que es temprana lucidez, que no desengaño del mundo, resultaba, incluso en su calidad de hipérbole, de difícil digestión para una comunidad que adjudicaba a la Razón carácter mesiánico. «Yo no odio al hombre -carta a Pope, en noviembre de 1725-, sois los partidarios de la razón los que lo odiais al enojaros cuando os decepciona». Su despiadada ironía, que seguramente le es infiel con frecuencia, aventurándose en puntos en los que él no osaría conscientemente, no le será perdonada. Por ello, gran parte de la swiftología gira en torno al tema de la locura. Los que se quieren sus peores enemigos (véase Yorke, Birch, Johnson y Quintana) redimen su obra de todo elemento perturbador, asimilándolo a la categoría de síntoma premonitorio de una imbecilidad senil, incluso de una demencia agresiva. Pero, según parece demostrar Ehrenpreis, no cabe añadir ésta a las muchas degradaciones físicas con que el tiempo obsequió a Swift. Con el psicoanálisis la locura del deán cobra nuevos matices, los alardes escatológicos y el horror a las vísceras fascinan a esos «adivinos de Norteamérica», premonizados por él, «que saben un modo de leer el destino del hombre echando una mirada a sus posaderas». Pero, Swift jamás niega las acusaciones que se formulan contra su cordura. Son Ferenczi y Karpman, incluso Huxley y Murry, los que no ven la viga en el ojo propio. Los síntomas neuróticos en la obra swiftiana resultan evidentes, más aún, conscientes ejemplos de esa locura, motor del mundo, que elogia en lo que quizás constituye el más bello fragmento de la Historia de una barrica. Estas, entre otras anticipaciones (como acertadamente apunta Norman Brown en La visión excremental) de la melancolía freudiana de una neurosis universal, componen el núcleo de una redefinición de la naturaleza humana, de la que Swift se siente solidario como se siente Lemuel Gulliver hermano de unos yahoos que lo horrorizan. Mas no es en esto el único; Octavio Paz nos ha mostrado los muchos paralelos que existen con la obra de Quevedo, sólo que en éste «el pesimismo es total: todo es materia para el incendio».La Historia de una barrica y La batalla de los libros son, seguramente, las dos primeras obras en prosa de Swift, pero, al decir del doctor Johnson, en ellas «exhibe una vehemencia y rapidez de mente..., una vivacidad de estilo que luego jamás poseyó o ejerció». Puede que tamaña afirmación constituya un despropósito, pero si es cierto que la obra se plantea como una especie de «libro de los libros», en que el látigo de Swift se polariza en todas direcciones, espoleando ya sea a los papistas, ya a los críticos, más tarde a la incultura de los modernos. Dos son los temas que constituyen los ejes en torno a los cuales se articula la obra: una fábula sobre el desarrollo histórico del cristianismo a través de la Reforma y la Contrarreforma, y una defensa satírica de su amigo y protector William Temple, en la polémica que se desató, entre Bentley y Boyle, acerca de las cartas de Falaris, tras la publicación del estudio de Temple Sobre el saber antiguo y moderno. La ironía se vuelve incluso sobre la propia edición. Todo en ésta es un fraude: falsas dedicatorias, falsas notas de falsos personajes (Woton, crítico y criticado), incluso falsos avatares editoriales. No debe sorprendernos este juego. Swift siente que su propio oficio, la polémica literaria, forma parte de la basura del mundo. El revuelve con su pluma las heces para hacer que el olor se expanda. Tal es la clave de su pasión excremental.

Historia de una barrica

De Jonathan Swift. "Las ediciones liberales". Editorial Labor. Barcelona, 1976. 228 páginas.

En cuanto a la versión de la Historia de una barrica, de M. 1 ol de Mora, cabe decir que es algo más que correcta. Si la traducción supone tarea de complicidad, creo que aquí vería Swift, con agrado, la traición a la que su cómplice le somete. No tienen, a menudo, esa suerte en nuestro país los autores extranjeros.

El tiempo que separa a Swift de sus escritos de juventud lo grava, incesante, de terribles dones. La sordera, el vértigo, la ceguera se van apoderando de un cuerpo que siempre se sintió hermano de ruinas. Su memoria se diluye. Antes que el cerco de sus miserias físicas lo apartara de las miserias del, mundo, contemplaba esa imagen que abandonaba ya en los espejos, lamentándose: «Poor old man!, poor old man!»

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 17 de octubre de 1976