ALPINISMO

El gran lío del K2

Más de 70 montañeros, muchos sin experiencia, asedian la segunda montaña más elevada del planeta, la única de los 14 ochomiles que no ha conocido una ascensión invernal

Nirmal Purja, camino del campo 1 del K2, en un imagen de su cuenta de Instagram.
Nirmal Purja, camino del campo 1 del K2, en un imagen de su cuenta de Instagram.INSTAGRAM

+Escalar las montañas más elevadas del planeta en pleno invierno fue una ocurrencia polaca originada en sus circunstancias: cuando el régimen comunista relajó su control y los alpinistas polacos pudieron asomarse al mundo, ya no quedaban ochomiles por conquistar, de modo que tuvieron que reinventar los retos relacionados con unas cimas fascinantes. Su carta de presentación resultó un órdago sin precedentes. El 17 de febrero de 1980, Krzysztof Wielicki y Leszek Cichy se colaron en la cima del Everest (8.848 m) estrenando un plan: reconquistar en invierno los 14 ochomiles.

Han pasado 40 años y el sueño polaco casi acaricia su final. Solo el K2, la segunda montaña más elevada del planeta (8.611 m), en el límite de Pakistán con China, no ha sido aún escalada en invierno y esto pese a la insistencia polaca, país que acumula un total de nueve primeras invernales y una décima compartida con Simone Moro, el italiano que rescató del olvido en 2005 la pasión por el ochomilismo invernal.

El coronavirus que todo lo altera también ha condicionado la marcha del himalayismo, convirtiendo el tremendo reto de tumbar el K2 en invierno en un asunto comercial. La primavera en Nepal ha resultado un desastre económico para el país y para las familias de sus trabajadores de montaña. Sin turistas ni expediciones, agencias tan poderosas como Seven Summits, fundada y dirigida por nepaleses de la etnia sherpa, se han visto en la necesidad de reinventarse ofreciendo a su clientela el sueño y la gloria de conquistar el K2 invernal.

¿Un disparate? Enseguida muchos alpinistas de pedigrí, como el polaco Adam Bielecki, han mostrado su estupor ante la posibilidad de que un momento histórico quede reducido a una mera transacción comercial con más de 25 sherpas trabajando para colar a alguno de sus clientes en la cima. Los recientes intentos polacos al K2 se llevaron a cabo sin usar oxígeno artificial para no alterar la magia y la dificultad del reto. Seven Summits usará oxígeno embotellado. “Es como ganar el Tour de Francia con una bici eléctrica. No tendría ni ética ni sería honroso”, resumió en sus redes sociales Bielecki, autor de dos primeras a ochomiles invernales: Gasherbrum I (2012) y Broad Peak (2013).

Los alpinistas de referencia critican la nula experiencia de los clientes de Seven Summits: “No se imaginan todo lo que hay que saber para enfrentarse a un ochomil en invierno, los trucos que hay que conocer para no congelarse, lo duro que es. Han pagado entre 25.000 y 53.000 euros pero no van a llegar a la cima ni de casualidad”, asegura Álex Txikón, estos días de camino hacia el Manaslu invernal.

En total, se estima que se han dado cita al pie de la ruta normal del K2, el espolón de los Abruzzos, un total de 75 alpinistas repartidos en cuatro equipos: el de Seven Summits suma casi 60 miembros, de los cuales 28 son trabajadores sherpas de experiencia y el resto clientes con mayor o menor grado de autonomía y experiencia. Aquí figuran el español Sergi Mingote y el chileno Juan Pablo Mohr (aseguran que no son clientes sino colíderes en las tareas de equipamiento de la ruta junto a los sherpas), el rumano Alex Gavan y la italiana Tamara Lunger, recordada por darse la vuelta a 70 metros de la cima del Nanga Parbat el día de su conquista en invierno.

Alrededor de esta gran expedición se desenvuelven tres pequeños grupos: los Sapdara, Ali y Sajid Ali, padre e hijo, trabajando para el islandés John Snorri; tres alpinistas sherpas de nivel (Mingma Gyalje, Dawa Tenzin y Kili Pemba) y, para cerrar el círculo del protagonismo sherpa, figura la estrella del momento, Nirmal Purja, el hombre que escaló recientemente los 14 ochomiles en apenas seis meses y cuyas consideraciones éticas son de lo más laxas. Este último viaja con cinco trabajadores y ha anunciado, contra pronóstico, que prescindirá de oxígeno embotellado. No serán más de 10 los que se enfrenten al K2 sin las preciadas bombonas. Mientras alpinistas de la talla de Simone Moro señalan con preocupación la falta de experiencia de muchos de los aspirantes, los diferentes equipos equipan ya los tramos inferiores de la montaña. “No sé cómo van a organizarse: ni siquiera hay sitio para tanta tienda en los campos de altura”, se horroriza Txikón.

En 1980, Andrzej Zawada, líder de la expedición polaca invernal al Everest, no alcanzaba a entender cómo estaban solos en el campo base: ¿no tenían imaginación los occidentales? Su labor de liderato fue modélica: cuando sus alpinistas se retiraron destrozados, la expedición amenazaba ruina, así que decidió intentarlo sin la aclimatación necesaria. Alcanzó los 8.000 metros y su ejemplo devolvió la moral al grupo. Días después, a las 14.25 de la tarde del día 17 de febrero, la radio carraspeó en la tienda principal del campo base: no se entendía nada. Zawada pidió a Cichy que hablase de nuevo. De pronto, se escuchó con gran claridad una pregunta: ¿Adivináis dónde estamos? Todos supieron que estaban en la cumbre, el punto más elevado del planeta.

Cabría esperar que cuatro décadas después la conquista del K2 invernal no fuese un asunto de asedio, de kilómetros de cuerdas fijas, cientos de bombonas de oxígeno, guías tratando de asegurar la vida de sus clientes, hacinamiento en los campos de altura, confusión y oportunismo comercial. El alpinismo ha avanzado tanto estos últimos 40 años que imaginar un epílogo brillante en la historia de la conquista de los ochomiles invernales no debería ser utópico.

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