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Editorial:

El tráfico, problema endémico

UN ASUNTO que parecen haber dimitido de resolver las autoridades de todo género es el tema del tráfico madrileño. Todas las guías de viajes señalan nuestra capital como una de las más caóticas en lo que respecta a la circulación rodada y, la experiencia reciente de estos días lluviosos ha puesto de relieve hasta qué punto esta mala fama no es gratuita.Circular en Madrid a determinadas horas punta se ha hecho poco menos que imposible. La enorme cantidad de tiempo que los madrileños pierden al volante, el consumo adicional e innecesario de petróleo, son datos que habría que añadir al número de horas no trabajadas y al derroche de energía que a veces se practica entre nosotros. Para qué hablar de los problemas psicológicos y humanos que se crean en el ciudadano, sometido a una agresión constante de ruidos, humos y olores. Todo el mundo está de acuerdo en que los madrileños han perdido su tradicional simpatía. Esta es una ciudad agresiva y antipática, y todos coinciden en señalar que el tráfico y la contaminación son causas determinantes del malhumoramiento ciudadano.

«¿ Pero qué se puede hacer? No nos vamos a tragarlos coches", dicen los responsables urbanos cuando son interpelados por este asunto. Pues bien, algo sí se podría hacer. El problema del tráfico en Madrid no es sólo problema de número de coches o de ordenación de la circulación. Es problema de horarios comerciales y de trabajo, de especulación del suelo, de densidad de habitantes por metro cuadrado, de transportes públicos... Admitamos que la solución del caos circulatorio es inicialmente difícil. Pensamos al menos que no resultaría tan difícil contribuir a no empeorarlo.

Una ordenación horaria -empezando por la Administración- diferente y racional; un cumplimiento tajante en las normas de edificación respecto a aparcamientos y garajes, lo mismo que respecto a altura de los edificios y densidad de habitación; una vigilancia escrupulosa en los planes parciales de las nuevas urbanizaciones; un mejoramiento real de los transportes públicos -subterráneo y de superficie-; la aplicación rigurosa de las normas de carga y descarga, la prohibición tajante del aparcamiento en doble fila... Son medidas pequeñas tantas veces solicitadas y tantas incumplidas que parece rutinario y estéril insistir en ellas. Pero si no queremos acabar todos locos valdría la pena que un edil con ganas de hacer política empiece haciéndola por estas cosas que, pareciendo nimias no lo son y que no necesitan muchas veces del dinero, sino de la autoridad y de la ley. De que ésta se cumpla.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 13 de octubre de 1976